Columna: El Rincón del chef

Por: José Ángel ViGo

Bebidas que curan: un respiro para el alma, espíritu y corazón en cada sorbo.

‘Las memorias siguen vivas hasta que nuestro corazón lo dictamine; los aromas nos persiguen, una estruendosa sensación abre paso al remanso de líquidos sagrados que recorren nuestro paladar y garganta; y he aquí… recuerdos vienen y van, recuerdos que jamás se olvidarán’.

Hay líquidos que no solo hidratan el cuerpo, sino que acarician la memoria y reconcilian con la vida, son esas bebidas que más allá de la química, poseen un lenguaje secreto, un lenguaje sin palabra alguna ‘el de las abuelas’ que soplan un atole antes de dárselo al nieto, ‘el de las manos’ que remueven hierbas en agua hirviendo con la certeza de que la medicina también puede ser un abrazo cordial y húmedo.

Bebidas de maíz, ‘alimento y consuelo’: En México el maíz no solo se come, también se bebe.

El atole en todas sus formas (de vainilla, pinole, champurrado o frutal) es densidad hecha ternura, un recordatorio eficaz de infancia y refugio en días de lluvia o frío abundante.

El pozol, hecho con maíz, típico del sureste mexicano, va más allá de la sed, nos transporta con nuestros antepasados, ese maíz molido con cacao y hasta endulzado con miel de dulces típicos es fuerza, vitalidad y conexión con la tierra que nos da vida.
Infusiones y tisanas, ‘la pausa necesaria’: Las tisanas e infusiones son el respiro que la vida moderna olvida; manzanilla para un alivio del estómago, hierbabuena para la calma, tila para el insomnio, más que remedios son rituales de paciencia y tranquilidad absoluta.

El té de bugambilia, por ejemplo, pinta de magenta el agua y alivia la tos, convirtiendo la enfermedad en color alegre, eso que se necesita en momentos de enfermedad e incomodidad en nuestras gargantas.

Fermentados que transforman: Los fermentos son metáforas vívidas y líquidas de la perseverancia y paciencia; el kombucha y los tibicos convierten lo simple en complejo, lo ácido en vitalidad, lo cotidiano en medicina viva.

En tierras mayas el balché, hecho con corteza de árbol fermentada, era más que bebida ‘un portal a lo sagrado’, un medio de conexión espiritual.

Aromas que reúnen: El café de olla con piloncillo y canela, despierta no solo el cuerpo, sino la memoria de desayunos y cenas familiares.

El ponche navideño con guayaba, tejocote y caña, es medicina colectiva ‘calor contra el frío, compañía contra la soledad’.

Y el agua de chía con limón, ya conocida por los mexicas, refresca mientras alimenta, ligera pero saciadora.

Especias que curan: Más allá de lo tradicional las especias también se beben como bálsamos. La llamada ‘leche dorada’, originaria del medio oriente (Israel, India, Egipto, Marruecos), que combina leche con cúrcuma, jengibre y canela, es un remedio contra la inflamación y el cansancio, pero sobre todo es un abrazo amarillo que nos recuerda que sanar también puede ser luminoso y placentero; deberías probarla al menos una vez en tu vida.

Una enseñanza en cada sorbo.

Todas estas bebidas comparten algo, se beben despacio, no son para apresurados, son para quienes saben que sanar el alma requiere pausa, paciencia y calor; todos merecemos una calma, un refugio y un suspiro, porque al final del día una bebida que cura no solo pasa por la garganta, atraviesa la memoria, se queda en el corazón y nos recuerda que incluso en los días más oscuros siempre habrá un cuenco, una taza o una jícara dispuesta a reconfortarnos.

‘Bebemos para vivir, pero también para recordar que estamos vivos.’

Buenos días, buenas tardes, buenas noches y buen provecho.

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