Por. José Ángel ViGo
“Los sabores que también regresan del más allá”
Cuando noviembre enciende sus velas,
la memoria comienza a cocinar;
un aroma atraviesa las puertas
y hay nombres que vuelven a la mesa familiar.
No hacen falta palabras ni relojes,
basta el perfume del maíz y del copal;
porque hay amores que siguen teniendo
un lugar servido en nuestro hogar.
Una mesa tendida para la memoria: Hay fechas en las que la cocina guarda un secreto.
El aroma del chocolate o del pan recién horneado nos conduce hacia personas y momentos entrañables. En México, el “Día de Muertos” convierte esos recuerdos en una celebración donde los alimentos ocupan un sitio especial.
La UNESCO reconoce las fiestas indígenas dedicadas a los muertos como “Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad”; en ellas, el retorno temporal de los seres queridos se acompaña con flores, velas y ofrendas; entre estas, los platillos que disfrutaban en vida tienen un papel entrañable. La celebración reúne prácticas indígenas y elementos coloniales, recreados de manera distinta por cada comunidad.
El alimento como ofrenda: Una ofrenda no es únicamente un conjunto de objetos sobre una mesa. Es un gesto de hospitalidad y una forma simbólica de diálogo con quienes ya no están. Para el “Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas”, ofrendar es acercarnos a nuestros muertos mediante el recuerdo. Pan, sal, frutas, agua y azúcar forman parte de ese lenguaje afectivo.
Por eso se preparan guisos significativos para la persona recordada, el mole de las reuniones, los tamales de la abuela o el dulce esperado cada temporada; no existe un menú obligatorio, las costumbres cambian entre regiones y familias. Lo importante es que cada alimento tenga una razón para estar en la ofrenda.
El “INAH” documenta la antigua costumbre de llevar comida a los difuntos y la posterior instalación de altares en los hogares. Hoy se colocan platillos, frutas, agua y pan de muerto, según las tradiciones locales.
Aromas que guían, sabores que cuentan: En el altar, cada ingrediente parece narrar algo; el agua ofrece alivio, las frutas evocan la generosidad de la tierra y el pan transforma un alimento cotidiano en símbolo festivo. Cempasúchil, veladoras y copal completan un ambiente cargado de significados, distintos en cada comunidad.
La “UNESCO” relaciona estas celebraciones con el cierre del ciclo anual del maíz, cultivo fundamental para la alimentación y la vida comunitaria de nuestro país. La memoria de los difuntos se enlaza así con la tierra, las cosechas y quienes producen nuestros alimentos, como quien dice ‘De la tierra somos y a la tierra vamos’.
La herencia que permanece en la cocina: En Tabasco, las maneras de recordar también se expresan mediante preparaciones transmitidas entre generaciones. Cada familia conserva sus sabores y formas de disponer la ofrenda; en esa diversidad reside nuestro patrimonio alimentario, heredamos recetas, relatos, técnicas y afectos.
Al repetir una receta familiar, volvemos a escuchar una voz, reconocer unas manos y compartir la mesa de otros tiempos; la cocina se convierte en un archivo vivo: la memoria se mezcla, se cuece y se sirve.
Que nunca falte un lugar en la mesa: Al mirar una ofrenda, detengámonos frente a sus alimentos, pensemos quién preparó aquel platillo y qué historia acompaña cada aroma. Recordar también es agradecer las enseñanzas, las sobremesas y las recetas que aún compartimos.
Hay ausencias que duelen, pero también sabores capaces de acercarnos a quienes extrañamos; mientras una familia conserve una receta, encienda una vela y prepare con cariño el alimento de sus seres queridos, habrá memoria servida en la mesa.
Que este “01 de noviembre” los aromas nos conduzcan a los recuerdos, que los sabores nos reúnan con nuestra historia y que nunca falte un lugar para quienes siguen viviendo en nuestro corazón.
Buenos días, buenas tardes, buenas noches y buen provecho; que en esta mesa donde la memoria se sirve con amor, nunca falten los sabores de quienes nos enseñaron a vivir.
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