Emilio

Columna: Prospectiva

Por: Emilio de Ygartua M.

“La política es el arte de disfrazar de  interés general el interés particular”

Edmond Thiaudière

El viernes pasado se cumplió un año del inicio de la invasión rusa a Ucrania. Cuando Joe Biden, presidente de los Estados Unidos, nos advertía, dos meses antes, primero, de la invasión, segundo, que sería una guerra larga, parecía un presagio exagerado. No pocos pensaron que Vladimir Putin no se atrevería a promover un ataque militar sobre un territorio que apenas en 1992 se independizó, aprovechando la diáspora provocada por la caída del Muro de Berlín (1989) y por la posterior desintegración de la URSS. Sí lo hizo. Desplegó a su ejército en el territorio ucranio con la firme idea de que en pocos días obligaría a sus víctimas a ondear banderas blancas y a aceptar la “colonización”.

La crónica de esta guerra anunciada incluye las reacciones de los aliados de Occidente, no solo los miembros de la OTAN, que vieron este movimiento ruso como un riesgo para la estabilidad mundial. Sobre Rusia cayeron en racimos las sanciones económicas y una condena mundial. Las primeras lastimaron la economía interna, es cierto, pero al final del día no han alcanzado su objetivo: obligar a recular al gobierno ruso. Como reacción a esas sanciones, Vladimir Putin, al mas puro estilo del nacional socialismo alemán, “inyectó” al pueblo ruso una fuerte dosis de nacionalismo con ingredientes religiosos muy efectivos.

El presidente ruso amplió el número de activos en el ejército generando una movilización general que pronto quedó en el olvido. Ello no significa que las acciones totalitarias del jerarca ruso no hayan provocado reacciones en el vasto territorio de esa nación con presencia en Europa y en Asia. No son pocos, algunos fuera de Rusia, otros al interior, que demandan la destitución del presidente. Este terremoto político no ha conmovido a la ciudadanía, pero sí evidencia un desencuentro ente el presidente y sus gobernados.

¿Por qué ha fracasado la estrategia de Rusia? Las dos razones principales que establecen los analistas son: la primera, los errores graves cometidos por los mandos militares rusos que a lo largo de este año han sido removidos en al menos tres ocasiones. La segunda, la heroica defensa del ejército de ucrania, cuyo líder ha sido el presidente Volodimir Zelenski, quien ha sacado provecho de sus dotes histriónicas y de su capacidad de comunicación.

Un día sí, y otro también, ha manejado una muy exitosa campaña a nivel internacional que le ha permitido entronizar su protagonismo, en un escenario complejo, muy riesgoso, que no lo ha intimidado. Él, y su esposa, han sido muy efectivos en el desempeño de su papel de demandantes del retiro del ejército invasor, al tiempo que reciben apoyos millonarios que es lo que ha permitido contener, y hasta retroceder, al ejército invasor. Lamentablemente, esas millonarias cifras han despertado la apetencia de quienes ven en esta crisis una coyuntura para generar riqueza personal, sin mirar el riesgo que estos actos de corrupción pueden tener para la causa ucraniana.

La pareja presidencial se ha dado tiempo para viajar, juntos o por separado, para entrevistarse con dirigentes mundiales con el objetivo de garantizar su apoyo, no únicamente el de las palabras solidarias, el económico o el militar.  Los países miembros de la OTAN, encabezados por los Estados Unidos, no han dejado de suministrar armas y recursos económicos con tal de que Ucrania no fenezca ante los afanes de un invasor que no está dispuesto a abandonar la plaza.

Está claro, a un año de distancia, que Vladimir Putin no cederá a su propósito de culminar la ocupación de todo el territorio, cueste lo que cueste, sin importar que este propósito pueda generar una guerra en Europa y mundial. El apoyo de China es evidente. Derivado de la tirantez con Estados Unidos por el asunto de los globos espías, Pekín ha decidido enviar armamento a Rusia, en tanto que esta nación ha decidido retirarse de todo aquello que signifique freno al uso de armas atómicas.

Javier Cercas (“El País”. 17/2/2023) nos recuerda que, en 1814, en el contexto de las guerras napoleónicas que enfrentaron a Napoleón I, emperador francés, con sus enemigos acérrimos: Reino Unido, Austria, Alemania y Rusia, que finalmente lo vencieron en Waterloo poniendo punto final a 25 años de una vorágine bélica que modificó la geopolítica de la época; en ese entorno, el filósofo político, activista y escritor suizo-francés Benjamín Constant de Rebecque -republicano comprometido que respaldó el golpe de Estado del 18 brumario que llevó al poder a Napoleón III, sobrino nieto del “Gran Corzo”-, escribió:

“El objetivo único de las naciones modernas es el reposo; con el reposo, el desahogo, y como fuentes de desahogo: la industria. La guerra es un objetivo cada día más ineficaz para alcanzar ese objetivo (…) Por tanto, la guerra ha perdido su encanto y su utilidad. El hombre ya no se ve obligado a entregarse a ella ni por interés ni por pasión”.

Este planteamiento optimista de Constant, fue recogido por otros ilustres pensadores como Augusto Comte, Stefan Zweig, Théophile Gautiery Arthur Schopenhauer. Los cien años que transcurrieron entre 1814 y 1914, el inicio de la Gran Guerra, estuvieron matizados por “el aburrimiento”. Con la Primera Guerra Mundial (1914-1919), señala Javier Cercas, se acabó el tedio para dar paso a la barbarie, como escribió el extraordinario biógrafo Zweig en 1914: “se creía tan poco en recaídas en la barbarie como en brujas y fantasmas”.

Como ustedes saben, estimadas lectoras y lectores, en 1914 fue dado el banderazo de salida a un período donde “el aburrimiento quedó en el olvido, para dar paso a la barbarie”. Las guerras, la Segunda, la “Guerra Fría”, y los conflictos bélicos posteriores a la caída del Muro de Berlín, constituyen la narrativa de un largo período donde el armamentismo, el conflicto y la geopolítica ocupan los capítulos principales. No, contrario a los que pensaban Constant y Zweig, el objetivo único de las naciones modernas no ha sido, para nada, el reposo. Tampoco es cierto que las guerras “han perdido su encanto y su utilidad”.

“Un dilema es un político tratando de salvar sus dos caras a la vez”

Abraham Lincoln

Parecía imposible que ocurriera otra gran guerra en Europa, cuando estalló la de Ucrania el 24 de febrero del 2022. Guardemos esta fecha en la memoria. Lo logrado con el Tratado de Roma (1957): conformar una comunidad económica de naciones que se tradujo en una unión aduanera, hoy la Unión Europea con 27 naciones integrantes, con una moneda única, evitó nuevas confrontaciones entre Francia y Alemania, pero no una nueva guerra cuyos efectos, no sólo en el viejo continente, en el mundo, están a la vista.

El domingo 19 de febrero, el presidente Joe Biden estuvo en Kiev, luego de un largo y secreto viaje en avión y un recorrido de diez horas en tren para llegar a la capital de Ucrania donde se reunió con su homólogo Volodimir Zelensky. El mandatario norteamericano le garantizó el envío de otro paquete por casi 470 millones de dólares de ayuda militar.

¿Qué efecto tendrá esta visita a la zona cero de este conflicto bélico? De entrada, el enojo de Vladimir Putin quien ha endurecido más su discurso y garantizado que su propósito de conquistar Ucrania no tiene retorno. “Rusia nunca pierde”, señaló ufano, olvidando las derrotas sufridas ante Japón (1905) y en la guerra de Crimea (1912) que debilitaron a la monarquía zarista hasta el punto de ser derrocados en 1917.

¿Qué pasará en este segundo año de guerra? El corresponsal de “El País”, Javier Cercas, responde: “Nadie lo sabe. No hay que ser alarmista, pero tampoco ingenuo: aunque aspiramos a que el conflicto termine de inmediato, esta guerra podría ser sólo el principio, podría destruir una Europa que creíamos para siempre -como lo creían en 1789, 1814 o 1914-, y por eso, no falta quien piensa que el mal menor sería que se enquistase en un conflicto local, y que en los próximos años se convirtiera en un rumor de fondo de nuestros telediarios, mientras en Ucrania se sigue muriendo y matando.”

Como comentario final, vale señalar que la invasión, entre otras cosas, ha dejado en claro cuáles son los términos de la relación entre Rusia y China, documentada en la Declaración de Amistad construida previa al inicio de los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en el país asiático en enero del 2022. Pekín ha sido, hasta ahora, cuidadoso en no enviar señales equívocas a Occidente a fin de mantener “el flujo comercial con las democracias prósperas. Esto puede cambiar si se radicaliza la mala relación con Estados Unidos. Lo importante en el contexto geopolítico actual es que, si bien en algunos momentos del conflicto con Ucrania, y el resto de Europa, Pekín le ha “dado oxígeno al Kremlin, lo cierto es que la relación es de clara subordinación y dependencia de Rusia ante China”, coinciden en señalar varios analistas políticos.

En este escenario, a un año de distancia del inicio de la invasión rusa a Ucrania, es indudable que una nueva guerra fría entre Estados Unidos y China se propaga en el tablero global. El especialista en temasgeopolíticos Andrea Razzi, ha señalado que “la competición entre las dos potencias por la hegemonía mundial genera crecientes presiones, riesgos y oportunidades para países en todo el planeta”.

Su comentario nos lleva a recordar las circunstancias en las que se dio la primera guerra fría entre la URSS y los EU (1945-1990). La bipolaridad trajo consigo un movimiento tendiente a formar a un grupo de países no alineados liderados por Josip Broz Tito, el mandatario de la extinta Yugoslavia. México era parte de ese grupo en la época del presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976).

Derivado de la “crisis de los globos”, Antony Blinken y su homólogo chino Wang Yi, se reunieron el sábado antepasado en el marco de la Conferencia de Seguridad celebrada en Munich, Alemania, con la intención de atemperar la tensión entre Washington y Pekín.

En tanto, en la capital de los Estados Unidos, la vicepresidenta Kamala Harris atizaba el fuego al denunciar “la profundización” de la relación entre Rusia y China. Blinken no omitió recriminar al líder de la diplomacia exterior de la nación asiática por, “el apoyo militar que está dando China a Rusia”. Este es el escenario. No da mucho margen para generar optimismo. ¿Y la ONU? Bien, gracias.

Por cierto, la semana pasada también estuvo en Kiev la conservadora primera ministro de Italia Georgia Meloni, quien antes de llegar al cargo había manifestado su empatía con el gobierno ruso. Su discurso ha cambió a favor Ucrania de un apoyo, sin embargo, pero fue clara al manifestarle al presidente ucranio que “enviar aviones de combate a Ucrania no estará sobre la mesa”. Los analistas internacionales consideraron que esta visita quedó “ensombrecida” por el apoyo dado a Rusia por el exministro Silvio Berlusconi, socio de la coalición que gobierna Italia.

Un día antes de que se cumpliera un año del inicio del conflicto, la Unión Europea logró que se apruebe una dura resolución de condena a Rusia en la Asamblea General de la ONU con la abstención de Chinaque luego presentó una propuesta de paz en la que nadie confió. Un punto discordante: Hungría, socio de la comunidad económica, apoyó con su voto esa propuesta, pero se desmarcó en su discurso de la postura unitaria europea, lo que nuevamente muestra al gobierno húngaro poniendo un pie en la puerta para que no se cierre.

“En política lo importante no es tener  razón, sino que se la den a uno”

Konrad Adenauer

En estos tiempos de guerra es obligado recordar a quien hizo enormes esfuerzos por la paz mundial: al presidente Jimmy Carter (1976-1980), demócrata que derrotó al republicano Gerald Ford, quien transitó de la vicepresidencia a la primera magistratura luego de la renuncia de Richard Nixon derivado del escándalo de Watergate por el espionaje en las oficinas del Partido Demócrataen la capital de los Estados Unidos, hecho público por los reporteros del diario Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein.

Carter fue promotor de los Acuerdos de Paz de Campo David (17 de septiembre de 1978) que posibilitaron a una tregua en el tórrido conflicto entre Israel y Palestina iniciado en 1948 con la creación del Estado israelí y el despojo de su territorio a Palestina, legitimado por la ONU. También, por los tratados suscritos con el general Omar Torrijos, presidente de Panamá, merced a los cuales, el 31 de diciembre de 1999, los Estados Unidos entregaran el control pleno y soberano del Canal de Panamá.

Creo no equivocarme cuando señalo que la derrota de Jimmy Carter frente al republicano Ronald Reagan (1980-1988) en las elecciones de noviembre de 1979, obedeció, en mucho, a la decisión del mandatario demócrata de entregar al gobierno panameño el muy redituable, económica y geopolíticamente, canal interoceánico construido por los estadounidenses en los albores del siglo XX, luego de que financiaran la guerra de secesión que independizó a Panamá de Colombia y así tener el control del canal interoceánico.

“La salida del apuro nunca es  tan simple como la entrada”

 Ed Howe

La guerra continua sí, pero el mundo también sigue girando, los problemas locales y globales siguen allí, razón por la cual los Estados nacionales no pueden cerrar los ojos y dejar que esos problemas crezcan por falta de atención. Solos no se resolverán. La polarización política viene acompañada de una evidente polarización social, de un malestar de las masas cada día más dispuestas a expresarle, por diferentes medios, a quien gobierna, su hartazgo. Los gobiernos, no importa su línea ideológica, están sujetos al escrutinio y a la queja ciudadana que lo mismo se da en las redes sociales, que en las calles que en las urnas.

Se equivocan los que piensan que la “partidocracia” tiene un voto sin fecha de caducidad de esa ciudadanía. El voto duro, el del elector que le perdona todo al partido de sus preferencias, por el que sufragó, está desapareciendo. Lo que se está viendo en cada proceso electoral es un “voto de castigo” que evidencia, coinciden politólogos y sociólogos políticos, que la “paciencia democrática se agota”.

En un interesante artículo, Antonio Gutiérrez-Rubí (“El País”,12/02/2023) señala que no se está viviendo en el mundo, en especial en América Latina, lo que algunos han llamado una segunda “marea rosa” que significa el avance de las izquierdas, no, pero tampoco una ola a favor de la derecha. Los triunfos de unos y otros, la defenestración de unos y otros, se está dando por decisión soberana de los electores, lo cual debemos de festinar porque, sobre todo en nuestra región, habrá que recordarlo, esos cambios que hoy ocurren en las urnas, no hace mucho se gestaban en los cuarteles.

La gente está saliendo a las calles, lo mismo en países con regímenes totalitarios como China y Rusia, en el primero para manifestar su rechazo a las medidas dictadas para enfrentar la pandemia y obligar a Pekín a abrir la economía; en el segundo, para mostrarle al Kremlin que no se está de acuerdo con las aventuras de su presidente que han traído a su país una crisis económica que el gobierno se niega a aceptar.

La gente se está manifestando en Francia para mostrarle su oposición al gobierno de Emmanuel Macron, debilitado por el resultado de las recientes elecciones generales donde la derecha radical y la izquierda insumisa incrementaron su presencia en parlamentaria.El presidente galo y sus aliados perdieron la mayoría calificada lo que anticipa un quinquenio muy complicado para quien, en 2017, había logrado una mayoría que le permitió gobernar durante su primer período con banderas desplegadas.

A los chalecos amarillos, que no sueltan a Macron desde su primer período de gobierno, se han sumado trabajadores afiliados a partidos de izquierda, y las clases medias, que no están dispuestas a avalar la propuesta de Emmanuel de ampliar de 62 a 64 años la edad para solicitar la jubilación. “Francia no quiere trabajar más”, escribieron los principales diarios franceses, luego de documentar una multitudinaria manifestación que evidenció el rechazo al aumento de dos años de la edad de jubilación. Efectivamente, en esta expresión de rechazo está implícita la relación de los franceses con el trabajo y el ocio.

Sin duda, está vigente el panfleto escrito en 1880 por Paul Lafargue, “El derecho a la pereza”, en el que denunció “la locura” que para él representa “el amor por el trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su progenitura”. Un siglo y medio después, nos relata Marc Bassets, corresponsal de “El País” en Francia, “la diputada ecologista Sandrine Rousseau, que encabeza un sector de la izquierda, reclama nuevamente, el “derecho a la pereza”, y se opone a trabajar enarbolando la bandera que demanda “una vida más equilibrada y libre”.

¿Quién ganará: los que se oponen al aumento en la edad o el que lo propone? Ya conocimos los argumentos de los opositores en un país donde la idea es “trabajar para vivir, no vivir para trabajar”; del otro lado está la cruel realidad, el porqué de la revisión del tema de las pensiones, tarea que Bruselas ha instado a cumplir a los 27 miembros de la Unión Europea, so pena de no entregarles más apoyos financieros a los países que no cumplan con ella.

“Formar parte de la sociedad es un fastidio, pero estar excluido de ella es una tragedia”

 Oscar Wilde

El envejecimiento de la población es el punto de inicio. Europa vive, desde finales de la Segunda Guerra Mundial (1945), una reducción de las cuotas de natalidad al tiempo que los índices de mortalidad se han reducido debido al aumento en las expectativas de vida que en el viejo continente ya rebasan los 80 años.

Los gobiernos están aumentando la edad para jubilarse, en detrimento de conquistas laborales que han logrado su reducción, la reducción de la jornada laboral, el aumento de los días de vacaciones, entre otros logros.

¿Por qué estas medidas gubernamentales? Porque esta ampliación en la etapa de vida del pensionado va con cargo a dos sectores: al gobierno que tiene que pagar durante más tiempo esas pensiones, y a la población más joven que está en peligro de perder esa prerrogativa si colapsa el sistema financiero que la soporta. Emilio Sánchez Hidalgo (“El País”,11/02/2023) señala que “el envejecimiento empuja a los países del viejo continente a aumentar la edad de retiro”.

Lo ocurrido en Francia está siendo visto con lupa en el resto de las naciones miembro de la Unión Europea. Sí, Bruselas está metiendo presión para que los socios de esta mancomunidad tomen medidas, pero pierde de vista, o no le da el peso necesario, a los riesgos que estas acciones conllevan para la estabilidad política y social: para la gobernanza al poner en peligro al Estado de bienestar ya de por sí demasiado vapuleado. Es importante señalar que entre los países que integran la UE, los sistemas de pensiones son muy diferentes, “pero todos comparten el reto mayúsculo de acertar en los cambios para ser sostenibles”.

En América Latina, en México, no debemos ver este proceso como algo lejano. En el caso de nuestro país el porcentaje del PIB dedicado al pago de pensiones va en aumento, acompañado del compromiso financiero que conlleva la atención médica y hospitalaria de los adultos mayores.

Datos importantes aportados por Emilio Sánchez: “Los mayores de 65 años representaban en 2019 el 20.4% de la población de la UE. La Comisión Europea estima que en 2050 serán el 29.6%. Ante estas cifras, la intensa conversación pública sobre las pensiones lleva varios años instalada en Europa, pero en los últimos meses ha aumentado los decibeles”. Sí, el ruido social irá creciendo porque, ante el envejecimiento de la población, las pensiones, sin duda, son el pilar más robusto del Estado de bienestar.

La semana pasada señalamos que son coincidentes las voces que, con justificada preocupación, plantean que el Estado de bienestar, esta idea que deviene de la revolución francesa, que pone sobre la mesa los derechos del hombre y del ciudadano, se va construyendo como tesis luego de la Primera Guerra Mundial y de la crisis económica de 1929. Debe preocuparnos que la idea de proteger al ciudadano desde la cuna hasta la tumba está en serios apuros.

Esta idea revolucionaria, con una historia bien sustentada y cimentada, está en riesgo. Una de las causas de esta situación, que nos debe de ocupar y preocupar, es la crisis presupuestaria de los Estados derivada del crecimiento de una población envejecida, sostenida por menos trabajadores resultado de la crisis económica y de la cuarta revolución industrial que cada día desplaza más la mano de obra humana.

No, el transitar al llamado “Mundo Feliz” de Aldous Huxley, por medio de la robotización y la inteligencia artificial no será un camino sin espinas. No es una utopía, que quede claro, es más bien una distopía, “una utopía negativa”, donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal, representando unan sociedad hipotética indeseable.

Estamos viviendo el colapso del Estado de bienestar que devendrá sin remedio, si los Estados no retoman los compromisos sociales y económicos que dieron pie a lo que se llamó “una revolución callada” que explotó a partir de la segunda posguerra mundial. Una propuesta liderada por el laborista inglés Clement Attlee, que partía de la idea ya señalada con antelación: “Proteger al ciudadano desde la cuna hasta la tumba, por el mero hecho de serlo”.

Concluyo esta sección compartiendo reflexiones manifiestas por Joaquín Estefanía, compartidas por muchos politólogos y sociólogos políticos que escribenacerca de los que hoy significa este concepto de Estado de bienestar.

Sobre la educación existe una dicotomía: ¿Realmente la educación existente sigue siendo el ascensor social que se construyó hace décadas, o es un “monopolio de oportunidades” para las clases económicas altas? Hace poco leí un artículo en el que se planteaba, contrario a lo que siempre he pensado, que la educación, por su heterogeneidad social y diferencias de infraestructura, lejos de reducir las brechas sociales, las acrecienta. En esta era digital, de la alta tecnología, este planteamiento toma mucho más sentido.

¿Cómo podemos hablar de Estado de bienestar cuando a nivel global es evidente que no hay dinero para universalizar los cuidados a los más dependientes? Esto quedó en evidencia durante la pandemia. Los Estados nacionales, aferrados a un modelo que privilegia la privatización y receta una reducción de las estructuras gubernamentales, fue incapaz de enfrentar los retos impuestos por una pandemia que rebasó todas las expectativas y desnudó a estos gobiernos ante la vista incrédula de una ciudadanía que esperaba que el Estado actuara, además de con inteligencia, con solvencia económica.

La pandemia, además, rompió con los estereotipos laborales que por décadas habían prevalecido. “El teletrabajo y otras modalidades contemporáneas de empleo han servido para para desocializar el mercado laboral: cada vez más gente se encuentra fuera de los convenios colectivos, y tiembla el derecho al trabajo.”

¿Y la democracia?¿Qué tiene que ver ésta con el quiebre del Estado de bienestar?

Muchos expertos, señala Estefanía, consideran que el debilitamiento de la calidad de la democracia “está directamente relacionado con el debilitamiento del Estado de bienestar”. ¿Por qué? Simple y llanamente porque el Estado de bienestar “ya no corrige tanto como antaño las desigualdades”.

¿Qué le piden hoy los ciudadanos a los partidos políticos, a sus candidatos? Que, sin importar su ideología, más allá de debatir si el capitalismo es bueno o es malo, o si hay que sustituirlo por otro sistema, exigen que las acciones de gobierno, las tareas legislativas, permitan a los ciudadanos tener pensiones y sanidad dignas públicas y universales, seguro de desempleo, una educación superior que no sea prohibitiva.

A esta “utopía factible” se le ha añadido en los últimos tiempos otro asunto toral, la lucha contra la emergencia climática. De eso quieren los ciudadanos que les hablen los partidos y los candidatos, los gobiernos en turno. La ciudadanía harta de los partidos políticos y de los candidatos con discursos vacíos. Quieren que se hable en las campañas de temas concretos, con propuestas concretas y que estas se traduzcan en programas de gobierno y en políticas públicas viables y que se cumplan. Todo eso más allá de la narrativa disruptiva y de una polarización que no lleva a puerto seguro.

“Es muy difícil hacer que un  saco vacío se pare derecho”

Benjamín Franklin

Ayer domingo, por segunda ocasión, partidos políticos y organizaciones abiertamente opuestas al gobierno de la Cuarta Transformación invitaron “a la sociedad civil” a marchar el Zócalo para manifestarle al presidente sus desacuerdos. Lo digo en plural porque sería ingenuo pensar que el tema único es la supuesta defensa del INE y de la democracia, como han insistido en su narrativa diaria.

Narrativa que en ningún momento se ha planteado un análisis a fondo de la propuesta presidencial, la primera, la reforma constitucional, que chocó con el proceso constitucional que exige una mayoría calificada; la segunda, el famoso Plan B, que se circunscribe a reformas a varias leyes secundarias, que ya fueron aprobadas por el Congreso.

El secretario de Gobernación, Adán Augusto López Hernández, ha recorrido el país, atendiendo la instrucción del presidente Andrés Manuel López Obrador, para explicar el propósito y los alcances de esta reforma. Parte importante del tiempo dedicado a esta tarea ha sido para mostrar y demostrar que lo que las oposiciones señalan está lejos de la verdad: no se pretende lastimar al INE, ni revertir su independencia; tampoco retroceder en los avances que la democracia ha tenido en las últimas décadas en México.

La propuesta se centra en la atención a planteamientos hechos por la propia sociedad que ha manifestado su inconformidad por lo oneroso que resultan los procesos electorales, las enormes cantidades de recursos que se entregan a los partidos políticos, la necesidad de adelgazar los sueldos de los funcionarios de ese organismo electoral y terminar con la duplicidad de funciones entre los órganos federales y los estatales; al tiempo, modernizar los procesos electorales incorporando, entre otras cosas, el voto electrónico.

Está claro, corresponde a la Suprema Corte de Justicia de la Nación determinar la constitucionalidad o no de estas reformas a leyes secundarias y las partes, aceptar su resolutivo.

Cierro esta Prospectiva comentando que, más allá del número de personas que acudieron a la marcha de ayer, de los discursos pronunciados por los oradores que, seguramente se fundaron en la narrativa antes mencionada, destaco que este evento que se dio en el marco de libertad plena que el gobierno federal ha garantizado en todo momento, no ha quedado al margen de lo ocurrido la semana pasada.

Sin embargo, es necesario señalar que este evento ha sido ensombrecido por el veredicto contra Genaro García Luna, exfuncionario de los gobiernos de los panistas Vicente Fox y de Felipe Calderón Hinojosa. No sirve que Marko Cortez, dirigente del PAN, haya salido a informarnos que el declarado culpable “nunca ha sido militante” de ese instituto político, la sentencia, que se conocerá en el mes de junio próximo, ya es una pesada losa para ese partido, para sus aspiraciones electorales próximas y futuras, y, en especial, para Felipe que pretendió con un texto en inglés ponerse al margen eludiendo toda responsabilidad.

“Se está utilizando la resolución para atacarme”, señaló quien en el 2006 llegó a la presidencia luego de un turbio proceso electoral. Lamento decirle a quien fuera también dirigente de su partido, que es imposible hacerse a un lado, mucho menos decir que no sabía lo que su jefe de Seguridad Pública hacía. Su guerra contra el narcotráfico, cuyos nefandos resultados todavía padecemos, queda sin argumentos para defenderla. Su deseo de reaparecer en el escenario político luego de su fallido intento de formar otro partido ha quedado definitivamente cancelado.

Duro golpe para él, para Margarita, para el vociferante Vicente Fox, y para la dirigencia del PAN y para sus aliados, para los partidos miembros de la “Alianza por México”, y para los “dirigentes de la sociedad civil”, como se autocalifican los Claudio X González y los Gustavo de Hoyos, principales promotores de la marcha de ayer, junto con Lorenzo Córdova que no se si es un defensor del INE como se promueve, o de la liquidación de 20 millones de pesos que está pidiendo para cuando termine su gestión el próximo mes de abril y sea sustituido, excelente noticia, por una mujer por primera vez en la historia de los órganos electorales.

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