Por: José Ángel ViGo
Recetas para el corazón roto: reflexionando sobre, lo que se come cuando el amor se va
Nadie te enseña qué comer cuando el amor se termina, no hay recetarios para el duelo afectivo, ni menús sugeridos para sobrevivir a la ausencia; sin embargo, cuando alguien se va, cuando se rompe un “nosotros”, el cuerpo lo resiente primero. El estómago se cierra, la boca pierde apetito o, por el contrario, busca consuelo desesperado, y ahí, en ese acto cotidiano de llevarse alimentos a la boca, comienza una conversación silenciosa entre la comida y el corazón roto.
Comer tras una ruptura no es un acto trivial: Este es un gesto emocional, casi primitivo. La ciencia lo confirma, cuando atravesamos una pérdida amorosa, el cerebro activa circuitos similares a los del dolor físico, disminuye la dopamina (la hormona del placer) y aumentan el cortisol y la ansiedad.
Por eso buscamos alimentos que nos devuelvan, aunque sea por segundos, una sensación de calma, de hogar, de control, y casi nunca buscamos algo nuevo, buscamos lo conocido.
Por eso, cuando el amor se va, regresamos a las recetas de la infancia; un caldo caliente, un arroz sencillo, una sopa espesa, platillos que no juzgan, que no preguntan, que simplemente están ahí.
La gastronomía del desamor suele ser humilde, repetitiva, reconfortante; comer lo mismo varios días no es pereza, es necesidad emocional, es el cuerpo diciendo “no puedo con más decisiones”.
En México, el duelo amoroso tiene sabor: El dolor lleva olor a café recalentado a medianoche, a pan dulce mordido sin hambre, a tortillas calientes con sal o alguna salsa; abrazamos las texturas de frijoles refritos comidos directo de la olla, huevos revueltos mal hechos (quizá con una vista no tan agradable pero sabrosos) y de chocolate espeso que intenta sustituir un abrazo cálido.
No es casualidad que muchos corazones rotos se refugien en los carbohidratos, ya que el pan, el arroz, la pasta y el azúcar estimulan la producción de serotonina, esa hormona que nos ayuda a estabilizar el ánimo; no tratamos de curar la herida, pero sí bajar el temblor, tal vez un poco.
Son analgésicos emocionales de corta duración.
Recetas del encierro, las que se comen en silencio, las que no se presumen: Platos que se preparan solo para uno, sin montaje, sin foto, sin mantel. Comer de pie, comer en la cama, comer frente al refrigerador abierto, el ritual cambia porque el amor ya no está para mirarnos mientras masticamos y eso también duele.
Cocinando para salir del hoyo: Pero hay un momento, que siempre llega, en que la cocina deja de ser solo refugio y se convierte en terapia; cocinar, incluso con el corazón roto, es un acto de resistencia; medir, cortar, hervir y esperar, devuelve una sensación mínima de orden cuando todo lo demás se siente caótico; es una forma de decir: “todavía puedo cuidar de alguien”, aunque ese alguien seas tú.
Las recetas del corazón roto no buscan impresionar, buscan sostener; un guiso lento que obliga a quedarse, un postre sencillo que recuerda que el placer aún existe y una bebida caliente acompaña el llanto sin interrumpirlo.
Recetas de la autodestrucción momentánea: El exceso de alcohol, la comida chatarra, los atracones nocturnos, no hay que romantizarlos, pero tampoco juzgarlos; son intentos torpes de anestesia, pero el problema no es caer ahí un rato, el problema es quedarse a vivir en ese menú, en esa rutina que puede llevarnos al borde del colapso emocional, atentando nuestra salud.
Porque sanar también se cocina: Llega el día en que el cuerpo pide algo distinto, algo fresco, algo vivo; frutas que antes no apetecían, ensaladas que anuncian ligereza, sabores ácidos que despiertan. No es casualidad, cuando el duelo avanza, el paladar cambia, el estómago empieza a creer poco a poco que la vida continúa y entonces aparecen las recetas nuevas, las que no compartiste con esa persona, las que no tienen recuerdos pegados, las que saben a territorio propio.
Cocinar después del desamor es reconstruir identidad, es preguntarse: ¿qué me gusta ahora?, ¿qué necesito?, ¿qué me nutre de verdad?, y ahí la gastronomía deja de ser solo comida y se vuelve lenguaje emocional.
Porque al final, comer cuando el amor se va no es solo sobrevivir, es reaprender a habitar el cuerpo, es entender que el corazón roto también tiene hambre y que, aunque no exista una receta exacta para sanar, hay platos que acompañan mejor el proceso, tal vez no curen el dolor, pero lo hacen más llevadero.
Y a veces, eso ya es un acto de amor; una semana más pasó lectores, espero siga siendo de su agrado cada una de las ediciones de la columna “El rincón del chef”, en la próxima edición les compartiré recetas para llevar ese desamor, o ese corazón roto de una forma delicada evitando el autosabotaje, les deseo buenos días, buenas tardes, buenas noches, buen provecho y feliz san Valentín, o día del amor y amistad.

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