Por: José Ángel ViGo

Existió un tiempo en que la cocina era uno de los espacios más concurridos del hogar. Desde temprano comenzaban a escucharse los sonidos de los cuchillos sobre la tabla, el hervor de una olla, el aceite chisporroteando con los primeros ingredientes y, de vez en cuando, aquella pregunta inevitable: «¿Ya está la comida?».
Cocinar era parte de la rutina, pero también constituía una forma genuina de convivencia
Sin embargo, basta observar nuestras costumbres para notar que algo ha cambiado. Hoy vivimos con prisa; el trabajo, la escuela, los constantes traslados y las múltiples responsabilidades han convertido el tiempo en uno de nuestros bienes más preciados. Cuando llega la hora de comer, la solución suele parecer sencilla: pedir algo a domicilio, comprarlo preparado o recurrir a un alimento que solo requiera unos minutos para estar listo.
La duda surge entonces casi sin querer: ¿estamos perdiendo el gusto por cocinar?
La comodidad también transformó nuestra mesa. No sería justo culpar únicamente a la tecnología, a las aplicaciones de entrega o a los platillos precocinados; todos ellos han aportado soluciones prácticas a una sociedad con ritmos de vida muy diferentes y acelerados en comparación con los de generaciones anteriores.
El problema comienza cuando la practicidad deja de ser una herramienta ocasional y se convierte en nuestra única alternativa.
Cocinar exige tiempo, pero también atención. Implica elegir los ingredientes, conocerlos, aprender técnicas, equivocarse, corregir y volver a intentar. Incluso preparar algo tan sencillo como unos frijoles puede convertirse en una valiosa lección de paciencia.
Ahí radica una de las razones por las que la cocina sigue siendo fundamental: no solo alimentamos el cuerpo; también construimos conocimientos, recuerdos y vínculos.
Una receta nunca es una simple lista de ingredientes y cantidades. Frecuentemente es una crónica familiar escrita con aromas y sabores.
La receta que no estaba en ningún libro
Si preguntamos a nuestros padres o abuelos cómo aprendieron a preparar determinados platillos, es probable que encontremos una respuesta curiosa: muchos jamás utilizaron un recetario escrito; aprendieron observando.
Una cucharada al tanteo, un puñado, esperar hasta que tenga este color, cuando huela así o cuando la masa ya no se pegue son expresiones que pueden parecer poco precisas desde una perspectiva técnica, pero que representan una forma de saber transmitida de generación en generación.
En los fogones tradicionales, buena parte del aprendizaje ocurría simplemente mirando las manos de alguien más.
Por eso, cuando dejamos de cocinar, corremos el riesgo de romper una cadena de transmisión. No desaparece solo una preparación; se desvanece la manera de elaborarla, el significado que guardaba y la historia que la acompañaba.
Cocinar es también aprender a esperar. Vivimos rodeados de inmediatez, exigiendo mensajes instantáneos, respuestas veloces y alimentos listos en minutos. La cocina, en cambio, mantiene una relación distinta con el tiempo: algunos ingredientes necesitan reposo, otros demandan horas de cocción, una masa requiere fermentar, un caldo pide paciencia y una salsa debe reducirse lentamente para concentrar sus sabores.
Este arte nos recuerda algo que nuestra cotidianidad parece empeñada en olvidar: no todo puede resolverse de prisa, y esa pausa también posee un valor formativo.
Cuando un joven aprende a cocinar, no solo adquiere una habilidad útil para su subsistencia; se adentra en la higiene, la organización, las matemáticas, la química, la nutrición, la cultura y la responsabilidad. Comprende que una decisión tomada al principio puede transformar radicalmente el resultado final.
Cocinar es, en cierta medida, aprender haciendo. Sin embargo, no se trata de volver al pasado ni de renegar de las comodidades actuales. No hay nada reprochable en pedir cena tras una jornada agotadora, comprar un platillo hecho o emplear utensilios que optimicen el tiempo; la gastronomía también evoluciona.
El verdadero desafío consiste en no permitir que la comodidad nos haga olvidar que somos capaces de crear nuestros propios alimentos.
Quizá no necesitemos cocinar todos los días ni elaborar platos complejos; a veces basta con preparar unos huevos, una sopa, unas tortillas, una ensalada o aquel guiso aprendido de alguien querido.
Porque al cocinar ocurre un fenómeno singular: dejamos de ser simples consumidores para transformarnos nuevamente en partícipes activos de nuestra propia alimentación.
‘Que la cocina vuelva a tener historias’
Tal vez la interrogante de fondo no debería ser únicamente si estamos dejando de cocinar, sino qué estamos dejando de vivir cuando dejamos de hacerlo.
Alrededor de una mesa han tenido lugar conversaciones trascendentales, reconciliaciones, celebraciones, despedidas y encuentros que permanecen grabados en la memoria. Muchas veces no recordamos con exactitud cada palabra dicha, pero sí conservamos el aroma de aquella comida. La cocina puede ser un espacio reducido, pero sus recuerdos abarcan toda una vida.
Por eso, si todavía conservamos alguna receta familiar, aprendámosla; si alguien en casa domina un platillo especial, observemos su método, preguntemos por los ingredientes, por los trucos y, sobre todo, por la historia detrás de esa preparación. Quizá el día que volvamos a encender la estufa no estemos únicamente preparando los alimentos, sino avivando una parte entrañable de nuestra propia memoria.
Les deseo buenos días, buenas tardes, buenas noches y muy buen provecho.
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