LA INDIFERENCIA TAMBIÉN MATA

Por Silvestre López Portillo V.

SALÓN DE BELLEZA

Dir. Nathalia Acevedo

Hubo un tiempo en que aquel salón de belleza estaba lleno de vida. Hoy está deteriorado, oscuro y casi abandonado, pero sigue recibiendo personas que llegan a pasar sus últimos días. Así toma forma Salón de belleza, ópera prima de Nathalia Acevedo basada en la novela de Mario Bellatin, publicada en 1994. Sus habitantes son personas enfermas, en una historia que evoca el VIH/sida (y al COVID); rechazados por una sociedad que prefiere ignorarlos. Al frente está “el Individuo”, un cuidador solitario que los alimenta casi como cuida a los peces de sus acuarios. Sin precisar fecha, parece ocurrir tanto en los noventa como hoy, y esa atemporalidad vuelve su mirada sobre la enfermedad, el abandono y la soledad tan vigente como incómoda.

El Individuo los alimenta, protege y acompaña, aunque desconocemos sus verdaderos motivos. No es precisamente un héroe, tiene sus reglas muy estrictas y hace lo que puede con lo poco o casi nada que tiene. Acevedo construye una película dura y triste, de gran fuerza visual y su mayor acierto es cuestionar si ¿Cuidar significa necesariamente querer? O cuando ya no podemos salvar a alguien, ¿somos capaces, al menos, de permanecer a su lado?

LA CAZADORA

Dir. Suzanne Andrews

La ópera prima de Suzanne Andrews Correa se estrenó mundialmente en Sundance. La historia parte de un hecho real. En 2013, en Ciudad Juárez, dos conductores de autobús fueron asesinados y después apareció una carta firmada por “Diana, la cazadora de choferes”, quien justificaba los crímenes como respuesta a las agresiones sexuales que sufrían las trabajadoras de las maquiladoras. Su identidad nunca se ha establecido públicamente

El personaje central es Luz, aunque vive rodeada de oscuridad. Tiene una hija de 14 años y quiere defender a otras mujeres y proteger a su hija. El retrato de la directora es de una madre asustada cuyas decisiones pueden poner en riesgo a quien más quiere cuya actuación transmite cansancio, rabia y miedo sin necesidad de explicarlo todo. 

La cinta descansa en Adriana Paz. Su trabajo es físico y contenido, y transmite miedo, cansancio y determinación con la mirada, sin subrayar nada ni pedir compasión. Nunca la vemos como heroína, sino como una mujer rota que sigue de pie. Es una actuación que se queda y que justifica por sí sola ver la película en pantalla grande.

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