Mientras el calor sigue agobiando a Villahermosa y las nuevas generaciones descubren sabores que parecían destinados al recuerdo, la paletería y nevería permanece abierta después de 76 años, donde una paleta de coco aún puede contener el sabor de la infancia.
Claudia Palma / Villahermosa
Antes de la llegada de las plazas comerciales, de las franquicias y de los sabores industrializados, en Villahermosa ya existía un sitio donde las familias combatían el calor tabasqueño con una paleta de coco o un helado artesanal. Han pasado casi 76 años desde entonces y, contra las adversidades económicas, las inundaciones y el paso del tiempo, la Nevería y Paletería La Polar sigue resistiendo.
Al cruzar sus puertas, el visitante no solo encuentra paletas y helados; también se topa con una parte de la memoria colectiva de Tabasco.
“Es una tradición muy arraigada, forma parte de la historia de Tabasco, porque quedan muy pocos negocios con esta antigüedad”, afirma con orgullo y nostalgia Luz del Alba Tosca Durán, una de las actuales responsables del negocio familiar.
HISTORIA
La historia comenzó en 1949, cuando su tía Anita Tosca y su esposo, Salomón Tapia, decidieron fundar la primera paletería del estado. Él había trabajado en el ramo en Michoacán y trasladó la experiencia a tierras tabasqueñas.
“Aquí en la entrada hay fotos donde está la inauguración de la paletería”, dice Luz del Alba, quien recuerda que en aquellos años, unos 15 carritos recorrían las calles vendiendo paletas.
El destino de La Polar cambió cuando la salud de su tía Anita comenzó a deteriorarse. Entonces “le dijo a mi papá Sebastián Tosca que se quedara con el negocio”. Él era muy conocido, porque elaboraba helados de manera artesanal y los vendía desde un carrito ambulante cuya parada habitual era la Plazuela del Águila. “Muchísima gente lo conoció con el mote de Pimpollo”, cuenta su hija.
Durante décadas, La Polar se mantuvo como punto de encuentro para generaciones de tabasqueños. En el año 2000 la familia construyó el edificio que hoy es referencia para miles de clientes. Para entonces ya ofrecían, paletas, helados, aguas y además, flanes, budines y pastelitos.
“Cuando la inundación tuvimos que cerrar. Aunque no entró agua al local, estuvimos rodeados de agua. Se cerró casi por una semana, perdimos producto, pero logramos reanudar el negocio”, relata.
PRODUCTO ARTESANAL
“Cuando vinieron las plazas fue otro momento difícil, porque la gente joven por la novedad se iba a las plazas”, recuerda.
Sin embargo, asegura que la calidad y la elaboración artesanal han sido su mejor defensa.
“Ellos manejan otro tipo de producto y el de nosotros es totalmente artesanal; son frutas, leche bronca, agua natural lo que manejamos”.
La recompensa llega cada vez que un cliente cruza la puerta acompañado de sus hijos o de sus nietos.
“Hay personas que nos dicen: ‘Mis papás me traían aquí, y ahora yo traigo a mis hijos porque me acostumbré al sabor’”. Esas historias son las que mantienen vivo el ánimo de continuar.
Luz del Alba admite que en más de una ocasión han pensado en cerrar. Hoy únicamente ella y su hermana María Elena permanecen al frente del negocio; dos de sus hermanos ya fallecieron.
“Nos invade la nostalgia de pensar que nuestros padres hicieron esto para subsistir y tener un patrimonio. Entonces decimos: no, vamos a tratar de seguir adelante, y por eso estamos aquí todavía”.
SABOR INIGUALABLE
Quizá ningún sabor representa mejor esa resistencia que el coco, emblema indiscutible de La Polar. “Nosotros trabajamos el coco; es el sabor principal de aquí, porque lo hacemos en paleta, helado y agua”. Y es que, la receta permanece prácticamente intacta. Para el agua utilizan coco tierno natural; para las paletas y los helados emplean coco seco, cuya leche mezclan con leche bronca, manteniendo la tradición artesanal que los distingue.
Junto al coco, la guanábana encabeza las preferencias de los clientes. También sobreviven sabores que trasladan a la infancia de muchas generaciones: zapote, arroz con leche, vainilla, leche quemada y fresa. En los helados también hay nuez, choco chip, ciruela pasa y fresa con zarzamora.
Pero más allá de los sabores, lo que desea conservar es una imagen que permanece intacta en su memoria. “Mis papás salían alrededor de las cinco, seis o siete de la tarde y ponían sus sillas a orillas de la banqueta. Ahí se sentaban ellos y todos los clientes que venían los saludaban, o se quedaban a comerse con ellos la paleta o el helado”.
Aquellas tardes sencillas, de conversación y cercanía, parecen resumir la esencia de La Polar: un negocio donde los clientes no eran solo compradores, sino parte de una gran familia.
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