Por: José Ángel ViGo

El sabor del más allá: los días en que la memoria se sirve a la mesa
En nuestro México lindo y querido, la muerte también tiene aroma a copal, sabor a chocolate humeante y el vibrante matiz del cempasúchil. Cuando octubre comienza a despedirse, nuestras cocinas se transforman en sagrados santuarios de la memoria: las ollas evocan recetas ancestrales, el pan desfila recién horneado y la mesa se dispone para recibir, desde el cálido recuerdo, a quienes jamás se han ido del todo.
Octubre: el preludio de las almas
El Día de Muertos no se limita al 1 y 2 de noviembre. En diversas regiones del país, las conmemoraciones inician desde finales de octubre siguiendo calendarios populares donde cada fecha abre un umbral para el reencuentro. Y si existe un lenguaje universal capaz de atravesar generaciones —y al mismísimo Mictlán— para abrazar a quienes partieron, es el de la cocina. El perfume de un guiso que anuncia la presencia de la abuela o la taza de chocolate que abrigó tantas noches familiares no son solo alimento: son estampas del alma.
27 de octubre: El banquete de los compañeros de vida. La tradición popular dedica este día a las mascotas fallecidas. En sus pequeños altares se disponen fotografías, agua y sus bocados favoritos. Recordar a esos seres silenciosos es reconocer que el hogar también se construye con la huella imborrable que dejaron en nuestra cotidianidad.
28 de octubre: Sabores para las despedidas intempestivas. Fecha dedicada a recordar a las almas que partieron de forma trágica o repentina. Un vaso de agua para mitigar el cansancio del viaje y un bocado sencillo expresan hospitalidad, confirmando que en nuestra historia aún conservan su lugar.
29 y 30 de octubre: Una mesa para las ánimas solas. Días reservados para las benditas ánimas olvidadas. Una ofrenda con frutos de temporada, pan y agua trasciende la abundancia para convertirse en un acto de pura solidaridad culinaria: en una cultura donde dar de comer es amar, nadie debe quedar fuera de la memoria colectiva.
31 de octubre y 1 de noviembre: La dulzura de los “angelitos”. La festividad de Todos los Santos se consagra a las almas infantiles. Dulces artísticos, frutas frescas, panes miniaturescos y golosinas visten el altar con ternura, evocando infancias luminosas que dejaron una ausencia imposible de medir.
2 de noviembre: El gran festín de los Fieles Difuntos. La fecha cúspide convoca el gran banquete. Moles aromáticos, tamales y guisos de antaño ocupan el sitio de honor. En Tabasco, esta comunión con el pasado cobra vida a través de los tamales de masa colada, de chipilín o de pejelagarto, escoltados por el cacao transformado en chocolate caliente: un mestizaje perfecto entre nuestra herencia precolombina y la tradición panadera.
El altar también se cocina
Cada elemento en la ofrenda narra una historia. El cempasúchil traza el camino; la luz de las velas guía el paso; el agua ofrece descanso y los platillos rinden tributo a las pasiones de quienes nos precedieron. Para erigir un altar no hace falta opulencia: basta una fotografía, fruta de la época y ese guiso entrañable con sazón de hogar. Invitar a los más jóvenes a deshojar el cempasúchil y moler las especias es la mejor manera de transmitir nuestro patrimonio culinario.
Porque recordar también es volver a probar. En estas fechas, una olla al fuego nos devuelve a la infancia, el aroma del pan evoca una voz querida y una taza de chocolate reúne, en un mismo abrazo, a los que están y a los que han vuelto. Cocinar en Día de Muertos es honrar con las manos, recordar con los sabores y compartir desde el corazón. Mientras una receta se siga preparando, nuestra historia permanecerá viva.
¡Buenos días, buenas tardes, buenas noches y muy buen provecho!
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