Por: José Ángel ViGo
“El antojo que nos arrastra: placer culpable”.
Hay un rincón del paladar donde la nostalgia muerde más fuerte que la razón; es ese mordisco furtivo de papas fritas con chile, esa mordida a un pan dulce recién adquirido en alguna tienda de abarrotes, ese helado barato que sabe más a gusto de infancia que a fresa o aquel raspado callejero que solías degustar saliendo de la escuela; todo eso no lo comemos por hambre, lo hacemos por gozo, para anestesiar algo más profundo y saciar ese placer culpable.
¿Qué es el placer culpable en la gastronomía?: Se le llama así a ese tipo de comida que disfrutamos intensamente pero que al terminar nos deja con una ligera culpa, puede ser por su bajo valor nutricional, por la cantidad, por lo artificial o por romper la dieta. Más allá de las calorías, hay una culpa cultural, comemos “mal” porque estamos tristes, estresados o solos, y lo sabemos, pero ¿quién decidió qué es “malo” ?, ¿por qué la comida tiene que dividirse entre lo virtuoso y lo pecaminoso?
Ejemplos reales y cercanos: El tamal de las afueras del mercado, la torta de chilaquiles, los esquites con harta mayonesa, queso y chile (del que pica, obviamente), el hot dog callejero con mil aderezos, no es cocina gourmet, pero guarda historias, afectos y momentos, a veces es lo que une a una familia sin dinero o a un corazón solitario que necesita consuelo inmediato.
Psicología y biología detrás del antojo: Los alimentos altos en grasa, azúcar y sal activan zonas cerebrales relacionadas con el placer y la recompensa (dopamina); Existen estudios que comparan estos efectos con los de ciertas adicciones suaves, pero también hay heridas emocionales que nos hacen buscar consuelo en lo que cruje, lo que empalaga o lo que se derrite sin preguntar.
¿Quién lucra con nuestra culpa?: Las grandes marcas diseñan productos adictivos, coloridos y falsamente “ligeros”; se nos vende la culpa en combo con el antojo, te comes la hamburguesa, pero también pagas la mensualidad del gym y el batido para reducir grasa. La industria gana por ambos lados, por hacernos caer y por vendernos el “remedio”; Comer sin culpa es un acto de rebeldía, no por exceso, sino por consciencia.
El verdadero problema no está en lo que comemos a escondidas, sino en no saber por qué lo hacemos, tal vez el placer no es culpable, sino incomprendido. Tal vez lo que necesitamos no es dejar de comerlo, sino aprender a masticar también lo que sentimos.
Reflexión: No es equivoco darse de vez en cuando algún gusto, pegarse una buena enchilada con un elote con chile, sentir la grasa de una dona de chocolate desbordando en las papilas gustativas o celebrar un logro con un buen asado con amigos o familiares, es posible tomar esa culpa y volverla felicidad, siempre y cuando se aprenda a controlar el impulso y no abusar de él, ya que como se sabe todo en exceso es malo y con más razones la comida chatarra así que coman sano, hagan ejercicio, cada que se pueda eviten rebasar esos gustitos y solo tomarlos cuando sea pertinente, verán que bonito es guardar esas ganas y saciarlas un día especial porque ya se merece.
Mi nombre es José Angel ViGo, les veo el siguiente domingo en esta, su columna por excelencia, síganme en mis redes sociales que por ahí subo información gastronómica del estado y el mundo; les deseo buenos días, buenas tardes, buenas noches y buen provecho.