El último refugio

El Bioparque Saraguatos, en Ixtacomitán, es un lugar vital para los primates y especies nativas; ante las olas de calor, sus guardianes implementan bebederos y medidas de protección y Junto al colectivo Permea, promueven una agroecología que salva la selva.

Texto y fotos:

Joel Rubio / Villahermosa

A solo 20 minutos del bullicio del centro de Villahermosa, el tiempo parece detenerse. Novedades de Tabasco se internó en la espesura del UMA Bioparque Saraguatos, en la comunidad de Ixtacomitán, municipio de Centro. Allí, el verde intenso de la vegetación esconde una batalla silenciosa por la supervivencia. Recorrimos el terreno con la guía de don Bernardo Mendoza Llergo y María Dolores Mendoza Ochoa, los guardianes que hoy sostienen la vida de más de 25 monos saraguatos y decenas de especies que han encontrado en este rincón su último bastión.

Entre guardarrayas y el sol inclemente

Bajo el implacable sol de mayo, y con las alertas de Profepa y Semarnat resonando por las temperaturas extremas, el camino nos llevó a las brechas guardarraya. Son líneas de 3 a 4 metros de ancho que el equipo del bioparque tuvo que reconstruir tras un incendio voraz que consumió 17 hectáreas y arrebató la vida de varios primates.

“La tierra está enferma por tanto daño que le ha hecho el humano; por eso debemos darle más cuidado a los animales y a la flora”, reflexiona don Bernardo, mientras mide con la mirada la firmeza de la línea cortafuego, esa barrera que separa la vida de la tragedia.

Más adelante, el paisaje se transforma en una red de supervivencia: bebederos estratégicamente instalados en las copas de los árboles y a nivel de suelo. Están diseñados para que saraguatos, coyotes, zorros, tepezcuintles, armadillos, boas y tigrillos tengan un respiro ante la canícula. “Si no les acercamos el agua, ellos no bajan. Y si lo hacen, corren un peligro inminente”, explica María Dolores mientras rellena un contenedor y supervisa las cámaras trampa, esos ojos electrónicos que vigilan el movimiento constante de la fauna.

Un vestigio de historia natural

La UMA, constituida en 2018, es un santuario de 16 hectáreas. Nueve de ellas resguardan selva media inundable, un vestigio del ecosistema de canacoite que hoy agoniza en el estado; una especie que para 2016 apenas sumaba 500 hectáreas en todo Tabasco. Entre guanacastes y brotes que desafían el calor, el bioparque se ha convertido en el hogar y refugio monitoreado de monos araña y saraguatos.

El objetivo de este esfuerzo es claro: evitar una nueva mortandad ante la ola de calor. Un megajagüey, recientemente cavado, garantiza el suministro de agua, mientras los recorridos guiados buscan que más tabasqueños conecten con la urgencia de conservar lo que aún queda de nuestra selva.

Una escuela que enseña a sembrar sin destruir

Desde hace cuatro años, el colectivo ‘Permea Diseño Holístico y Transición’ ha tejido una alianza estratégica con la UMA para impulsar la educación ambiental popular.

Las agroecólogas Angélica Paz Valdez y Ana de los Santos apuestan por sistemas agroforestales sucesionales, inspirados en la sabiduría de la propia selva. “Sembramos comida en un proceso de agroselva. Mientras crecen los árboles, cultivamos algunos alimentos; cuando la selva avanza y reclama su espacio, migramos la siembra a otro sitio”, detalla Paz Valdez.
Estas “escuelitas vivas” funcionan como un laboratorio a cielo abierto, donde niños, niñas y jóvenes aprenden que sembrar y conservar no son actividades opuestas, sino dos caras de la misma moneda.

Memoria maya

La filosofía es clara: nada de químicos, solo respeto profundo por el ciclo natural. “Buscamos recuperar la memoria del territorio. Esta técnica es una práctica de raíz maya: las grandes selvas nacieron de esta colaboración milenaria entre la vida y las poblaciones”, señala de los Santos.

Lo que aquí se cosecha trasciende el consumo humano. “Algunos frutos llegan a nuestra mesa, pero otros alimentan a las aves, los grisones y las tucanitas. Muchos de los árboles que plantamos están pensados para que, en un futuro cercano, sean el sustento principal de los monos saraguatos, el corazón de esta reserva”.

En el Bioparque Saraguatos, el trabajo no cesa. Con este modelo, Permea y la UMA demuestran que es posible producir alimento sin derribar la selva, apostando por una coexistencia donde el ser humano deja de ser un invasor para convertirse en el custodio de la biodiversidad.

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