1909, año de la primera inundación funesta del siglo XX

Por: Miguel Angel Díaz Perera
mdiaz@ecosur.mx
Con la cercanía de octubre, todos los años, existe el temor de ser alcanzados por alguna creciente, una inundación que muestra síntomas en las semanas anteriores con los llamados “nortes”, frentes fríos y lluvias extraordinarias. Si bien, en antaño se convivía con las inundaciones anuales que eran en cierta manera, predecibles, hubo algunas otras que sorprendían, rebasaban cualquier predicción y fueron consideradas nefastas, de triste recuerdo.
En la historia tabasqueña resaltan varias, por ejemplo, la llamada “el diluvio de Santa Rosa” del 30 de agosto de 1782, otras evocadas por los sabios José Narciso Rovirosa o Francisco J. Santamaría fueron “el diluvio grande” de 1820, la de octubre de 1868, o la de septiembre de 1879, la de 1888, pero sin duda, la primera que tocó el siglo XX y que se consideró terrible, fue aquella de octubre de 1909.

Entonces San Juan Bautista, así llamada entonces la capital tabasqueña, presumía de algunas calles de grava de canto rodado (piedra de río); un tranvía de mulas daba servicio y apenas dos años antes se pudo ver en un salón-teatro de la calle Libertad (hoy Venustiano Carranza), un cinematógrafo. Aunque capital, era más pueblo que ciudad, donde los apellidos contaban, y las familias se reconocían a simple vista. El gobernador en aquellos años era Abraham Bandala, cuyo periodo abarcó entre 1895 y 1910, aunque tuvo importantes ausencias. Para el caso de los sucesos de octubre de 1909, lo rememoró Nicandro L. Melo en cuyo informe apuntó: “En 25 de octubre aquella crecida, no sólo del “Grijalva” sino de todos los ríos del Estado, llegó á su máximum, inundando toda la llanura tabasqueña y muchas poblaciones que resultaron más ó menos perjudicadas.”
La vida lenta de San Juan Bautista, se perturbó; el mismo gobernador Abraham Bandala el 28 de septiembre había sufrido una fractura del cuello del fémur al caer sobre el pavimento del mercado Porfirio Díaz, importante espacio público ubicado donde después, estaría el Centro Cultural Villahermosa. Por esta razón, Bandala, no pudo supervisar los acontecimientos de la inundación y lo suplió el médico teapaneco Nicandro L. Melo.
La narración que le debemos a Melo, no acabó ahí, vio cómo la “terrible inundación” tuvo impactos para la frágil economía agrícola del estado, se calculó que sólo en Frontera habían muerto ahogadas 1,649 reses con valor de $32,980.00; de la inspección que hizo en persona el 20 de octubre, espantado, reconoció “nos encontramos envueltos en una inundación tal, que el Ayuntamiénto y Jefe Político se ven en la necesidad de mandar salvar a los vecinos del barrio de Santa Cruz y los alrededores de Concepción que huían de sus hogares, justamente alarmados”; fue detallado en su narración de cómo hubo que trasladar a las familias que estaban con el agua encima, ayudándose en sus casas sobre tapescos, tablas y cayucos pequeños.
La estrategia del gobierno fue trasladarlos a las partes altas de la ciudad, entre Esquipulas y 5 de Mayo, que correspondería entre hoy las calles Ignacio Rayón y 5 de Mayo, probablemente en los umbrales de la loma que se desprende del Parque Los Pajaritos, antes conocida como la Loma de la Encarnación; se calcularon 2,953 damnificados en una ciudad que para 1910 sumó 12,327 habitantes, es decir, casi el 30% de la población estuvo en esa loma, por poco más de un mes que duró en bajar el agua.
El gobernador reconoció como principal causa a las extraordinarias las lluvias, en especial entre el 20 y 31 de octubre, con las mediciones pluviométricas siguientes: San Juan Bautista, 869.2 milímetros; Teapa, 2,046.9 milímetros; Macuspana, 647.7 milímetros; Huimanguillo, 650.2 milímetros; Nacajuca, 635.9 milímetros; Comalcalco, 768.8 milímetros y Tenosique, 741.5 milímetros. En palabras de Geney Torruco Saravia en su libro, Villahermosa nuestra ciudad, “hasta el 20 de noviembre ‘salieron las aguas’ de los terrenos inundados. Cuando las familias regresaron a sus hogares muchas los encontraron destruidos.”
Pero como suele suceder en todas las inundaciones tabasqueñas, no todo el territorio sufrir de la misma manera. El 25 de octubre, el gobernador tuvo tiempo y aunque identificó que todos los ríos habían llegado a su máximo, advirtió que los pueblos más perjudicados habían sido San Juan Bautista, Huimanguillo, Jalapa, Jalpa, Nacajuca y Tacotalpa, es decir las riberas del río Mezcalapa y afluentes subsiguientes hacia el Golfo de México. Sin duda, los ríos de la Sierra también tuvieron escurrimientos de preocupación, pero en menor medida el Usumacinta y tributarios.
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