Por: Emilio de Ygartua M.

Banco Mundial recorta el crecimiento global al 2.5%
El Banco Mundial ha rebajado su previsión de crecimiento mundial al 2.5%, desde el 2.9% estimado en enero, en un contexto marcado por la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán. La tensión geopolítica ha disparado los precios del petróleo y añadido presión sobre una economía global ya debilitada, que avanza al ritmo más lento desde la pandemia de COVID-19.
Las economías emergentes aparecen como las más expuestas a este deterioro, por su mayor sensibilidad a los costes de financiación, a la factura energética y a la volatilidad de los flujos de capital. El aumento de los precios de la energía también amenaza con reavivar presiones inflacionarias y complicar la recuperación en mercados con menor margen fiscal.
En este escenario, la política monetaria global podría verse forzada a mantener un equilibrio incómodo entre contener la inflación y evitar un freno adicional al crecimiento. Los bancos centrales de las principales economías probablemente actuarán con cautela ante una combinación de menor actividad, riesgos energéticos y una mayor incertidumbre externa.
El diagnóstico del Banco Mundial: una revisión a la baja
El Banco Mundial ha publicado su última revisión de perspectivas económicas globales, en la que recorta la previsión de crecimiento del Producto Interior Bruto mundial para 2026 hasta el 2.5%, frente al 2.9% que anticipaba en su anterior informe de enero. Se trata del ritmo de expansión más bajo registrado desde el año 2020, cuando la pandemia de COVID-19 provocó una contracción histórica de la actividad económica planetaria.
La institución con sede en Washington señala como detonante principal la persistencia del conflicto armado entre Estados Unidos e Irán, que no muestra señales claras de resolución y que ha generado una espiral de incertidumbre geopolítica con ramificaciones directas sobre los mercados energéticos globales. A diferencia de otros episodios de tensión en Oriente Medio, la duración e intensidad de este enfrentamiento ha traspasado el umbral de lo coyuntural para convertirse en un riesgo estructural para la economía mundial.
El informe advierte que, de prolongarse las hostilidades o escalar hacia nuevos frentes, el escenario podría deteriorarse aún más, con proyecciones de crecimiento que podrían situarse por debajo del 2% en el horizonte de 2027.
El canal de transmisión: del conflicto al precio del petróleo
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha perturbado los flujos de energía global de forma significativa. Irán es uno de los principales productores de hidrocarburos del mundo y su posición estratégica en el Estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo comerciado globalmente— convierte cualquier escalada bélica en un evento de alto impacto para los mercados energéticos.
Interrupción de suministro iraní. Las sanciones reforzadas y los ataques a infraestructura energética han reducido drásticamente la capacidad de exportación de crudo de Irán, sustrayendo millones de barriles diarios del mercado internacional en un contexto de demanda sostenida.
Riesgo en el Estrecho de Ormuz. La amenaza de bloqueo o restricción del paso marítimo más estratégico del mundo para el transporte de petróleo ha provocado primas de riesgo geopolítico significativas en los contratos de futuros sobre crudo Brent y WTI, elevando los precios por encima de los fundamentos de oferta y demanda.
Respuesta insuficiente de la OPEP+. A pesar de los intentos de Arabia Saudita y otros miembros de la OPEP+ por incrementar la producción para compensar el déficit iraní, el aumento de oferta ha resultado insuficiente para contener la presión alcista sobre los precios, que se han mantenido en niveles elevados durante meses consecutivos.
Impacto en los precios de los hidrocarburos. Desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos e Irán, los precios internacionales del crudo han experimentado una escalada sostenida que ha sorprendido incluso a los analistas más pesimistas. El barril de petróleo Brent —referencia para los mercados europeos y asiáticos— ha superado con holgura los niveles previos al conflicto, generando un choque energético de primera magnitud.
Este encarecimiento del crudo no es un fenómeno aislado. Se ha trasladado con rapidez a los precios del gas natural, del gasóleo de calefacción y de los combustibles industriales, amplificando su efecto sobre el conjunto de la economía mundial. La prima de riesgo geopolítico incorporada en los precios energéticos refleja la incertidumbre de los operadores sobre la duración e intensidad del conflicto, así como sobre la posibilidad de que terceros actores regionales se vean implicados.
Los países importadores netos de energía —que representan la mayoría de las economías avanzadas y emergentes— han visto deteriorarse sus términos de intercambio de forma sustancial, comprometiendo sus balances externos y presionando al alza sus tasas de inflación interna.
Crudo Brent. Precios significativamente por encima de los niveles previos al conflicto, con volatilidad diaria elevada asociada a noticias geopolíticas
Gas natural. Precios al alza en Europa y Asia, con mercados spot bajo fuerte presión ante la reducción de suministros alternativos
Combustibles derivados. Diésel, queroseno y combustible industrial han registrado alzas que se trasladan al coste de transporte y manufactura global
La espiral inflacionaria: del barril a la cesta de la compra
El encarecimiento de los hidrocarburos no se limita a encarecer la factura energética de hogares y empresas. Su efecto de segunda ronda se propaga a través de múltiples canales hacia el conjunto de la estructura de precios de la economía mundial.
Costes de transporte. El alza del combustible encarece el flete marítimo, terrestre y aéreo, elevando el precio final de bienes comerciados internacionalmente
Insumos agrícolas e industriales. Fertilizantes, plásticos y materias primas derivadas del petróleo se encarecen, presionando los costes de producción de alimentos y manufacturas
Inflación al consumidor. El IPC de múltiples naciones repunta, erosionando el poder adquisitivo de los hogares y complicando la gestión de la política monetaria de los bancos centrales
El Banco Mundial advierte que esta dinámica inflacionaria es especialmente dañina para las economías de ingreso bajo y medio, donde el gasto en energía y alimentos representa una fracción mucho mayor del ingreso disponible de los hogares. En estos países, el deterioro del poder adquisitivo real puede traducirse en retrocesos significativos en indicadores de bienestar social y pobreza.
Economías desarrolladas vs. emergentes: impactos diferenciados
Economías avanzadas. Las economías del G7 y de la zona euro enfrentan el choque energético desde una posición de mayor capacidad de respuesta fiscal y monetaria, aunque no están exentas de sus efectos. La inflación persistente obliga a los bancos centrales —Reserva Federal, BCE— a mantener tipos de interés elevados durante más tiempo del deseable, lo que frena la inversión, encarece el crédito y ralentiza el crecimiento. El consumo privado, que había sido el principal motor de la recuperación post-pandemia, se resiente ante la erosión del poder adquisitivo real de los hogares.
Adicionalmente, el mayor coste energético deteriora la competitividad de sectores industriales intensivos en energía —química, acero, aluminio, cerámica— que se ven obligados a reducir producción o trasladar actividad a jurisdicciones con menores costes.
Economías emergentes y en desarrollo. Para las economías importadoras de energía en el mundo en desarrollo —gran parte de Asia, África Subsahariana y América Latina— el choque es considerablemente más severo. La combinación de tipos de interés globales elevados (que encarecen su deuda denominada en dólares) con el aumento de la factura energética genera una presión de balanza de pagos de difícil gestión.
Muchos de estos países carecen de los colchones fiscales y las reservas de divisas necesarios para absorber el choque sin recurrir a ajustes abruptos del gasto público o de los tipos de cambio, lo que agrava el deterioro social interno. El Banco Mundial alerta sobre el riesgo de que varios países de ingreso bajo entren en situación de angustia de deuda.
El conflicto EU-Irán: un riesgo geopolítico sin resolución a la vista
A diferencia de otros episodios de tensión en Oriente Medio que encontraron vías de desescalada relativamente rápidas, el conflicto entre Estados Unidos e Irán presenta características estructurales que dificultan una salida negociada en el corto plazo. El Banco Mundial, en su informe, no asume un escenario de paz inminente, y sus proyecciones incorporan la persistencia de las hostilidades como variable base.
Dimensión nuclear. Las negociaciones sobre el programa nuclear iraní se encuentran en punto muerto, con Irán que ha avanzado significativamente en su capacidad de enriquecimiento de uranio y Estados Unidos que ha endurecido su postura diplomática, haciendo inviable un retorno al acuerdo JCPOA en sus términos originales.
Implicación de actores regionales. El conflicto ha atraído a otros actores regionales —milicias afines a Irán en Iraq, Yemen y Líbano— que complican cualquier negociación bilateral, transformando lo que podría ser una disputa manejable en un conflicto de geometría variable y difícil contención.
Ausencia de mediación efectiva. Los intentos de mediación por parte de potencias como China, Qatar y Turquía no han producido resultados concretos. La falta de un canal diplomático creíble y la desconfianza acumulada entre las partes reducen las probabilidades de un acuerdo de alto el fuego duradero en el horizonte temporal relevante para las proyecciones económicas.
Comparativa histórica: crecimiento global en perspectiva
Para comprender la magnitud del deterioro que documenta el Banco Mundial, es útil situar la cifra del 2.5% en su contexto histórico. La economía mundial creció a una tasa media del 3.5% durante la década previa a la pandemia (2010-2019), con años de expansión vigorosa que superaron el 4%. La caída al 2.5% representa, por tanto, una desaceleración de significado económico profundo, no una mera corrección técnica de las cifras.
Solo en dos ocasiones recientes el crecimiento mundial ha sido inferior a este umbral sin que mediara una recesión global declarada: en 2016, cuando la desaceleración china y la caída de los precios de las materias primas presionaron a la baja las perspectivas, y en 2019, en plena guerra comercial entre Estados Unidos y China. En ambos casos, la economía logró recuperar impulso en los trimestres siguientes. La pregunta clave es si el actual escenario geopolítico permitirá una recuperación similar.
Implicaciones para la política económica global. El escenario dibujado por el Banco Mundial coloca a los responsables de política económica en una posición de excepcional dificultad. El clásico dilema entre combatir la inflación y sostener el crecimiento se agudiza cuando el choque inflacionario es de origen externo y geopolítico —es decir, cuando ninguna medida de política monetaria doméstica puede resolver la causa raíz del problema.
Bancos centrales en encrucijada. Subir tipos frena la inflación pero deprime aún más el crecimiento. Bajarlos apoyaría la actividad pero arriesga desanclar expectativas inflacionarias en un contexto de energía cara. El consenso apunta a mantener tipos restrictivos más tiempo, sacrificando crecimiento a corto plazo.
Política fiscal bajo presión. Los gobiernos enfrentan la tentación de subsidiar energía para aliviar el impacto sobre ciudadanos y empresas, pero a costa de deteriorar sus cuentas públicas en un contexto de deuda ya elevada. El Banco Mundial recomienda focalizar los apoyos en los segmentos más vulnerables y evitar subsidios generalizados que distorsionen señales de precio.
Aceleración de la transición energética. El encarecimiento estructural del petróleo refuerza el argumento económico —no solo climático— para acelerar la transición hacia fuentes renovables. Aquellos países que avancen más rápido en esta dirección reducirán su vulnerabilidad ante futuros choques geopolíticos sobre los mercados de hidrocarburos.
Conclusiones y escenarios hacia adelante
Síntesis del diagnóstico. El informe del Banco Mundial de junio de 2026 constituye una señal de alarma de primer orden para la comunidad económica internacional. La revisión a la baja del crecimiento global hasta el 2.5% no es el resultado de debilidades internas del ciclo económico, sino de un choque exógeno —el conflicto armado entre Estados Unidos e Irán— que ha perturbado los mercados energéticos globales de forma sostenida y cuya resolución no es previsible a corto plazo.
La cadena causal es clara: guerra → alza del petróleo → inflación global → desaceleración del crecimiento. Cada eslabón de esta cadena se retroalimenta con los demás, creando un ciclo de difícil ruptura sin una solución política al conflicto subyacente. Las economías más vulnerables —importadoras de energía, con poco margen fiscal y deuda en divisas— son las que sufrirán las consecuencias más severas.
Escenarios de riesgo
Escenario base (más probable) Persistencia del conflicto sin escalada mayor. Crecimiento global en torno al 2.5%, con inflación moderadamente elevada y política monetaria restrictiva prolongada.
Escenario adverso. Escalada del conflicto con cierre parcial del Estrecho de Ormuz. Crudo por encima de niveles críticos, recesión técnica en varias economías avanzadas y crisis de deuda en emergentes.
Escenario positivo. Acuerdo de alto el fuego y reanudación de exportaciones iraníes. Caída rápida de los precios energéticos y recuperación del crecimiento hacia el 3% en 2027.
El Banco Mundial advierte que el riesgo está sesgado a la baja: los escenarios negativos son más probables que los positivos en ausencia de una solución diplomática al conflicto EU-Irán.
“Dímelo a mí”: Juan Villoro
Vale mucho la pena comentar y visualizar el texto de Juan Villoro publicado en El País el día en que la selección mexicana saltó a la cancha del mítico Estadio Azteca, inaugurado el 8 de mayo de 1966 y que, en seis décadas, ha sido sede de tres mundiales: 1970, 1986 y 2026. Un estadio que vio jugar a Pelé y a Maradona, y que fue testigo de un épico partido en la semifinal de 1970 entre Italia y Alemania, que ganó el primero por 4 a 3, con el capitán teutón con un brazo en un cabestrillo.
El día en que el Estadio Azteca volvió a respirar como si tuviera pulmones de ciudad y memoria de continente, México encontró un modo de decirse a sí mismo que el fútbol todavía puede rozar lo extraordinario. La Selección Mexicana no solo inauguró el Mundial con una victoria: abrió una grieta luminosa en la historia, una de esas jornadas que quedan suspendidas entre la multitud y el mito, entre el rumor de la tribuna y el temblor de los nombres grandes.
En ese escenario que ha visto elevarse y caer generaciones, el Azteca escribió su tercer capítulo mundialista con la gravedad de los templos y la electricidad de los mercados. Ningún estadio llega tres veces a una cita semejante sin convertirse en una forma de relato. Y Villoro —cronista de la ironía, del asombro y de las pequeñas épicas nacionales— sabe escuchar lo que el ruido del fútbol oculta: la ansiedad de un país que se reconoce, por un instante, en la valentía de once jugadores y en el estremecimiento de un gol.
La victoria ante Sudáfrica fue, además, algo más que una apertura favorable. Fue la primera vez que México ganó un partido inaugural en una Copa del Mundo, un gesto que altera la costumbre de la espera y corrige una vieja asignatura de la historia. Dos goles, que pudieron ser cuatro, bastaron para convertir la noche en promesa. Pero el verdadero prodigio estuvo en la manera en que el equipo se adueñó del momento, como si por fin entendiera que jugar en casa no significa solo defender una costumbre, sino atreverse a inaugurar otra.
El texto de Villoro acompaña esa hazaña con su pulso habitual: una mezcla de lucidez y fervor, de observación precisa y respiración literaria. No escribe desde la euforia simple, sino desde la conciencia de que el fútbol es una forma de país en movimiento. Por eso la crónica no describe únicamente un resultado; registra una atmósfera, una herencia, una multitud que celebra mientras intuye que está presenciando algo más duradero que un triunfo: el instante en que la historia, por fin, se deja narrar con orgullo.
El Coloso de Santa Ursula: Sesenta Años de Historia
Hay estadios que son simplemente canchas techadas. Y hay estadios que son personajes. El Estadio Azteca, inaugurado en 1966, pertenece sin discusión a la segunda categoría. No es solo una estructura de concreto y acero en el sur de la Ciudad de México: es un monumento viviente, un testigo irrepetible de la historia del fútbol mundial.
Ningún otro estadio en el planeta puede presumir de haber albergado tres Copas del Mundo: 1970, 1986 y ahora 2026. Es un récord que parece invariable, casi sobrenatural. En 1970 coronó a Brasil y a Pelé. En 1986 vio nacer la mano de Dios y el gol del siglo de Diego Armando Maradona. Y en 2026, con sesenta años de historia a cuestas, vuelve a abrir sus puertas al ritual más grande del deporte planetario.
1966. Inauguración del Estadio Azteca. Una obra faraónica que desde el primer día intimidó a propios y extraños.
1970. Brasil campeón. Pelé, Jairzinho y el fútbol como religión. El Azteca consagrado como catedral del balompié.
1986. Argentina campeón. Maradona en estado de gracia. El gol del siglo y la mano de Dios, todo en el mismo estadio.
2026. El tercer mundial. México anfitrión otra vez. El Azteca insiste en ser el centro del universo futbolístico.
Juan Villoro: El Escritor que Sufre y Goza
Juan Villoro es, por consenso de sus lectores y de sus pares, uno de los grandes escritores en español de las últimas décadas: un narrador de oído fino, un cronista de inteligencia fulgurante y un ensayista capaz de mirar la vida cotidiana como si en ella se jugara una verdad secreta. Doctor Honoris Causa de la Universidad Olmeca, autor de novelas, cuentos, crónicas, teatro y ensayos, Villoro ha construido una obra vasta y diversa en la que la curiosidad nunca se agota y la ironía siempre convive con la compasión.
En sus libros —de El testigo a Arrecife, de Materia dispuesta a 8.8: El miedo en el espejo, de Dios es redondo a Balón dividido— aparece una misma obsesión: entender al ser humano en sus contradicciones, en su fragilidad y en sus ritos. Sus crónicas sobre música, viajes, ciudades, política o fútbol no se limitan a registrar hechos; los convierten en experiencia literaria. Villoro sabe que una buena frase puede revelar tanto como una tesis, y que el humor, bien usado, no rebaja la seriedad de un tema: la afina.
Por eso elevó la escritura deportiva en el mundo hispano. Antes de él, el fútbol solía narrarse desde la estadística, la exaltación o la consigna. Villoro lo convirtió en una forma de pensamiento. En sus textos, un partido es también una escena social, un espejo de clase, una ceremonia colectiva, una coreografía de deseos y derrotas. Su voz mezcla ironía, ternura y análisis cultural con una naturalidad rara: puede reírse del fanático y al mismo tiempo defender su fe; puede observar la multitud con distancia y, sin embargo, reconocer en ella una emoción propia. Leerlo es descubrir que el gol también puede ser una idea, y que una tribuna puede leerse como una novela coral.
Una pasión heredada. La relación de Villoro con el fútbol tiene un origen íntimo y fundacional: su padre. Fue con él que asistió a sus primeros partidos en Ciudad Universitaria, ese estadio que no solo pertenece a la memoria deportiva de México, sino a la memoria sentimental de varias generaciones. Allí aprendió que ir a la cancha es mucho más que ver un juego: es entrar en un mundo de lealtades, gestos, silencios, cábalas y entusiasmos que se heredan como se hereda una lengua materna.
En esa experiencia con su padre se moldeó también su manera de ser hincha. El fútbol, para Villoro, no fue una afición accidental ni una moda juvenil, sino un vínculo afectivo transmitido de mano en mano, una educación emocional. A través de esa figura paterna entendió que apoyar a un equipo implica aceptar la incertidumbre, convivir con la derrota y celebrar la gloria con una gratitud casi incrédula. El fan, en esa tradición, no es un espectador neutral: es alguien que se compromete con la historia de su club como quien acompaña a un pariente en sus triunfos y ruinas.
Y entonces está el Atlante: un club de linaje popular, de mudanzas, resistencias y nostalgias, un equipo que conoce tanto la grandeza como el olvido. Su historia está hecha de campeonatos, descensos, cambios de casa y fidelidades obstinadas. Seguir al Atlante es amar a un club sin soberbia, con la conciencia de que el fútbol también se define por la adversidad. En ese sentido, ser atlantista tiene algo de destino literario: es habitar una épica modesta, un orgullo que no necesita brillo permanente para seguir vivo.
Por eso su regreso a la primera división —a la hoy llamada Liga MX— en un año mundialista adquiere para Villoro una resonancia especial. No es solo un ascenso deportivo: es una reconciliación con la memoria, una señal de que los clubes con historia siguen teniendo derecho a volver, a insistir, a desmentir el olvido. En un año en que el mundo entero mira al fútbol como espectáculo planetario, el retorno del Atlante le recuerda a Villoro algo más íntimo y más precioso: que las grandes pasiones no se explican por la lógica del éxito, sino por la persistencia del amor. Y que a veces un equipo regresa a primera división no solo para competir, sino para confirmar que la fe, como la literatura, también sabe sobrevivir.
El Día que México Ganó. El 11 de junio de 2026 será una fecha que los mexicanos contarán a sus nietos. Por primera vez en la historia de los Mundiales, la Selección Mexicana ganó su partido inaugural. Dos goles a Sudáfrica. Pudo haber sido cuatro. Pero el marcador final importa menos que el hecho inédito: México arrancó un Mundial ganando, algo que las generaciones anteriores nunca habían podido decir.
La Crónica de Villoro: «Dímelo a Mí»
El título del artículo —Dímelo a mí— es una frase que cualquier aficionado mexicano entiende de inmediato. Es la frase del que no puede creer lo que está viendo, del que necesita confirmación de que aquello es real, del que ha esperado tanto que ya desconfía de su propia emoción. Dímelo a mí, como si el corazón ya no se fiara de los propios ojos.
«El fútbol mexicano lleva décadas prometiendo
una promesa que se pospone. Hoy, en el estadio
que ha visto todo, vimos algo nuevo.»
Juan Villoro
Villoro escribe desde las entrañas del aficionado, no desde la tribuna aséptica del analista. Su crónica del partido inaugural no se limita a describir jugadas: rastrea el nervio histórico que conecta este partido con todos los anteriores, con todas las ilusiones rotas, con todos los quintos partidos en que México fue eliminado. Escribe para los que recuerdan y para los que apenas empiezan a recordar.
El Quinto Partido: La Maldición que Villoro Conoce de Memoria
Para entender lo que significa la victoria del 11 de junio, hay que entender el peso del historial. Juan Villoro lo conoce mejor que nadie y lo ha escrito mejor que nadie: México ha llegado a cinco octavos de final consecutivos en los Mundiales —el famoso «quinto partido” no ha llegado – y en todos ha caído. Es una maldición estadística que se ha convertido en identidad nacional, en chiste amargo, en herida que cicatriza mal.
El patrón histórico. Desde 1994 hasta 2018, México llegó puntualmente a los octavos de final y puntualmente fue eliminado. Cinco veces seguidas. El país entero aprendió a celebrar los pases de fase de grupos como si fueran títulos, porque sabía lo que vendría después.
La trampa del conformismo. Villoro ha señalado en múltiples artículos que el fútbol mexicano desarrolló una cultura del «ya llegamos» que confunde el objetivo con el camino. Llegar al quinto partido no es ganar el Mundial; es simplemente pagar la entrada al verdadero torneo.
2026: ¿otro capítulo o nueva historia?
Con una victoria en el partido inaugural frente a Sudáfrica, la Selección Mexicana le da a Villoro —y a millones de mexicanos— una razón para creer que este Mundial puede ser diferente. O al menos, para desear fervientemente que lo sea.
El Atlante: El Regreso del Equipo de Villoro
Un club con más historia que glorias. El Atlante es uno de los clubes más antiguos del fútbol mexicano. Fundado en 1916, ha pasado por todo: títulos de liga, descensos, cambios de sede, transformaciones de identidad. Es el tipo de equipo que sus aficionados aman precisamente porque no es fácil amarlo. Y Juan Villoro es uno de esos aficionados.
Este 2026, en un año que ya es histórico por el Mundial, el Atlante consiguió el ascenso a la Liga MX. El regreso a la primera división del club al que Villoro le debe parte de sus emociones más formativas es, para él y para los suyos, una señal del universo.
La herencia del padre. Villoro ha escrito sobre cómo su padre lo llevó a ver fútbol de pequeño. No solo al Estadio Olímpico Universitario a ver a los Pumas, sino también a la cancha del Atlante, ese equipo modesto y querido que representa una Ciudad de México popular, de barrio, sin pretensiones de grandeza pero con una dignidad propia.
En el año en que México organiza su tercer Mundial y su Selección gana el primer partido inaugural de su historia, el Atlante vuelve a primera. Para Villoro, el fútbol tiene esa virtud: la de hacer que todo parezca conectado, como si los astros se alinearan para recordarnos que la vida tiene una trama secreta.
Villoro y el Fútbol como Filosofía. Lo que distingue a Juan Villoro de cualquier otro cronista deportivo es su capacidad para hacer que un partido de fútbol sea, simultáneamente, un partido de fútbol y una reflexión sobre el tiempo, la memoria, la identidad y el fracaso. Sus artículos no envejecen porque no hablan solo de marcadores: hablan de lo que somos cuando somos aficionados.
El Narrador. Como novelista, Villoro entiende que cada partido tiene una estructura narrativa: planteamiento, conflicto, clímax, desenlace. Sus crónicas aplican esa lógica literaria al fútbol, convirtiendo noventa minutos en un relato con protagonistas, antagonistas y giros inesperados.
El Filósofo. Doctor Honoris Causa por la Universidad Olmeca, Villoro ha explorado el fútbol como fenómeno cultural y filosófico. El fútbol como espejo de la sociedad mexicana, como válvula de escape colectiva, como liturgia laica que convoca a millones sin distinción de clase o credo.
El Aficionado. Pero antes que escritor y antes que filósofo, Villoro es aficionado. Sufre los partidos. Celebra los goles. Padece las eliminaciones. Esa autenticidad emocional es lo que hace que sus lectores —también aficionados— se reconozcan en sus palabras y sientan que alguien los entiende.
Dímelo a Mí: Por Qué Este Artículo Importa
Más que una crónica deportiva. El artículo de Villoro publicado en El País el 11 de junio de 2026 no es una pieza periodística ordinaria. Es el testimonio de un hombre que ha pasado su vida entera aprendiendo a amar algo que no siempre lo ha recompensado. El fútbol mexicano ha sido generoso en promesas y parco en cumplirlas. Villoro lo sabe. Y aun así, sigue amando al futbol, sigue escribiendo, sigue esperando. Esa es la definición más honesta de un aficionado: alguien que sigue creyendo a pesar de la evidencia, o gracias a ella.
La frase que lo resume todo
«Dímelo a mí» es la frase de quien no puede creer su propia alegría. De quien ha aprendido a desconfiar de los momentos buenos porque los malos siempre llegaron después. Es la frase de México frente al fútbol: con el corazón abierto y la guardia un poco arriba, por si acaso.
Pero hoy, en el Azteca que ya conoce tres mundiales, con dos goles en el marcador y el Atlante de vuelta en primera división, Villoro nos regala lo que sus mejores artículos siempre regalan: la certeza de que el fútbol, cuando quiere, se convierte en la mejor historia que nadie inventó. Juan Villoro — prolijo, apasionado y eterno aficionado — sigue escribiendo. Y mientras lo haga, el fútbol mexicano tendrá quien lo entienda.
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