Columna: El Rincón del chef

Por: José Ángel ViGo

Cuando el alma se sienta a la mesa

“La gastronomía como metáfora de la salud mental”

Existen mesas donde no solo se sirve comida, sino también consuelo: un plato caliente que espera al hijo que retorna al hogar, el café que acompaña una conversación difícil pero necesaria, o el pan recién horneado que sirve de preludio para eliminar las penas al remojarlo en un café de olla caliente, hecho por una abuelita cariñosa y deseosa de brindar alivio. Comer, aunque a veces lo olvidemos por la prisa, no es únicamente un acto biológico; es también un acto emocional, simbólico y profundamente humano.

Alimentar el cuerpo nunca ha bastado del todo. La gastronomía ha sabido, desde sus primeras manifestaciones, que no se trata solo de comer por comer; por eso, cada cultura ha sazonado sus recetas con memoria, afecto y pertenencia. Una sopa puede ser infancia; un tamal, identidad; una taza de chocolate, refugio. Detrás de cada bocado hay un lenguaje silencioso que le habla a la mente antes que al estómago.

La psicología y la cocina: ambas comparten más de lo que imaginamos. Las dos buscan el equilibrio, exploran lo invisible y entienden que aquello que parece pequeño —una palabra, un aroma, una textura— puede cambiar por completo una experiencia.

A propósito del Día del Psicólogo (20 de mayo), vale la pena reconocer a quienes ayudan a ordenar los ingredientes internos cuando la vida parece una receta descompuesta. Porque, así como un chef conoce la importancia de corregir un platillo antes de servirlo, un psicólogo ayuda a ajustar aquello que en nuestro interior necesita atención para que la existencia recobre su sentido.

El tabú sobre la psicología: sin embargo, persiste un viejo prejuicio que deberíamos desterrar con la misma decisión con la que retiramos un ingrediente echado a perder. Aún se escucha decir: «ir al psicólogo es para locos» o «si voy, algo debe estar mal conmigo». Y no; acudir a terapia es, quizá, uno de los actos más lúcidos de autocuidado que existen.

Nadie cuestiona al comensal que visita a un nutriólogo para mejorar su alimentación, ni nadie se burla de quien acude al médico para revisar su presión arterial. Entonces, ¿por qué habría vergüenza en atender la salud mental? El alma también requiere diagnóstico, descanso y tratamiento. La mente, como cualquier cocina bien cuidada, necesita limpieza constante, organización y mantenimiento.

Ignorar los errores no es una opción: en gastronomía sabemos que pasar por alto una pequeña falla puede arruinar todo el servicio; un horno desajustado, una mala conservación o una distracción mínima pueden comprometer el resultado final. Lo mismo ocurre con nuestras emociones: «lo que se calla demasiado tiempo suele fermentar en silencio». Quizá ha llegado el momento de cambiar la conversación y comprender que pedir ayuda no es señal de debilidad ni de dependencia, sino una forma inteligente de preservar nuestra propia receta de vida.

La cocina como alegoría: sanar también es cocinarse de nuevo; es desmontar viejas preparaciones, revisar lo aprendido, rescatar lo útil y atreverse a probar otros fuegos, otras cocinas y otras técnicas. Si alguna vez la vida le sabe amarga, recuerde que siempre existe alguien dispuesto a ayudarle a reencontrar el sazón perdido.

Al final, cuidar la mente también es un acto de buena cocina: se hace con paciencia, atención, amor y respeto por uno mismo. Que nunca falte alimento para el cuerpo ni ternura para la conciencia, porque entre ambos se prepara el banquete más importante: el de vivir plenamente.

Les deseo una excelente semana. Buenos días, buenas tardes, buenas noches y ¡buen provecho! Que su mesa siempre alimente el cuerpo, y que su paz interior nunca deje de servirse caliente en el lugar que mejor les parezca.

Acerca de NOVEDADES

Te puede interesar

Claudia Sheinbaum pone en marcha en Tabasco entrega de Beca Rita Cetina en primarias

Gobierno del Pueblo también invierte en la juventud con entrega de tablets y apoyo a …