El 27 de octubre de 2007 quedó marcado en la memoria colectiva como el inicio de la peor catástrofe climática en la historia moderna de Tabasco. A casi dos décadas de aquel suceso, las imágenes de una Villahermosa sepultada bajo el agua y el 80% del territorio estatal inundado siguen siendo el recordatorio de la vulnerabilidad de la región frente a la fuerza de la naturaleza.
Cinco días que cambiaron la historia
La combinación de los frentes fríos número 4 y 5, sumada al desvío de caudales, desató una crisis sin precedentes. En solo cinco días, la entidad recibió 1,163.7 milímetros de lluvia, lo que equivalía a casi el 46% de las precipitaciones de todo un año.
Los ríos Grijalva y Usumacinta rompieron sus niveles críticos. Para finales de octubre, el agua saltó los muros de contención y devoró las calles del centro histórico de Villahermosa, transformando avenidas en canales navegables y plantas altas en refugios improvisados.
El saldo de la tragedia
Las pérdidas materiales y el impacto social redibujaron el panorama del estado:
• Damnificados: Más de un millón de tabasqueños perdieron su patrimonio, ropa, muebles o cultivos.
• Infraestructura: Los 17 municipios sufrieron afectaciones severas, registrando daños en 123,000 viviendas, 3,400 escuelas y 127 hospitales.
• Costo económico: Las pérdidas totales estimadas por la CEPAL superaron los 30,000 millones de pesos, paralizando la economía local por meses.
El rescate y desalojo de personas se prolongó durante semanas. No fue sino hasta mediados de diciembre de 2007 cuando las bombas de extracción lograron retirar los últimos remanentes de agua de las principales zonas comerciales de la capital.
Entre la infraestructura y la deuda hídrica
A raíz de la inundación, nació el Plan Hídrico Integral de Tabasco (PHIT), un proyecto de magnas obras diseñadas para proteger el corazón de Villahermosa a través de canales de alivio, compuertas y bordos de contención.
Si bien los sistemas actuales mitigan de forma más eficiente el riesgo de repetir una catástrofe de la misma magnitud en la capital, comunidades de la zona de la Sierra y de áreas bajas señalan año con año que los desvíos de agua siguen dejándolos vulnerables ante las temporadas de frentes fríos.
A 19 años de distancia, la «Gran Inundación» ya no solo es una fecha en el calendario; es el testimonio vivo de la resiliencia de una población que aprendió a reconstruirse desde el fango y una llamada de atención permanente sobre los desafíos del cambio climático.
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