En la costa de Centla, Tabasco, donde el Golfo de México abraza con furia la tierra baja y vulnerable, la comunidad que una vez se llamó ‘El Bosque’ ya no existe como la conocieron sus habitantes. El mar, ese gigante callado que antes se mantenía a distancia respetuosa, ha avanzado sin piedad. Crece la erosión, y las olas se han ‘comido’ todo.
JT Victorino Zurita / Frontera
Las gráficas del recorrido que Novedades de Tabasco hizo por lo que fueron las calles de ‘El Bosque’ lo confirman, el mar no se detiene. Aunque en 2025 lograron la reubicación histórica —la nueva comunidad ‘El Bosque’, a unos kilómetros tierra adentro, reconocida como el primer caso oficial de desplazamiento climático en México—, la herida sigue abierta, y es palpable en cada rincón de las pocas casas que quedan en pie. En las costas cercanas, en otros municipios, como Sánchez Magallanes, en Cárdenas, el mismo drama se repite, el oleaje, que es más fuerte con los temporales, y alcanza carreteras y patios, amenaza también las viviendas; es el cambio climático que acecha, y avanza silencioso aquí, y en todo el mundo.
Se vive con nostalgia
Imagínate un amanecer cualquiera de los años ochenta, cuando las primeras familias, desplazadas del vecino estado de Veracruz, llegaron a este rincón junto a las bocas del Grijalva y el Usumacinta. El mar era una línea azul lejana, había mucha tierra, y esto era un paraíso; los niños corrían por playas amplias, las redes se tendían bajo palmeras, la iglesia y la escuela se alzaban sobre suelo firme. Había risas, olor a sal y pescado fresco, el rumor constante de las olas se escuchaba a lo lejos.
Pero el cambio llegó sigiloso. Al principio fueron centímetros, luego metros.
De 2019 en adelante, el ritmo se volvió voraz: 40 metros de erosión en pocos meses, 50 más en el siguiente año y medio, hasta casi 90 metros en menos de dos años en algunos tramos. Casi 5 metros por mes. El oleaje socavaba los cimientos como si la tierra fuera azúcar. Las casas de madera y block se inclinaban, crujían y caían al agua, y con ello, el patrimonio de familias.
Avanza la erosión, y el mar se come ‘El Bosque’, y con él, un pedazo de historia, de raíces, de identidad de un pueblo.
Es un recordatorio vivo y doloroso, de que el mar ya no espera y reclama lo que considera suyo. Y nosotros, testigos lejanos, solo podemos mirar, conmovernos y ojalá, actuar antes de que otras comunidades sigan el mismo ‘destino y salado’.
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