El cerebro en la era de las respuestas rápidas

Por: Ximena Pérez Bernal

Con la llegada de la inteligencia artificial pudimos encontrar muchas ventajas: hacer una búsqueda rápida, recibir ayuda con tareas de nuestra vida cotidiana y convertirla en una herramienta importante para la eficiencia. Pero, en un mundo que se mueve tan rápido, también hemos dejado de lado una parte humana, una parte indispensable que llamamos pensamiento crítico.

Esa capacidad que nos ha impulsado durante décadas, poco a poco, se ha ido olvidando como un viejo objeto que ya no es práctico llevar. Porque es más fácil cegarnos ante una respuesta única que detenernos a cuestionarla. Pero entonces surge la pregunta: ¿quién está contestando? Ahí es donde aparece una duda todavía más importante: ¿estamos hablando de eficiencia o de dependencia?

Si retrocedemos a tiempos prepandémicos, ¿cuántas cosas podíamos hacer sin ayuda y sin prisa? ¿Cuántas veces buscábamos una respuesta por nuestra cuenta, nos equivocábamos, investigábamos y volvíamos a intentarlo? No creo que debamos ir en contra de la inteligencia artificial. Al contrario, es una herramienta sumamente útil y eficiente.

El problema aparece cuando dejamos de utilizarla como herramienta y comenzamos a utilizarla como sustituto de nuestras propias capacidades. Y no exagero al decir que el mal uso de ella puede afectar la manera en la que pensamos. Nuestro cerebro funciona, en cierta medida, bajo una lógica de ‘úsalo o piérdelo’. Las conexiones neuronales que utilizamos con frecuencia tienden a fortalecerse, mientras que aquellas que dejamos de utilizar pueden debilitarse y eliminarse mediante un proceso conocido como poda sináptica.

Es como si nuestro cerebro nos recordara que aquello que no ejercitamos pierde fuerza.

Entonces, si dejamos que la inteligencia artificial piense por nosotros, escriba por nosotros, investigue por nosotros e incluso tome decisiones por nosotros, ¿qué pasa con las capacidades que dejamos de ejercitar?

El problema no es preguntarle algo a una inteligencia artificial.

El problema es dejar de preguntárnoslo a nosotros mismos. Porque la capacidad de recibir, procesar, cuestionar y almacenar información no es simplemente una herramienta más: es parte de lo que nos ha permitido aprender, crear, resolver problemas y, finalmente, trascender como seres humanos.

Quizá la verdadera discusión sobre la inteligencia artificial no debería ser si nos hará más eficientes, sino qué estamos dispuestos a sacrificar a cambio de esa eficiencia.

Porque tal vez estamos ganando tiempo. Pero, en el proceso, podríamos estar perdiendo algo mucho más difícil de recuperar, la capacidad de dudar. entonces la pregunta es ¿Estamos ganando tiempo o perdiendo la capacidad de dudar?

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