La doctora Leny Beatriz Ble Acosta advierte que comunidades digitales extremistas, la narcocultura y la normalización de agresiones pueden influir en procesos entre jóvenes.
Alberto Tejero / Villahermosa
El pasado 1 de octubre, un estudiante de la Universidad Autónoma de Guadalajara alertó, a través de sus redes sociales y mensajes de texto, sobre un posible tiroteo en el campus del centro educativo. El incidente se suma al ataque contra docentes y alumnos registrado recientemente en una escuela secundaria de Coahuila, hechos que han encendido las alarmas entre padres de familia y la población en general.
Casos como el tiroteo ocurrido en el Colegio Americano del Noreste, en Monterrey, en 2017, y el reciente ataque en la Escuela Secundaria General número 13 del ejido La Unión, en Coahuila, presuntamente perpetrado por dos hermanos gemelos y exalumnos del plantel, evidencian la preocupación por este tipo de violencia. De acuerdo con los antecedentes difundidos sobre este último caso, los agresores tenían como referentes a personas que habían cometido tiroteos escolares en el extranjero.
El crecimiento de comunidades incel, la glorificación de responsables de tiroteos escolares en Estados Unidos, la normalización de la violencia en México y la incorporación de elementos de la narcocultura al imaginario social son señalados como algunos de los factores que pueden favorecer la reproducción de este tipo de actos violentos.
CONDUCTAS
Leny Beatriz Ble Acosta, doctora en Derechos Humanos por la Universidad de Guadalajara y profesora de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, explicó que existen diversos factores sociales que contribuyen a la propagación de estas conductas.
La especialista señaló que los jóvenes son más susceptibles a procesos de radicalización debido a que se encuentran en una etapa de autoconocimiento y pueden ser vulnerables a interiorizar ideologías extremistas. A ello se suma la falta de regulación sobre el contenido que consumen en redes sociales y, en algunos casos, el desconocimiento para discernir entre contenidos dañinos y aquellos que no representan un riesgo.
“Entonces, en el caso de México, choca con una realidad donde la violencia ya forma parte del imaginario de cada persona. O sea, estamos habituados a ver violencia y quien nos diga lo contrario está mintiendo. Donde la narcocultura, si bien en nuestro estado de Tabasco no es tan común, hay estados del norte del país donde es parte del día a día”, explicó.
La especialista destacó que la narcocultura se ha incorporado al imaginario juvenil y, en algunos casos, es percibida como parte de la identidad. Las series relacionadas con el narcotráfico pueden presentar la vida delictiva como algo aspiracional. A ello se suma el constante bombardeo de violencia en diversos medios de comunicación, donde accidentes, asesinatos y hechos con alto contenido gráfico pueden terminar normalizándose.
La familia, como principal espacio de formación, y la escuela, como institución encargada de reforzar normas sociales, son dos de los ámbitos que Ble Acosta señala como fundamentales para orientar a los jóvenes. Ambos espacios transmiten normas y valores; sin embargo, cuando existen problemas de comunicación entre ellos, se dificulta una adecuada integración de los menores a la sociedad.
En un contexto de hiperconectividad, las redes sociales también influyen en las creencias de los jóvenes y se han convertido en plataformas donde se difunden contenidos relacionados con la cultura de la violencia. En estos espacios es común la reproducción de situaciones en las que se atenta contra la integridad de las personas.
La doctora señaló que se ha producido un efecto de imitación, fenómeno que tomó fuerza después del tiroteo ocurrido en la Escuela Secundaria de Columbine, en Estados Unidos, en 1999. A partir de ese hecho se registraron casos de estudiantes que idolatraban a los perpetradores y que posteriormente replicaron acciones violentas en sus centros educativos.
Subrayó que muchos jóvenes enfrentan una profunda crisis de expectativas respecto a su futuro; pueden sentir que no tienen nada que perder o presentar una baja autoestima, lo que puede traducirse en una necesidad de llamar la atención, hacerse visibles y obtener validación. La falta de atención en los núcleos familiares y en el entorno social puede favorecer la búsqueda de aceptación dentro de ideologías extremistas.
Los discursos de odio difundidos en comunidades digitales pueden contribuir a la radicalización de algunos jóvenes debido a dos factores importantes, explicó la especialista. El primero es la externalización de la culpa, mediante la cual se atribuyen las dificultades personales exclusivamente a condiciones externas y se responsabiliza a otras personas de los problemas propios. Esto puede reflejarse en expresiones de odio hacia las mujeres, a quienes algunos integrantes de estas comunidades culpan por no considerarlos como posibles intereses amorosos.
El segundo elemento es la idolatría de los agresores. En estos espacios se deja de lado el comportamiento violento de los responsables y, por el contrario, se les presenta como mártires o personas que no fueron comprendidas. De esta manera, se construye una mitología alrededor de ellos y, cuando un joven busca reconocimiento, puede llegar a considerar la posibilidad de replicar sus acciones.
Ble Acosta consideró que las escuelas mexicanas aún enfrentan retos para prevenir este tipo de incidentes, debido a que suelen concentrarse en la disciplina y en el cumplimiento de los reglamentos, sin prestar la misma atención a aspectos como la regulación emocional.
De igual manera, consideró primordial que las familias cumplan su función de acompañamiento y permanezcan atentas a los contenidos que consumen los jóvenes, así como a los cambios en su comportamiento y a las comunidades digitales con las que interactúan.
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