Por: José Ángel ViGo

Bienvenido sea el Mundial: lo que el mundo come mientras rueda el balón
Cada cuatro años, el mundo se divide entre colores, banderas e himnos; las calles se vacían durante noventa minutos, los corazones se vuelven uno mismo y aprenden a latir al ritmo de un balón. Las mesas, curiosamente, se vuelven tan importantes como la cancha, porque el Mundial no solamente se mira: también se come.
Unidad humana: Existe algo profundamente humano en reunirnos frente a una pantalla con un plato al centro. El futbol tiene esa extraña capacidad de convocar a personas distintas alrededor de una misma emoción, y la gastronomía hace exactamente lo mismo. Quizá por eso ambas disciplinas se entienden tan bien: las dos despiertan memoria, identidad, pasión y pertenencia.
Mientras un delantero corre hacia el área rival, en algún lugar alguien sirve otra ronda de botanas; mientras cae un gol en el minuto noventa, una familia completa grita con la boca todavía llena de tacos o alitas. La justa mundialista tiene sabor, y cada país lo condimenta distinto.
En México: En nuestra casa, que por cierto este año comparte dicho evento como anfitrión con Canadá y Estados Unidos, el futbol suele acompañarse de mesas abundantes. Hay quienes consideran casi obligatorio preparar guacamole, nachos, chicharrones preparados, tacos o carne asada para mirar un partido importante. El encuentro deportivo deja de ser únicamente un espectáculo y se convierte en un ritual social; nadie quiere ver el juego solo, así como pocos desean comer sin compañía. La comida termina funcionando como un segundo lenguaje emocional durante el partido.
En otras partes del mundo: En Argentina, donde se sabe que viven el futbol a flor de piel, el asado toma protagonismo como símbolo de reunión y pasión colectiva. En Alemania, caracterizados por su firmeza en la cancha, las salchichas y la cerveza forman parte inseparable de la experiencia futbolera. En Brasil, dueños del joga bonito, los sabores intensos y festivos parecen reflejar el estilo alegre con el que históricamente han entendido el futbol; las caipiriñas y el churrasco no pão (sándwich con carne y chimichurri) desfilan de forma similar a sus carros alegóricos en el reconocido Carnaval. Italia transforma las reuniones mundialistas en largas sobremesas con pizza, pasta y vino; mientras que en países asiáticos como Japón, la organización y precisión culinaria también aparecen en la manera en que se consume el alimento durante los eventos deportivos, con sus arroces y pastas regionales.
El estadio como un escaparate gastronómico: Los grandes eventos deportivos son vitrinas culturales donde la comida habla tanto como los jugadores; basta observar un Mundial para descubrir que los aficionados no solamente llevan camisetas típicas: también cargan recetas, tradiciones y formas de compartir la mesa.
Qatar, sede de la Copa Mundial de 2022, mostró al planeta una gastronomía profundamente marcada por las especias, el arroz, el cordero y las preparaciones árabes tradicionales. Millones de turistas no solo viajaron para ver futbol, también lo hicieron para probar sabores nuevos, conocer mercados, experimentar técnicas culinarias y descubrir ingredientes desconocidos. En ese sentido, esta fiesta futbolera funciona igualmente como un enorme festival gastronómico internacional.
La comida posee algo que el deporte comprende perfectamente: la identidad. Un platillo puede representar a un país de la misma manera que una bandera o un himno nacional. Por eso, durante las competencias internacionales, la gastronomía cobra todavía más fuerza, porque cada bocado parece decir: “esto somos”.
Quizá lo más interesante no ocurre dentro de los estadios; se siente que esa esencia familiar y armoniosa se disfruta más en casa. Ahí donde una abuela sirve café antes del partido matutino, donde alguien corre a la cocina durante el medio tiempo para recalentar las empanadas, o donde un grupo de amigos discute una jugada polémica mientras comparte la última rebanada de pizza. El verdadero banquete mundialista suele ocurrir lejos de la cancha.
Otros sabores surgen de la convivencia misma: hay recetas que aparecen solamente durante los mundiales, bebidas que saben distinto cuando juega la selección, y botanas que parecen tener poderes supersticiosos porque “la última vez que las comimos ganamos”. El futbol transforma hábitos alimenticios y convierte la cocina en parte de la narrativa emocional del torneo.
Tal vez por eso recordamos ciertos partidos acompañados de sabores específicos; no siempre memorizamos el marcador final, pero sí recordamos el olor de la carne asándose, el sonido del aceite al freír botanas o la mesa llena de familiares celebrando un gol, porque la gastronomía tiene la capacidad de conservar emociones a través de los sentidos.
Al fin de cuentas, el Mundial no solo enfrenta selecciones, sino que reúne culturas alrededor de la mesa. Nos recuerda que comer juntos sigue siendo uno de los actos más poderosos para convivir, celebrar y sentirnos parte de algo más grande. Quizá por eso el futbol y la gastronomía se parecen tanto: ambos son lenguajes universales capaces de unir personas sin necesidad de traducción.
Y mientras el balón siga rodando, siempre habrá una cocina encendida esperando el siguiente silbatazo, porque algunos partidos se ganan en la cancha y otros se disfrutan mejor desde la mesa. Les deseo un domingo más; buenas tardes y buen provecho, y por esta ocasión, ¡buen inicio de Mundial!
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