Columna: El Rincón del chef

Por: José Ángel ViGo

El sabor de una derrota

Crónica de una mesa que guardó silencio

Hay derrotas que no sólo se escuchan en el silbatazo final; algunas también se sienten en el silencio sepulcral de una sala, en una cerveza que dejó de brindar, en un plato de botanas que nadie volvió a tocar y en ese último taco que permaneció intacto, suspendido en el aire, porque, por un instante, el hambre cedió su lugar a la incertidumbre. El futbol, al igual que la gastronomía, posee la extraordinaria capacidad de reunirnos alrededor de una mesa para compartir mucho más que alimentos: emociones, esperanza y esa identidad que nos define.

Cada cuatro años, el Mundial transforma las cocinas mexicanas. Las salas se convierten en pequeñas tribunas, las parrillas se encienden desde el amanecer y taquerías, bares y restaurantes se preparan para recibir a una afición que busca acompañar el partido con un buen festín. En México, ver jugar a la selección rara vez significa sentarse solo frente al televisor; casi siempre implica convocar a la familia, a los amigos o a los vecinos para transformar un encuentro deportivo en una auténtica celebración gastronómica.

No es casualidad que el menú mundialista esté diseñado para la colectividad. Los tacos permiten el ritual de la personalización, el guacamole ocupa el centro de la mesa como un invitado indispensable, mientras que los boneless, las hamburguesas y las papas se convierten en cómplices de los noventa minutos. Son alimentos prácticos, sí, pero sobre todo sociales, nacidos para ser disfrutados en compañía.

Los sabores también sienten

Durante el partido, la comida adquiere un significado distinto. Un gol logra que el sazón parezca más intenso, mientras que una oportunidad fallada provoca que el bocado se quede a medio camino. La cocina deja de ser un simple espacio de preparación para convertirse en un escenario donde se cocinan recuerdos; allí se cuentan anécdotas de mundiales pasados, se invocan leyendas y se transmiten tradiciones de generación en generación.

Sin embargo, cuando el marcador no favorece a México, el ambiente cambia drásticamente. Aquella mesa, antes llena de risas, comienza a guardar silencio. Las botanas permanecen intactas, el guacamole deja de desaparecer con la rapidez de los primeros minutos y hasta las bebidas parecen perder el entusiasmo. Resulta curioso cómo el ánimo colectivo puede alterar, incluso, nuestra manera de disfrutar los alimentos.

El final de un ritual compartido

Cuando la selección mexicana queda fuera, la derrota no solo afecta al marcador, sino que modifica esos pequeños rituales que construimos durante varias semanas. De pronto, se desvanece el motivo para organizar la siguiente reunión; la carne asada prevista se cancela, las apuestas amistosas pierden sentido y las charlas futboleras cambian de tema. La mesa, fiel testigo de risas y nervios, regresa poco a poco a su rutina.

Aunque los restaurantes y fondas continúan con su actividad, ya no se respira la misma expectativa. Las pantallas se apagan y ese ambiente festivo queda reservado para el próximo gran torneo.

Lo que nunca queda eliminado

Quizá ahí resida la mayor enseñanza que comparten el futbol y la gastronomía: ninguno trata exclusivamente de ganar; ambos existen para reunir personas, fortalecer afectos y edificar memorias que perduran mucho después del silbatazo final. Los resultados cambian, los torneos concluyen y las generaciones de futbolistas se renuevan, pero los momentos compartidos alrededor de una mesa forman parte de nuestra historia colectiva.

Tal vez por eso, al recordar cada Mundial, no todos evocamos el mismo gol, sino el sazón de aquella salsa de la abuela, la receta especial preparada para la ocasión o la risa que escapó entre amigos mientras el balón recorría la cancha. Porque, al final, las victorias se celebran y las derrotas se superan, pero las mesas compartidas permanecen en la memoria con un sabor que el tiempo difícilmente logra borrar.

México queda fuera de la competencia, pero la verdadera afición nunca está únicamente en el estadio; habita en nuestras cocinas, comedores y taquerías, donde cada platillo es el pretexto perfecto para el encuentro. Y esa, como las mejores recetas, siempre tiene una nueva oportunidad de volver a prepararse.

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