‘Es sólo un piquetito…’

El pegajoso ritmo tropical que impone el tronido de los tamborileros, avizora el ambiente de fiesta que marcará la última jornada de vacunación gratuita contra el Covid-19 en la zona rural de Nacajuca. Entre el ensamble de la flauta de carrizo, el requintito, el chojoben y el mashtoson, ‘el turrón se rompe’ entre el personal de salud y quienes aún se muestran escépticos o temerosos a la medida.

Es martes 23 de marzo y la primavera pinta de colores los paisajes; el bochorno y el calor que imperan en el llamado ‘infierno verde’ es sofocante, empapa camisas, vestidos, playeras, pero no demerita el ánimo de la población de 60 años o más, objetivo principal de la Fase 2 del Plan Nacional de Vacunación actualmente en marcha en todo el país.

Los ocho módulos de atención activos hoy en rancherías, ejidos y poblados de esta tierra, cuna de los chontales, registran largas filas de ‘viejitos’ que llegan a montones, a pie o en los llamados ‘pochis’, en vehículos particulares, en bicicletas y hasta a caballo.

Tras un año de pandemia y casi 5 mil contagios en este municipio, enclavado en la llamada Chontalpa chica, nadie puede darse el lujo de desestimar la efectividad de la vacuna.

En el domo principal del ejido El Cedro, en la primaria “Candelario Salazar” del ejido Lomitas, en el domo deportivo de la ranchería Sandíal, en la palapa “La Ceiba” del poblado Guásimo, en la unidad deportiva de la ranchería Arroyo, en el domo principal del fraccionamiento Brisas del Carrizal, en la primaria “Justo Sierra” del poblado San Isidro, en el jardín de niños “Rosaura Zapata” del poblado Mazateupa…en todos, la escena se repite.

Decenas de enfermeras y médicos se multiplican y combinan su tarea de protección a la salud con la logística apoyada por personal de Bienestar federal, el DIF Tabasco, DIF municipal y el Ejército mexicano. El propósito es compartido: dar celeridad al procedimiento de inoculación.

Orden, organización, seguridad y buen trato, es la constante en todas y cada una de las células de vacunación que cerrarán este día sus puertas y dejarán la mesa puesta para que mañana miércoles, 10 brigadas Correcaminos pongan el cerrojazo a una campaña que nadie duda en calificar como exitosa.

‘El principal reto ha sido quitar el miedo que la gente tiene a la vacuna a causa de la desinformación’, admite el personal sanitario. No obstante, aquí en Nacajuca, como en Tabasco, se ha logrado revertir ese escenario y los adultos mayores han respondido masivamente al llamado de vacunación, ‘no sólo por amor a ellos mismos, sino también por amor a los hijos, a los nietos, a la familia’.

Ese es el espíritu que mueve a doña María de los Santos Jiménez Córdoba, una mujer de 60 años, vecina de la ranchería Sandíal. Llegó a las 9 de la mañana al módulo habilitado en el domo deportivo, ‘solita y su alma’, según narra. ‘No tardé nada, ya pasé rapidito’, celebra.

Entre chascarrillo y chascarrillo, se sincera y revela que ‘sí tenía miedo’ de ponerse la vacuna. Inclusive, atribuye el pánico personal a ‘tantas cosas que dicen en las noticias’. Sin embargo, solita se convenció y se dio ánimo. ‘Yo me voy a vacunar en nombre del Señor, si me muero ni modo, y si vivo…pues también’, confiesa que se dijo así misma.

‘No quiero que me dé el patatús’

Doña María menciona que su temor estaba fundado en lo que dicen en la televisión: ‘de que la gente muere después que se vacuna; no lo sé, a lo mejor y sí y al rato me da el patatús”, suelta socarronamente, arrancando las risotadas de quienes la acompañan en el área de observación.

En la zona habilitada para vigilar si los pacientes vacunados sufren alguna reacción secundaria a la vacuna de Sinovac, el risómetro está al máximo. ‘Ahorita me siento bien, a ver sino me muero más al rato’, suelta entre risas al definirse como una sobreviviente de una de las enfermedades más infecciosas de la humanidad.

El ama de casa cuenta cómo ha pasado uno de los peores años de su vida: aislada, sola y sin poder ver a sus hijos ni a sus nietos, que tienen miedo a contagiarla con el virus SARS-CoV-2. ‘Ni he salido de mi casa, me la he pasado encerrada, alejada de la gente que más quiero, cuidándome todo el tiempo’. Afirma que con la llegada de la vacuna, ahora regresa ‘un poco la tranquilidad’ y por fin comienza a vislumbrarse una nueva normalidad.

‘Es sólo un piquetito, padre…’, le advierte el enfermero a don José de la Cruz Álvarez, un abuelo de 77 años que habita en la ranchería El Hormiguero. Don José frunce el ceño y en menos de tres segundos recibe la inyección con el compuesto que lo protegerá contra el coronavirus, ‘algo maravilloso después de un año de incertidumbre’.

‘Hay muchos que meten miedo, pero en mi caso no le tengo miedo a la muerte: si me muero es porque lo mandó el de arriba’, señala, apuntando con el dedo índice de la mano derecha hacia el cielo. Por eso no duda en expresar su convencimiento de que la vacuna le ayudará a vivir unos años más o cuando menos, a no morir de COVID.

Don José, quien se dedica a cultivar maíz y criar ‘algunas vaquitas’ para subsistir, agradece a los médicos y enfermeras que se han mantenido en la primera línea de batalla contra la pandemia. La verdad, señala, es ‘que ellos han arriesgado sus vidas por la salud de la gente; lo que nos toca ahora nosotros es vacunarnos para corresponder a ese esfuerzo’.

Después de tantas muertes, tantos enfermos y tanta tristeza causada por esta enfermedad, lo único que podemos hacer es vacunarnos, señala, aunque admite que eso tampoco garantiza que ‘vayamos a vivir muchos años más’.

“Cuando te toca, ni aunque nos metamos debajo de la tierra. Como dicen aquí en mi pueblo, de aquel que lo andaba buscando la muerte para llevárselo, y que para que no lo reconociera se rasuró pelón. Ciertamente vino la muerte a buscarlo y no daba con él, y como no lo encontró, resignada…se llevó al pelón que estaba rasurado”, remata entre carcajadas y los sones de los tambores que anuncian el cierre de la jornada.

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