A 20 años de la cárcel de Guantánamo

El 11 de enero de 2002 aterrizó en la base militar estadounidense de Guantánamo (sureste de Cuba) un avión del que salieron esposados, con grilletes en los pies, encapuchados y con overol de color naranja, una veintena de hombres, apresados en diferentes puntos de Oriente Medio e interrogados en cárceles de la CIA clandestinas. Pocos imaginaban entonces —empezando por los mismos presos—que esos hombres musulmanes iban a ser prácticamente enterrados en vida, sin saber de qué eran acusados o si algún día recibirán un juicio justo.

Desde entonces han pasado veinte años y nadie sabe si algún día será clausurada la cárcel de Guantánamo, que se montó en venganza por los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Según el informe internacional del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) de 2007, entre las torturas aplicadas a los presos de la cárcel de alta seguridad en Cuba figuraban la asfixia por agua, golpes y patadas, confinamiento en una caja, desnudez prolongada, privación del sueño, la exposición a música alta, a temperaturas fría o a agua fría y el uso prolongado de esposas y grilletes.

Dos décadas después 39 siguen encerrados en condiciones infrahumanas sin saber si algún día serán juzgados o si la infame prisión será cerrada.

Venganza ciega

Consciente de que Guantánamo era básicamente un centro de tortura montado por el presidente George W. Bush fuera de la jurisdicción estadounidense, para poder cometer impunemente crímenes de lesa humanidad, su sucesor Barack Obama intentó cerrar la cárcel, pero se topó con el veto de algunos congresistas demócratas y de la bancada republicana al completo, que lo acusó prácticamente de ponerse del lado de los “terroristas” —pese a que ninguno fue acusado formalmente de ese delito por un fiscal— en vez de los “patriotas”, como ellos, cegados por una ola islamófoba desde los atentados del 11-S.

A lo más que llegó el demócrata fue a liberar algunos presos, tras negociar con algunos gobiernos, como el del uruguayo Pepe Mujica, el traslado a terceros países. De esta manera, Obama logró sacar del limbo judicial en el que se encontraban a unas decenas de presos, desde el pico de 780 reos que había cuando llegó al poder, en 2009.

Lo primero que hizo Donald Trump nada más llegar al poder, en enero de 2017, fue revertir la orden de Obama de cerrar Guantánamo. De hecho, el republicano propuso el traslado de presos peligrosos al enclave militar estadounidense (por el que Washington paga una renta a La Habana tras un acuerdo de cesión de 1904, que el régimen castrista denuncia y no ha logrado revertir). En la mente enfermiza del magnate negacionista, llegó incluso a proponer el traslado a Guantánamo de turistas estadounidenses procedentes de Asia, para que no importaran el virus a EU.

Según los periodistas del “Washington Post”, Yasmín Abutaleb y Damian Paletta, Trump sugirió la idea en febrero de 2020, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) todavía no había declarado la situación de pandemia y los casos conocidos de coronavirus se concentraban en el continente asiático.

“¿No tenemos en propiedad ninguna isla? ¿Por qué no a Guantánamo? Nosotros importamos bienes, no vamos a importar un virus”, habría dicho Trump durante una reunión en la sala de crisis de la Casa Blanca con sus más cercanos colaboradores,

Según la versión del libro, los presentes en la sala reaccionaron “estupefactos” a la idea del entonces presidente y “la dejaron correr, preocupados por el rechazo que generaría poner en cuarentena a turistas de Estados Unidos en la misma base caribeña en que el país recluye a los sospechosos de terrorismo”.

El quiero y no puedo de Biden

En víspera del vigésimo aniversario, el presidente Joe Biden reiteró su deseo de cerrar la cárcel, pero en su primer año de mandato sólo ha logrado transferir a tres de los 39 presos a otros países, mientras se queja de que la mayoría republicana en el Congreso logró imponer todo tipo de candados, como la prohibición de que sean juzgados en suelo estadounidense, alegando “alta peligrosidad”, o la negativa a aprobar recursos para que pueda ser financiado el traslado de presos a otros países.

“La Administración Biden sigue centrada en el cierre de la instalación de detención de la bahía de Guantánamo. Nada ha cambiado a ese respecto, estamos en mitad de una revisión ahora sobre la manera de proceder», declaró el lunes el portavoz del Pentágono, John Kirby.

De acuerdo a los datos proporcionados por Kirby, trece de los detenidos, que no presentan cargos, son aptos para la repatriación a sus países de origen, mientras que hay otros catorce casos de reos considerados «idóneos» para ser revisados.

Diez de los 39 internos están imputados por cargos, entre ellos, cinco acusados de ayudar a planear los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, que se cobraron la vida de más de tres mil personas. Pero aún no han sido juzgados y eso incluye a Jaled Sheij Mohammed, que se declaró cerebro de los atentados.

Otros dos presos sí han sido sentenciados y están cumpliendo condena: el yemení Ali Hamza al Bahlul, un ayudante del abatido líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, que afronta cadena perpetua, y Majid Khan, un pakistaní residente en Maryland que participó en varios planes de Al Qaeda y cuya condena entre rejas termina en febrero de este año.

“Peor que a un perro”

El paquistaní Majid Khan se convirtió en octubre de 2021 en el primer recluso de Guantánamo que relató públicamente ante un jurado militar en esa base los métodos de interrogación. “Mientras más cooperaba, más me torturaban. Me ponían cinta adhesiva en los ojos y me dejaban largos periodis en oscuridad absoluta”.

“Cuando me negué a beber agua, los agentes de la CIA conectaron un extremo de la manguera a la llave, me pusieron el otro en el recto y abrieron el agua”, narró al jurado. La tortura le provocó la pérdida de control de sus intestinos. Cuando se negó a comer le metieron puré en lugar de agua. También le insertaron tubos de alimentación por la nariz y la garganta. Recibió palizas mientras estaba desnudo y encadenado, a veces a una pared y otras a una viga con los brazos en alto.

Tras el duro testimonio, varios miembros del jurado militar escribieron una carta al Pentágono: “Lo trataron como a un perro. Este abuso no tuvo ningún valor práctico en términos de inteligencia, o cualquier otro beneficio tangible para los intereses de Estados Unidos. El trato al señor Khan en manos del personal estadounidense debería ser una fuente de vergüenza para el Gobierno de Estados Unidos”.

Tras recibir quejas de todo tipo de organizaciones humanitarias, que recuerdan la hipocresía de Estados Unidos, que sanciona a países por violar los derechos humanos o el debido proceso judicial de los presos, y se escandaliza porque China tiene campos de adoctrinamiento de la minoría musulmana uigur, el portavoz del Departamento de Estdo, Ned Price, tuvo que admitir la semana pasada que Guantánamo es un “mancha moral” para Estados Unidos que, más pronto que tarde.

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