El último eco: La voz de Manuelito y el olvido del ayapaneco

A pesar de las adversidades económicas, la suspensión de becas escolares y el desinterés generalizado, el entrevistado mantiene las puertas de su hogar abiertas para invitar a las nuevas generaciones a rescatar y aprender la tradicional ‘voz verdadera’.

JT Victorino Zurita / Villahermosa

Tras una hora de camino entre pueblos y rancherías por la antigua carretera a Comalcalco, llegamos a nuestro destino. El equipo de Novedades de Tabasco se adentró en Ayapa, un rincón del municipio de Jalpa de Méndez donde el tiempo parece detenerse entre solares húmedos y la sombra de antiguos árboles.

Frente a la puerta de la iglesia dedicada a San Miguel Arcángel, preguntamos por el último bastión de una lengua que agoniza. Las señas fueron claras, amables y certeras. Nos condujeron hasta la casa de Manuelito, el hombre que hoy sostiene sobre sus hombros el frágil puente hacia un idioma que se desvanece en el silencio.

Nos abre las puertas de su hogar con sencillez. El aire caluroso del día pega fuerte mientras nos acomodamos para charla, no sin antes detenernos a apreciar el gran altar al fondo de la enorme casa.

—Buenos días, Manuelito. Danos tu nombre completo, por favor.

—Mi nombre es José Manuel Segovia Velázquez, el hablante de la lengua ayapaneco aquí en la comunidad —responde con una serenidad que impone respeto.

—¿Hay alguna parte donde se transmita a las nuevas generaciones, sobre todo a los niños?

—Pues el único lugar donde he tratado de impartir clases ha sido aquí, en este espacio, en esta comunidad, y ya de último, en mi casa. Actualmente enseño a algunos niños, pero no son muchos.

—¿De cuántos estamos hablando, Manuelito?

—Estamos hablando de cuatro niños. Vienen cada sábado a recibir las clases. Prácticamente lo hago de forma particular, sin apoyo de ninguna institución. Lamentablemente, he visto que las instancias oficiales no generan programas reales para el rescate. No sé si no les interesa o no lo ven conveniente, pero una cosa me ha quedado muy clara: rescatar el ayapaneco para las autoridades no es importante.

—Por parte del gobierno federal o alguna otra autoridad, ¿nadie se acerca?

—De ninguna institución he recibido apoyo real. Hace tiempo se propuso un esquema para impartir clases, pero lo digo tal cual: preferí renunciar a ese programa porque querían condicionarme, pretendían manejarme al ritmo y bajo las condiciones de su burocracia, con cosas poco claras. Yo nunca me he prestado a lo que no veo transparente, por eso decidí no continuar.

El silencio del patio es profundo. El aire huele a humo de fogón y a madera añeja.

—Manuelito, aquí en el pueblo, ¿hay más personas que lo hablen?

—No, ya no. Las dos personas que quedaban ya fallecieron. El último de ellos, don Isidro, murió hace dos años.

—Se dijo mucho en reportajes nacionales sobre dos abuelos que lo hablaban pero que, supuestamente, no se llevaban bien. ¿Qué hay de cierto en eso?

—Falso. Eso fue una invención, la creatividad de un periodista que luego se dio por cierta y se anduvo publicando. Nunca sucedió tal cosa. Es un mito. Por eso es bueno venir a recoger la opinión de quienes sabemos la verdad. Mi papá, don Manuel Segovia Jiménez, y el señor Isidro Velázquez trabajaban juntos; y después de que murió mi papá, yo continué trabajando con don Isidro. Hicimos juntos material que se dio a conocer.

—¿Existe algún diccionario o registro, Manuel?

—Todo está en bases de datos resguardadas, pero no se ha publicado debido a enfoques lucrativos. Nuestro temor es que, al salir el material, sea utilizado con otros fines. Incluso, el presidente municipal, antes de iniciar su administración, me prometió apoyo; ya estando en el poder se hizo un evento aquí en la comunidad y reiteró la promesa para que yo pudiera dar clases, pero tampoco cumplió. Cuando le reclamé, me salió con que ya sabía que yo estaba recibiendo recursos por otro lado, lo cual era totalmente falso. Me dijo que ya no podía hacer nada, que ya no estaba en sus manos.

—Manuelito, ¿entonces impartes las clases aquí en tu hogar?

—Así es. Antes daba clases en la preparatoria del lugar, pero el programa se vino abajo cuando suspendieron las becas que se les otorgaban a los alumnos para acceder a estas actividades. Al retirarse el estímulo, si querían continuar debían pagar una cuota normal, y como que el interés comenzó a apagarse.

—Así de plano, ¿no ves interés?

—No, pues prácticamente, como le repito, a las autoridades no les importa el rescate de la lengua. No les importa si desaparece o no.

La conversación transcurre entre pausas reflexivas, la mamá de nuestro entrevistado, observa. Es inevitable mirar el entorno y pensar en este patrimonio que se apaga.

—¿De dónde viene el zoque ayapaneco?

—Esta es una variante lingüística perteneciente a la familia mixe-zoque, que migró desde la zona de Veracruz hasta afincarse aquí, en estas tierras de Tabasco.

—En su momento, investigadores llegaron a realizar entrevistas y registros. ¿Dónde quedó todo ese acervo?

—Las investigaciones que se hicieron, según el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI), derivarían en la publicación de un diccionario. Toda esa investigación quedó en manos de ellos, pero nunca se supo qué hicieron con ella.

—¿Hablamos de fechas recientes?

—Sí, fue entre 2010 y 2015, cuando se entregó toda esa información.

Antes de despedirnos, los ojos de Manuelito se iluminan con una chispa de esperanza cuando se dirige a las nuevas generaciones.

—¿Qué mensaje mandas a quienes quieran aprender?

—Invito a todos los niños y niñas de la comunidad para que vengan a aprender la lengua ayapaneco. Las puertas de mi casa están abiertas para quien quiera escuchar la verdadera voz de nuestros abuelos.

Nos marchamos de Ayapa con el eco de sus palabras resonando en la memoria, con la certeza de haber presenciado no solo una entrevista, sino el acto de resistencia más digno: un hombre que, en la quietud de su casa, con su mamá, su perrita y una cotorra, se empeña en ganarle la batalla al olvido.

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