Mochileando por Tabasco
Iván Solís / Villahermosa
Muy lejos de los recorridos convencionales, la geografía de Tabasco resguarda un prodigio geológico que parece extraído de una fábula de ciencia ficción. En las inmediaciones de Teapa, justo donde la planicie costera empieza a quebrarse contra las estribaciones de la Sierra de Chiapas, la naturaleza guardó durante milenios un secreto compuesto por millones de esferas perfectas: la Gruta de las Canicas.
A diferencia de otras cavidades del sureste mexicano, afamadas por vestigios arqueológicos o vestigios mineros, la verdadera riqueza de esta caverna es de carácter puramente mineral. Aquí no hay oro ni jade; en su lugar, la oscuridad alberga una alfombra abrumadora de pisolitas o «perlas de caverna», formaciones de calcita del tamaño exacto de una canica común que tapizan el suelo de punta a punta.
Entrar en esta gruta de desarrollo horizontal es internarse en un sistema abovedado de salones espaciosos y galerías serpenteantes. A apenas doscientos metros de la entrada, la caverna se bifurca. Al tomar el ramal principal y encender las lámparas de exploración, el destello revela un escenario insólito: un mar en penumbra donde el suelo desaparece bajo miles de perlas de piedra.
La génesis de este fenómeno es tan minuciosa como deslumbrante. Cada pisolita nace a partir de un microscópico núcleo —a menudo un simple grano de arena— sobre el cual el goteo constante y el bamboleo del agua van depositando finísimas capas concéntricas de calcita. El impacto perpetuo de las gotas mantiene las esferas en constante rotación, impidiendo que se adfieran al lecho rocoso y moldeando su forma perfecta. La mayoría oscila entre 1 y 1.5 centímetros de diámetro, aunque existen ejemplares extraordinarios de hasta 7 centímetros.
Avanzar por sus galerías provoca una sensación acústica singular. Al dar cada paso, el manto mineral ruge con un crujido metálico y seco, similar al de pisar grava gruesa, sostenido por la extrema solidez de la calcita. La ruta continúa por estrechas ‘gateras’ que se abren de pronto hacia salones monumentales de más de 25 metros de largo por cinco de alto, flanqueados por majestuosas columnas, estalactitas colgantes y paredes masivamente concrecionadas. Un laberinto subterráneo que, tras recorrer varias cámaras abovedadas y pasadizos de roca, devuelve al aventurero a la luz de la selva.
Un testimonio vivo de cómo la paciencia del agua y el tiempo pueden esculpir maravillas monumentales en la más absoluta penumbra.
Novedades de Tabasco El diario mas fuerte de Tabasco



