Columna: El Rincón del Chef

Por: José Ángel ViGo

“¿Cómo se come el Viacrucis?”: comer con fe, historia y simbolismo en la Semana Santa

Durante la “Semana Santa”, particularmente en el Viacrucis, la alimentación adquiere un significado que trasciende lo biológico; deja de tratarse únicamente de nutrir el cuerpo; toma el protagonismo al participar en una tradición que articula fe, memoria histórica y cultura. En este periodo, la cocina mexicana revela una de sus facetas más profundas: aquella donde el acto de comer se convierte en símbolo.

El sentido religioso de la alimentación en el Viacrucis.

El Viacrucis rememora el camino de Jesucristo hacia la crucifixión, un recorrido cargado de dolor, sacrificio y reflexión. En este contexto, las prácticas alimentarias como el ayuno y la abstinencia, especialmente de carnes rojas, no son arbitrarias, son actos simbólicos que buscan acompañar espiritualmente dicho proceso.

Desde una perspectiva cultural, estas restricciones no empobrecen la alimentación; por el contrario, estimulan la creatividad culinaria. La cocina de vigilia se construye a partir de la adaptación: sustituir, reinterpretar y resignificar ingredientes y técnicas para mantener el equilibrio entre la tradición religiosa y el placer gastronómico.

Ingredientes protagonistas de la temporada.

La ausencia de carne roja da paso a una diversidad de ingredientes que adquieren protagonismo. Pescados y mariscos se convierten en la base proteica principal, mientras que legumbres como lentejas, garbanzos y habas aportan valor nutricional y versatilidad culinaria. A esto se suman verduras de temporada y el uso de endulzantes tradicionales como el piloncillo.
En regiones como el sureste mexicano, estos ingredientes dialogan con el entorno local. En Tabasco, por ejemplo, es común encontrar preparaciones que incorporan plátano macho o yuca en platillos de vigilia, evidenciando cómo la tradición se adapta a la biodiversidad regional. Así, la gastronomía del Viacrucis no es homogénea, sino profundamente contextual.

Platillos emblemáticos del Viacrucis y Semana Santa.

La riqueza de esta temporada se manifiesta en una serie de platillos que combinan historia, simbolismo y sabor. Uno de los más representativos es la “Capirotada”, un postre cuya composición está cargada de significado: el pan ‘viejo’ representa el cuerpo desmejorado de Cristo, el jarabe de piloncillo la sangre, la canela evoca la madera de la cruz donde se le crucificó, y el queso nos recuerda la manta con la que se le cubrió en sepultura.

A su lado encontramos preparaciones como las tortitas de camarón con nopales, el pescado seco guisado o las empanadas de vigilia. También destacan los dulces de frutas en almíbar, que aportan un contrapunto sensorial en medio de la sobriedad simbólica de la temporada.

Cada uno de estos platillos funciona como un relato culinario: no solo alimenta, igual comunica valores, creencias y formas de entender el mundo.

La dimensión cultural y comunitaria.

Más allá de la cocina, el Viacrucis es también un fenómeno social. En muchas comunidades, la preparación de alimentos es una actividad colectiva que fortalece la cohesión social. Familias y vecinos se reúnen para cocinar, compartir y transmitir recetas que han pasado de generación en generación.
En este sentido, la gastronomía se integra a la escenificación del Viacrucis, formando parte de una experiencia más amplia donde lo religioso, lo cultural y lo cotidiano convergen; cocinar y comer se vuelven actos comunitarios que reafirman la identidad.

En la actualidad, surge una pregunta pertinente: ¿se mantiene el sentido original de estas prácticas o han sido desplazadas por una lógica más gastronómica y turística?, la respuesta no es absoluta, ya que por un lado, el turismo religioso ha impulsado el consumo de estos platillos; por otro, muchas comunidades continúan preservando su significado simbólico.

Esta dualidad abre una oportunidad: revalorar la cocina tradicional no solo como patrimonio gastronómico, sino como un vehículo de memoria y reflexión.

La gastronomía del Viacrucis invita a detenernos, a cuestionar y a reconectar con el origen de nuestras prácticas alimentarias.

En cada platillo de vigilia se alimenta más que el cuerpo, se le da de comer a la memoria colectiva; comer durante estos días es, en cierta forma, recorrer un viacrucis cultural donde la fe, el sabor y la historia se entrelazan en cada bocado; por todo eso y más les deseo buenos días, buenas tardes, buenas noches y buen provecho.

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