Por: Ximena Pérez Bernal
¿Alguna vez has conocido a alguien que te recuerda muchísimo a otra persona? No sabes bien por qué. Tal vez es por la forma de hablar, de vestirse o incluso por la manera en la que se ve, convirtiéndose en algún tipo de espejismo. A pesar de ser alguien completamente nuevo, mientras más lo conoces más familiar te parece. Eso sentí al conocer Marruecos, no solo por la hospitalidad de su gente, ni por las palabras que compartimos con el español, había algo más, algo importante.
Para entenderlo, hay que viajar al siglo VII, cuando los amazigh, conocidos también como bereberes, habitaban gran parte del norte de África, incluyendo lo que hoy conocemos como Marruecos. Tenían sus propias costumbres, idioma y creencias. Muchas de sus comunidades practicaban tradiciones arraigadas a sus creencias en la naturaleza como algo sagrado. Rendían culto al sol, a la luna, a las montañas, a los ríos, a los antepasados y a los espíritus protectores, entre otras cosas. También realizaban ofrendas y rituales relacionados con la fertilidad, las cosechas y la protección de la comunidad.
¿Suena familiar? Algo parecido pasaba del otro lado del mundo, sin que unos supieran del otro. Hoy los conocemos como los mayas y los aztecas. Sin mencionar las enormes diferencias entre ambas culturas, algo me resultaba familiar, en el antiguo México muchos pueblos también creían en la naturaleza como algo sagrado y tenían una relación espiritual profunda con el sol, la luna, el agua y sus antepasados. Con el tiempo, la Corona española conquistó gran parte de este territorio y dejó como herencia el español y el catolicismo que hoy siguen formando parte de nuestra cultura.
Regresando a la otra historia: después de conquistar Egipto, el mundo islámico se expandió hacia el norte de África. Muchas tribus bereberes aceptaron el islam pero conservaron parte de su identidad como su lengua, costumbres y estructuras sociales. Hoy podemos ver cómo esa identidad sigue viva. En 2011, el amazigh (bereber) fue reconocido como lengua oficial de Marruecos junto con el árabe. Desde entonces, su enseñanza se ha impulsado en las escuelas y cada vez más niños y niñas aprenden a hablarlo, leerlo y escribirlo. De hecho, según el censo de 2004, se estimó que poco más de una cuarta parte de la población marroquí hablaba diariamente alguno de los dialectos bereberes.
Ver cómo Marruecos ha impulsado la preservación del amazigh inevitablemente me hizo pensar en México y en nuestras propias lenguas indígenas. Quizá el paralelismo más bonito entre ambos países no está en la religión, sino en la lengua. Marruecos decidió rescatar una lengua indígena; México todavía lucha por conservar las suyas. Aun así, los antiguos imperios que alguna vez nos representaron viven en el presente, camuflados en algunas palabras, en la comida y en la calidez de nuestra gente.
Y ahí estaba yo, parada en Marrakech, reconociendo un rostro que nunca había visto. Admirando su cultura, sus mercados pero sobre todo a su gente quienes fueron extraordinariamente cálidos y con quienes aprender de su historia y compartir un poco de la mía. Y a pesar de todas estas coincidencias, la cultura marroquí es completamente única.
Todo esto me dejo pensando ¿cuántas veces conocemos a alguien, un lugar o incluso una cultura entera y sentimos que ya la conocíamos, sin saber exactamente por qué?
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