Emilio

Columna: Prospectiva

Por: Emilio de Ygartua M.

“Todos tenemos una debilidad, una grieta en la  muralla del castillo. Esa debilidad es usualmente Insegura, una emoción o necesidad incontrolable; también puede ser un pequeño placer secreto. De uno u otro modo, una vez descubierta es un talón de Aquiles del que puedes sacar provecho”.

Robert Greene. Las 48 Leyes del Poder

Estamos viviendo la etapa final del sexenio. El presidente Andrés Manuel López Obrador recorre el último tramo de un período que pasará a la historia por haber derribado muchas de las barreras construidas a lo largo de muchas décadas por administraciones que renunciaron a realizar los cambios que había comprometido un movimiento armado con alto contenido social. Una revolución que se diferencia de una guerra civil porque la primera conlleva no sólo un cambio de gobierno, sino una transformación de las estructuras políticas, económicas y sociales. 

Por ello, este gran movimiento es considerado como la tercera transformación del país, subsecuente y, sobre todo, consecuente con la primera, la guerra de Independencia, y, con la segunda, la Reforma.

La Revolución Mexicana (1910-1920) no tuvo como objetivo único remover al dictador que por más de tres décadas conculcó derechos ciudadanos, derechos humanos, e impulsó un modelo económico que privilegió el ingreso del capital externo que se adueñó de áreas estratégicas con el apoyo y contubernio de las autoridades gubernamentales beneficiadas siempre del reparto de las ganancias crecientes en un escenario de total ausencia del Estado.

La pobreza extrema, la inoperancia de los servicios de salud y la existencia de un muy endeble sistema educativo, incapaz de revertir el analfabetismo y trazar una ruta que permitiera a los más acceder a la educación, privilegio reservado a los económicamente favorecidos, bueno, no a todos, porque aún las mujeres pertenecientes a esas “clases pudientes”, eran marginadas y condenadas a una preparación orientada a atender a los maridos, a tener hijos y a mantenerse calladas ante las injusticias prevalecientes en el propio hogar y en el exterior.

La Revolución Mexicana, más allá de los claroscuros derivados de las luchas intestinas por el poder, fue capaz de romper paradigmas y, sobre todo, de construir una ley de leyes que garantizara tanto los derechos individuales, como los de los obreros y campesinos; la separación de la Iglesia y el Estado, y la rectoría de éste último de la economía, lo que garantizaba el diseño e implementación de políticas públicas capaces de revertir la pobreza, la marginación, la inequidad y la exclusión.

Negar los avances alcanzados sería un error, como lo es, también, pensar que la ruta trasada se cumplió plenamente. La historia testimonia que el “Estado benefactor” fue desarticulado atendiendo las instrucciones de Washignton, que establecían como ruta a seguir la del “neoliberalismo” cuyo propósito central fue reducir el tamaño del gobierno y limitar su marco de actuación otorgando al sector privado (nacional y extranjero) carta blanca para acceder a un dominio pleno de la economía a partir de una sinergia con las autoridades gubernamentales, fieles defensoras de un modelo que no sólo prohijó la concentración de la riqueza en pocas, muy pocas manos, en tanto que el resto de la población, la gran mayoría, “era convencida” de que esa fórmula, la del gobierno enanizado y del empresariado empoderado, generaría igualdad y riqueza compartida, lo que nunca sucedió, aunque los defensores del modelo se empeñen en decir lo contrario. Las evidencias están a la vista.

El gobierno de la Cuarta Tranformación, el triunfo legal y legítimo del nativo de Tabasco, se explica no solo por la persistencia de quién fue derrotado dos ocasiones por un sistema político caduco, empeñado en mantener vigentes sus prerrogativas, sino por el apoyo de más de 30 millones de ciudadanos que con su voto hicieron posible esa vistoria. 

La polarización que hoy se vive, achacada por los contras al gobierno federal, obedece a la lucha permanente entre los que quieren cambiar el estado de cosas, claros de que es una demanda de las mayorías, y los que, por el contrario, se empeñan a toda costa en mantener vivas sus prevendas, sus beneficios. Prerogativas nacidas al amparo de gobiernos que hicieron a un lado su compormiso con las grandes mayorías y se aliaron cínicamente a grupos económicos, nacionales y extranjeros que obtuvieron pingües ganancias al amparo de reglas que así lo permitían.

¿Ha sido el gobierno de López Obrador exitoso en esa tarea? Por más que lo quieran negar los grupos opuestos al régimen, el país ha enfrentado una crisis de enormes proporciones sin que haya ocurrido fractura económica como día con día anuncian los líderes de las oposiciones con el apoyo de medios de comunicación, y sus voceros, que se niegan a reconocer los avances, que han optado por la construcción de una realidad que se desmorona fácilmente.

¿Ha habido errores de la administración federal? Sin duda. En el afán de desarticular las redes construidas en los tiempos en que tuvo vigencia el modelo neoliberal, se satanizó a muchos empresarios lo que generó enormes vacíos e impidió construir una alianza capaz de enfrentar de mejor manera los nefandos efectos de la pandemia y de la crisis que de ella devino, acompañada, además, de un inmoderado aumento de los precios que obligó a elevar drásticamente las tasas de referencia, a sabiendas de que estas medidas, ortodoxas, sí, provocan un desaliento en la inversión y se convierten en un promotor involuntario de la recesión económica.

El distanciamiento del gobierno de los empresarios no ha permitido crecimiento mayor del PIB.  Tampoco ayuda la constante descalificación de las clases medias, mucho menos la abierta confrontación contra el gremio de los investigadores que se sienten desplazados a la hora de construir una nueva ley que regule la investigación científica en el país. 

Con el empresariado ha habido acuerdos efímeros que, por lo mismo, no han terminado de cuajar. Ha faltado seguimiento, definición clara de objetivos y una ruta crítica para dar continuidad a los acuerdos con empresarios nacionales y extranjeros. La propuesta de una reforma energética terminó por distanciarlos más. 

¿Hacia dónde vamos? Es la pregunta que todos nos debemos hacernos, sí, pero también contestarla. El futuro es hoy. Las cosas han cambiado de manera tan vertiginosa que no hemos podido detenernos para definir, con claridad, el rumbo a seguir. La OMS ha decretado el fin de la emergencia provocada por la COVID 19. Han sido tres años complejos, con más de 20 millones de muertes, aunque la OMS solo hable de 7 millones. Una crisis de salud que transitó a crisis económica con aumento de las desigualdades que evidenció la interdependencia, nuevo rasgo de la globalidad.

La polarización, perdón por la insistencia, no es privativa de nuestro país. Día a día podemos corroborar en los medios de comunicación, en las redes sociales, esa tendencia que no se circunscribe al entorno nacional. ¿Quién prendió la mecha? No es lo relevante. 

La polarización deriva de la lucha entre los que quieren cambiar el estado de cosas y los que buscan evitar o, al menos retrazar esos cambios. Esta lucha, originalmente fundada en la dialéctica, la que pone de un lado una tesis y del otro una antítesis, ha estado muy lejos de derivar en una una sintesis, en un argumento, en una propuesta que contemple las opiniones, las ideas de unos y de otros.

Hoy parece imposible atender la invitación a lograr concensos sin dejar de lado los discensos. Si se propone una reforma eléctrica o una electoral, los opuestos se niegan a dialogar, eluden su análisis; simplemente se ausentan del recinto legislativo para evitar que se alcancen los votos necesarios para su promulgación. Te opones a escuchar mis demandas, tomo el escenario legislativo, obligando a transitar a otros espacios. Cancelando la posibilidad de un diálogo que, primero que todo, garantice la función primigenia de los legisladores, precisamente legislar.

Derechas contra izquierdas. Izquierdas contra derechas. El péndulo se mueve a tal velocidad que es imposible hacer una pausa. En México, desde el primer día de su gobierno, López Obrador ha enfrentado la resistencia al cambio. Una oposición que no oculta su objetivo, no propone alternativas, simplemente hace lo necesario para “descarrilar la locomotora de la transformación”; hacer imposibles o al menos difíciles los cambio que se proponen, aunque tengan razón de ser. 

Gustavo Petro, presidente de Colombia describe este escenario de manera muy clara en la entrevista concedida a Pepa Bueno, directora de “El País”, en el marco de la visita oficial a España donde se entrevisto con los jefes de Estado y gobierno, Felipe VI y Pedro Sánchez: “El cambio es más difícil de lo que pensamos”.

Colombia es un país particularmente conservador. Petro lo sabía cuando se convirtió en el oponente del oficialismo. Lo sabía no solo porque anticipaba resistencia al cambio cuando las propuestas vienen de quien fue integrante de la guerrilla, ideólogo de una lucha fraticida que derramó mucha sangre en esa nación sudamericana, cuna del bolivarismo. 

Estaba claro, lo sigue estando, que las derechas, la moderada y la radical, dificilmente aceptarían cambios que pusieran en riesgo prerrogativas por muchos años vigentes. Pepa Bueno le pregunta: “Lleva usted más de nueve meses en el poder al que llegó con el voto ciudadano que no le otorgó la mayoría absoluta. ¿Ha encontrado resistencias? Siente que el poder tradicional se ha organizado contra usted?”

La respuesta de Petro es muy elecuente: “Sí claro. El cambio siempre provoca una resistencia. Al ser el primer presidente de la izquierda elegido en Colombia, los ánimos de resistencia son altos, grandes, y provienen de grupos muy privilegiados, sobre todo por el dinero público. Cuando proponemos volver a un mayor peso de la política pública, de la sociedad, para garantizar los derechos de salud, de las pensiones…entonces, estos grupos reaccionan, se organizan. No han contado con el respaldo popular, pero sí con el de la prensa y con el de partidos que tratan de alcanzar una mayoría relativa en el Congreso que impida que las leyes del cambio se aprueben. Y esa es la resitencia que hemos tenido hasta ahora.”

“Predica la necesidad del cambio, pero  nunca reformes demasiado, en seguida”

Ley 45ª  de las Leyes del Poder 

Robert Greene

¿Suena lo anterior a mera coincidencia? No. Es el comportamiento que las derechas, especialmente las radicales están teniendo lo mismo en España, que en Italia, en el Viejo Continente; o las que enfrenta Lula da Silva en Brasil con el liderazgo de Jair Bolsonaro; o el gobierno de Boric en Chile, república que vivió ayer un complicado proceso para elegir a 50 constituyentes que tendrán la tarea de redactar una nueva constitución luego fallido resultado del referéndum que echó por tierra el proyecto presentado el año pasado, rechazado por el 67% de los electores, merced al afán de las derechas de mantener vivo el legado constitucional del dictador Augusto Pinochet, emblema de las derechas chilenas. 

La mayoría conservadora en la conformación del nuevo constituyente anticipa barreras para que la izquierda gobernante, con un legislativo antagónico, pueda hacer realidad los cambios que Boric planteó en su campaña, que le valieron el triunfo legal y légito. La primera victoria de un candidato de la izquierda desde la elección de Salvador Allende en 1970.

¿Cómo enfrentar estos escenarios adversso? ¿Cómo vencer las resistencias de las derechas, de los conservadores al cambio? Lo evidente es que en el juego del poder, de una parte, hay una pretención de cambio, pero al tiempo hay una resistencia al mismo. ¿Cuál podrá más? Se pregunta el propio Gustavo Petro. “No lo podemos determinar. He invitado a la poblacióna salir a la calle a expresar si está favor o en contra porque en estos nueve meses ha faltado un protagonismo fundamental de la gente.”

¿Es una invitación a la violencia? le cuestionan: “De ninguna manera. Quiero que la población se exprese. Casi ningún país se transforma sin la presencia protagónica de la gente. Vamos a ver si este elemento lo permite. Si ello no ocurre quiere decir que la población no miró el cambio como un proceso profundo, sino como una moda. Y desde esa perspectiva, hay que reconocerlo, el Gobierno no tendría mayores perspectivas de éxito.”

¿Qué tiene que ver esta alegoría con nuestro país? En el 2024 habrá una consulta al pueblo que, al tiempo, es un proceso electoral para renovar a los poderes Ejecutivo y Legislativo. En 2018, una inmensa mayoría votó por el proyecto del cambio, por la transformación del país a partir de una estrategia centrada en combatir a la pobreza, a la impunidad, a la exclusión y, especialmente, a la concentración del poder político y económico en una especie de Leviathán conformado por grupos económicos en total simbiosis con los funcionarios del gobierno.

“En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza.  En un país mal gobernado debe inspirar vergüenza la riqueza”

Confucio

Los cambios están a la vista. Los faltantes también. El referéndum a celebrarse en junio del 2024 será contundente. ¿Se ratificará el proyecto defendido por la llamada cuarta transformación o se rectificará y se devolverá el poder a quienes lo detentaron por décadas con magros resultados en beneficio de las grandes mayorías nacionales?

Ha llegado la hora de voltear las cartas para que cada uno de los actores, los comprometidos con el cambio y los opuestos al mismo, definan a su candidato, propongan su programa y permitan a quien detenta la soberanía popular, a los ciudadanos, decidir con su voto cuál habrá de ser la ruta a seguir en los próximos años.

Andrés Manuel López Obrador considerá que ha llegado el momento de que su partido, Morena, decida quien será su abanderada o abanderado. No hay margen para la equivocación. El 18 de marzo pasado, en el Zócalo de la CDMX, el tabasqueño fue muy claro. Al tiempo que se comprometió con los ahí presentes a que el proceso de transformación iniciado en el 2018 continuará, conminó a sus corcholatas, a los aspirantes a sucederlo, a que realicen una contienda digna, que no fracture, que no divida, que garantice el apoyo de los que no ganaron al que obtuvo el mayor apoyo en la encuesta, raitificada como el termómetro que medirá afectos y afinidades.

Una encuesta que invita a todos aquellos que quieran participar. Sí, es un riesgo que concurran al proceso electivo “moros y cristianos”, pero esa es la ruta que se ha escogido para que, luego de conocer el resultado de las elecciones en el Estado de México y Coahuila, sepamos quién estará en las boletas electorales buscando dar continuidad al proyecto impulsado por López Obrador. 

Por cierto, Mario Delgado, dirigente nacional de Morena, ha pedido a las corcholatas cierren filas para que el resultado en los comicios de los estados mencionados les sea favorable. En el Estado de México las encuestas anticipan un triunfo de doña Delfina. En Coahuila, la moneda está en el aire, pero más inclinada hacia el candidato de la alianza.

¿Qué hizo cambiar de idea al líder moral del Movimiento de Rgeneración Nacional? ¿Fue el tercer contagio de Covid, o el olfato político que ha caracterizado a quien por más de tres décadas ha liderado un movimiento orientado a cambiar al país? No se trata de lucubrar, la política es el arte de lo posible. López Obrador ha considerado que es el tiempo, el momento justo para destapar a la corcholata cuyo tarea, vaya tarea, será dar continuidad a la transformación en marcha.

Luego del resguardo en Palacio Nacional, que lllegó acompañado de las lucubraciones de aquellos que se han empeñado en presagiar desastres y en desearle un mal al mandatario, el presidente no sólo regresó a “La Mañanera”, que estuvo bien atendida por el responsable de la política interior del país. Adán Augusto López Hernández, “mi hermano”, quien cumplió con creces la encomienda saliendo al paso de los dichos de los malquerientes y atendiendo los temas legislativos que le encargó su paísano.

Ante la postura cerrada de las oposiciones que tomaron la tribuna para impedir el trabajo legislativo, el presidente convocó a los senadores de su partido para establecer una estrategia que, como ocurrió, permitiera sacar adelante un lista de 20 importantes iniciativas. ¿”Noche negra”? Así la califican opositores y editorialistas adeptos a quienes en su momento frenaron las reformas eléctrica y electorar. ¿Noche negra para quién? Al interior del PAN cada día son más los que piensan que Marko Cortes no es el líder que se requiere. En el PRI y en el PRD, qué se puede decir de sus liderazgos. Habrá que preguntarle a Claudio X. qué opina de ellos.

Al tiempo, López Obrador convocó, a través del secretario de Gobernación, una de las cuatro corcholatas, a las otras tres. La fotografía pasará a la historia. Claudia, Marcelo y Adán Augusto, sí, pero también, Ricardo, el travieso e indisciplinado zacatecano que, como en 2017, ha amenzado abandonar a su partido. Como entonces, “más sabe el diablo por viejo que por diablo”, el tabasqueño lo ha vuelto al redil. 

¿Quedó atrás el riesgo de su salida? Su sonrisa, junto al fiel de la balanza, así lo demuestra. “Hay que definir la candidatura de Morena en tres meses”, ordenó el líder moral de esa formación política, al tiempo que llamaba a todos “a la mesura”. Al salir de la reunión y luego a pregunta expresa de Joaquín López Dóriga, Ricardo Monreal, quien parece tiene ya en la bolsa “un Plan B”, señaló: “Prefiero no ser nada antes que traicionar al presidente”. 

El líder del senado ratifica que el proceso legislativo en el que se aprobaron por mayoria absoluta veinte iniciativas enviadas por el Ejecutivo, “es legal y apegado a derecho”. Como rúbrica, el zacatecano asegura que reconocerá al ganador de la encuesta, “pero espero que el gesto sea recíproco”. 

Mario Delgado ha puesto manos a la obra. Sabe que la tarea es complicada y que se requiere de toda la experiencia y la sensibilidad política para entregarle buenas cuentas a “ya saben quién”. La “operación cicatriz” será compleja, especialmente importante. Unidad a toda costa, es la consigna. En junio será la primera vuelta para “tantear el agua a los camotes”. En julio o agosto, la definitiva. De esta encuesta saldrá el “humo blanco”.

Lo que estamos viviendo me trae a la memoria la sucesión presidencial en tiempos de Luis Echeverría Álvarez (1976). Había, utilizando el término actual, seis corcholatas. Todo indicaba que Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, el candidato de Televisa, era el favorito. Al final del día, Echeverría se decantó por un cercano, “mi compañero de pupitre en la Secundaria No. 3”. Otro López, Portillo. 

Hoy, todo indica que “la favorita” es la jefa del Gobierno de la CDMX, sin embargo, las debilidades mostradas en su propio patio pueden generar enormes dudas en el gran elector, quien, como Lázaro Cárdenas del Río, en 1940, tendrá que escoger entre Mújica (Adán Augusto), o Ávila Camacho (Marcelo). El 18 de marzo pasado, López Obrador señaló que, a su juicio, el general se equivocó en su selección.  

“Estamos viviendo en la era dorada de la IA, donde La ciencia ficción se está convirtiendo en realidad”

 Rohit Prasad, ejecutivo de Amazon

A finales de esta segunda década del Siglo XXI, los avances tecnológicos están haciendo realidad la ciencia ficción. Resultaba utópico hasta hace pocos años, señalan varios investigadores, que estas preguntas se vuelvan todo un desafío para los sistemas jurídicos: ¿Quiénes son los responsables por las consecuencias del funcionamiento de las máquinas inteligentes? ¿Cómo garantizar la autodeterminación humana en la era de los algoritmos inteligentes? ¿Cómo es posible programar la inteligencia artificial para que pueda incluir un enfoque jurídico y ético? ¿Es factible hablar sobre un derecho de acceso a la inteligencia artificial? ¿Cómo hacer que la inteligencia artificial no profundice las desigualdades entre las personas? 

Las respuestas a estas preguntas, sin duda, demandan un esfuerzo trascendente para repensar e innovar acerca de los desafíos de una nueva Revolución que estamos atravesando. Actualmente transitamos una nueva Revolución que se vincula con varios fenómenos (nanotecnología, biotecnología, robótica, internet de las cosas, impresión 3 D). 

El más disruptivo de todos es producto del desarrollo de la inteligencia artificial, se presenta como una innovación vinculada a los avances tecnológicos relacionados con el procesamiento de información y de los datos. La Cuarta Revolución Industrial tiene su epicentro en el aumento exponencial de dos factores: capacidad de almacenamiento y velocidad de procesamiento de la información y de los datos.

¿Nos debemos preocupar por la irrupción de la inteligencia artificial en nuestras vidas? Sin lugar a dudas es un gran reto. No hay respuestas contundentes. Geoffrey Hinton, llamado el “padrino” de la Inteligencia Artificial (IA), recién dejó Google no sin avisar de los peligros de esta tecnología. Este experto teme, sobre todo, “que internet se vea inundada de falsos textos, fotos y vídeos y que las nuevas herramientas reemplacen a muchos trabajadores.”

Miles reclamen frenar al menos seis meses la carrera sin control del ChatGPT. El magnate Elon Musk (Tesla), el cofundador de Apple, Steve Wozniak y el historiador Yuval N. Harari, son sólo algunos de los nombres que aparecen firmando una Carta Abierta en la que solicitan una moratoria en su desarrollo para recapacitar sobre sus consecuencias.

En tanto esto ocurre, no podemos dejar de lado una encuesta publicada por el Foro Económico Mundial que anticipa que un cuarto del mercado laboral se verá afectado en el próximo quinquenio impulsado por las revoluciones tecnológica y verde, además, por la geopolítica. ChatGPT, esto es, la inteligencia artificial ya está cambiando la contratación y la búsqueda de empleo. 

La ya popular herramienta para chatear programada con inteligencia artificial, en su nueva versión 4.0, es menos atrevida y matiza los resultados controvertidos, sin embargo, diariamente leemos artículos sobre “el sucio secreto de la inteligencia artificial” en razón de que esta herramienta “está disparando las previsiones del consumo mundial de energía de los centros de datos.”

La pregunta que más preocupa ¿La inteligencia artificial debe utilizarse en la educación? ¿Cómo revertir o frenar los riesgos éticos que ello conlleva? ¿Ampliará o reducirá la brecha digital? Planteamientos que obligan a la reflexión. La UNESCO considera que hay que tomar el riesgo. Este organismo de la ONU ha publicado un tutorial para acceder y utilizar ChatGPT, no sin recomendar a las entidades educativas, en especial a la educación superior, no cerrar las puertas, pero si tener el control de las llaves.

“La educación es el gran motor del desarrollo personal. Es a través de la educación como la hija del campesino puede convertirse en una médica, el hijo del minero puede convertirse en jefe de la mina, o el hijo de  trabajadores agrícolas puede llegar a ser presidente de una gran nación”

Nelson Mandela 

La cuarta revolución industrial es una realidad inobjetable. Su dinámica es acorde a los nuevos tiempos, acelerados por los vientos de cambio que la pandemia y la crisis económica trajeron consigo. Ver el futuro a través del espejo retrovisor no solo es un error, es un suicidio que nos llevaría al colapso colectivo, y con ello a la desaparición de la sociedad sustentada en el “homo laborius” y en el “homo sapiens”.

Sí, es el tiempo de la inteligencia artificial, del internet de las cosas, de la robotización como la profetizaba Aldous Huxley, pero ello no justifica que se renuncie a la inteligencia humana en aras de darle preeminencia a la holganza, dejando a las máquinas conducir la nave a lo que se podría llamar un “futuro feliz”. Debemos entender que el ser humano, los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, requieren necesariamente reinventarse. Tienen que “aprender a convertirse”, lo cual es posible solo a través de la educación.

¿Cómo garantizar el futuro deseable y posible que como seres humanos buscamos? La Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura (UNESCO), impulsa una iniciativa mundial encaminada a reinventar la manera en que el conocimiento y el aprendizaje “puedan determinar el futuro de la humanidad y del planeta.”

En el 2020, en el contexto de la pandemia, la UNESCO lanzó una iniciativa en la que invitó a “a pensar juntos para actuar juntos a fin de querer los futuros que queremos”. este organismo internacional a mantenido su impulso a esta iniciativa con la convicción de que esos futuros de la educación deben estar sujetos a un debate mundial del cual deriven las pautas para “reinventar el conocimiento, la educación y el aprendizaje en un mundo cambiante, de creciente complejidad, incertidumbre y precariedad.”

En esta inciativa se propone una ruta con la mira puesta en el año 2050 que permita reinventar la manera en que la educación y el conocimiento puedan contribuir al bien común mundial. 

¿Cómo lograr este objetivo? ¿Con qué herramientas? El planteamiento se centra en utilizar la comunicación digital, la inteligencia artificial y la biotecnología que ofrecen grandes posibilidades para lograr un futuro educativo más exitoso, pero no exento de preocupaciones en el plano de la ética y la gobernanza, especialmente porque las promesas de innovación y cambio tecnológico han contribuido de manera desigual a la prosperidad humana a lo largo de la historia.

¿Cómo lograr que las innovaciones tecnológicas se conviertan en herramientas para transitar en el futuro hacia una educación inclusiva y equitativa, de calidad y pertinente? La respuesta se tiene en la propuesta de la UNESCO (2023) en la que la visión de futuro de la educación se centra en “la incorporación de las tecnologías educativas al proceso de enseñanza aprendizaje”, porque estas herramientas favorecen la productividad, la creatividad, la comunicación, la colaboración, el diseño y la gestión de datos.

La UNESCO reconoce que la virtud principal de las tecnologías educativas, pese a su diversidad, es que cada día están más integradas, derivado de la convergencia de tecnologías (aplicaciones y dispositivos). Esto obedece al rápido desarrollo de tecnologías, la migración de aplicaciones a la nube y el carácter proteico del internet.

No se obvia el hecho de que tenemos de un lado a “los tecnoescépticos” que insisten en que no hay lugar para la automatización en la educación, y plantean que el aprendizaje debe sustentarse en la presencialidad y en la función docente. Del otro lado están “los tecnófilos” que aceptan efusivamente el uso de las tecnologías en el proceso de enseñanza aprendizaje.

¿Qué hacer en materia de educación superior ante estos escenarios provocados por la pandemia, la crisis económica y la brecha digital? La UNESCO ha establecido acciones concretas para rediseñar lo que llama los futuros de la educación, que permitan a los educandos, a los docentes y a las propias instituciones educativas, aprender a transformarse.

Este organismo internacional trabaja cotidianamente con los países miembros de la ONU en el propósito de “garantizar que todos los estudiantes de nivel superior tengan las mismas oportunidades para acceder y completar una educación terciaria de buena calidad con calificaciones reconocidas internacionalmente (acreditaciones).”

Se parte de la convicción de que este nivel educativo “es un rico activo cultural y científico que contribuye al desarrollo personal y promueve el cambio económico, tecnológico y social.” La educación superior, además, alienta el intercambio de conocimientos, investigación e innovación y equipa a los estudiantes con las habilidades necesarias para hacer frente a los mercados laborales en constante cambio. 

¿Cómo lograr que las innovaciones tecnológicas se conviertan en una herramienta que permita transitar al 2030, como establece la Declaración de Incheon: hacia una educación inclusiva, equitativa, de calidad y que garantice un aprendizaje a lo largo de la vida? La respuesta se encuentra en el informe de la propia UNESCO en donde se establecen los compromisos y el seguimiento de la educación en el mundo para alcanzar las meta establecida para finales de esta década. En este documento se parte de la definición de tecnología como “la aplicación del conocimiento científico en cualquier ámbito de la vida.”

¿Cómo atemperar las desigualdades que se hacen más evidentes con el ingreso de las tecnologías educativas a los procesos de enseñanza-aprendizaje? La UNESCO reconoce que si bien es cierto que la pandemia propició el uso de estas herramientas en el proceso de enseñanza aprendizaje, es indudable que “las mejores prácticas se siguen realizando principalmente en los países más ricos dónde, además de haber índices elevados de dispositivos y conexión rápida a internet, la inversión en plataformas ha crecido progresivamente para poder adecuar las al rápido aumento en el número de usuarios.”

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