Por: José Ángel ViGo

El sonido del sabor, cuando la música sirve de maridaje en la mesa
Existen melodías que saben a café tostado recién hecho; otras poseen el aroma de una carne asada en domingo, llevan el picante de unos tacos de madrugada o la elegancia silenciosa de una copa de vino en una noche estrellada. Aunque pocas veces lo pensamos, la música también se degusta; no con cubiertos ni con las manos, sino con la memoria, las emociones y los sentidos a flor de piel.
La gastronomía y la música: un lenguaje compartido
Ambas han compartido mesa desde tiempos inmemoriales; las dos son expresiones culturales y lenguajes universales capaces de despertar recuerdos, provocar emociones y construir identidad. Comer no es únicamente satisfacer el hambre, es vivir una experiencia; y, en dicho proceso, el sonido desempeña un papel mucho más relevante de lo que imaginamos.
La ciencia de la neurogastronomía
La ciencia ha estudiado este fenómeno durante años. Diversas investigaciones en neurogastronomía han demostrado que la música puede modificar nuestra percepción del sabor: los sonidos agudos suelen asociarse con lo dulce, mientras que los graves se vinculan a matices amargos o intensos. Incluso, la velocidad de una canción puede dictar nuestro ritmo al comer, y el volumen es capaz de alterar la percepción de la sal y el azúcar en ciertos alimentos.
El maridaje natural de los géneros
No es casualidad que ciertos estilos musicales tengan una afinidad natural con determinados platillos:
Jazz: Evoca cenas elegantes, vino tinto y cortes finos. Hay algo en el saxofón que combina con la lentitud de una conversación y el humo delicado de una cocina sofisticada.
Regional mexicano: Nos sabe a tierra, a fuego y a familia. Un mariachi nos transporta de inmediato a un plato de mole, pozole o birria; mientras que una marimba tabasqueña acompaña, casi por instinto, el aroma de un pejelagarto asado o una taza de chocolate caliente en una tarde lluviosa.
Salsa y son cubano: Tienen sabor a fritura, limón y calle. Invitan al movimiento y a compartir platos servidos al centro de la mesa, entre risas prolongadas.
Música clásica: Se relaciona con la alta cocina debido a la sensación de precisión, armonía y sofisticación.
Rock: Tiene su propio menú emocional: hamburguesas, cervezas heladas y noches interminables entre amigos.
Bolero: Sabe, inequívocamente, a nostalgia; al gusto de una cena lenta, de pan dulce con café o de una receta heredada por generaciones.
Comer es también escuchar el entorno
Cada cultura ha construido sus propios vínculos entre comida y sonido. Mientras en Japón el silencio respetuoso es parte esencial de la experiencia, en los mercados latinoamericanos el bullicio, la música y las voces son ingredientes invisibles del sabor.
Por ello, los restaurantes diseñan cuidadosamente sus playlists: no solo buscan ambientar, sino influir en la experiencia del comensal. Algunos utilizan música francesa para potenciar la venta de vinos o melodías relajantes para prolongar la estancia; al final, la música convierte una comida ordinaria en un recuerdo imborrable.
El maridaje del alma
Existe algo profundamente humano en este vínculo. Todos tenemos una canción que nos sabe a infancia, esa melodía que nos devuelve a una cocina específica o a una persona querida. A veces, lo que más extrañamos no es el platillo en sí, sino la música que sonaba mientras lo compartíamos.
Ahí radica el verdadero maridaje: en la capacidad de ambas artes para alimentar el alma. Porque, mientras la comida nutre el cuerpo, la música sazona la memoria. Juntas crean momentos capaces de permanecer en nosotros para siempre. Después de todo, hay cenas que terminan cuando se vacía el plato, y otras que continúan sonando mucho tiempo después.
Por ello, un domingo más, les deseo: buenos días, buenas tardes, buenas noches y ¡buen provecho!
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