El 12 de octubre de 1976 quedó grabado en la memoria colectiva del pueblo mexicano como un hito histórico, religioso y cultural: el solemne traslado de la sagrada imagen de la Virgen de Guadalupe desde la antigua colegiata hasta la emblemática Nueva Basílica en la Ciudad de México.
Aquella jornada, enmarcada en el Día de la Raza y ante la mirada de miles de fieles congregados en el Tepeyac, marcó el fin de una era y el inicio de una nueva etapa arquitectónica y espiritual. La Antigua Basílica, cuya estructura del siglo XVIII padecía severos daños estructurales por el undimiento del suelo del valle, ya no podía albergar con seguridad a la multitud de peregrinos que año con año abarrotaban sus naves.
Bajo un estricto protocolo de preservación y entre cánticos, oraciones y un sobrecogedor silencio de respeto, el ayate de Juan Diego fue trasladado a su nuevo recinto, concebido por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. El diseño circular del moderno templo fue ideado precisamente para responder a una necesidad pastoral fundamental: permitir que la imagen de la Guadalupana fuera visible desde cualquier ángulo del santuario.
El acontecimiento no solo representó una hazaña de ingeniería y conservación para la época, sino también una profunda manifestación de fervor popular. Al cruzar el umbral del nuevo templo, la imagen de la Tonantzin-Guadalupe reafirmó su lugar central en la identidad y el patrimonio sociocultural de México, uniendo el peso de la tradición colonial con la modernidad del siglo XX.
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