Columna: El Rincón del chef

Por: José Ángel ViGo

“Cuando llueve, el antojo también se cocina”

Hay algo singular y entrañable en los días de lluvia. El sonido constante de las gotas golpeando el techo, el aroma inconfundible de la tierra mojada y la frescura del ambiente nos extienden una invitación urgente a detener el ritmo vertiginoso del día a día. El clima nos susurra que está permitido bajar la velocidad y buscar refugio en la tranquilidad, una misión que cumple a la perfección un buen platillo humeante sobre la mesa.

La lluvia despierta el apetito y la memoria

No es casualidad que un cielo nublado nos remita de inmediato a un caldo hirviendo, a un chocolate caliente acompañado de pan de dulce o a un tamal recién hecho. El cerebro humano vincula de manera directa los aromas, las texturas y la temperatura de los alimentos con estados profundos de bienestar y seguridad; por ello, la gastronomía no solo nutre el cuerpo, sino que alimenta de forma entrañable la memoria.
Basta percibir un café recién colado o una olla a fuego lento para evocar la infancia, la cocina de la abuela o aquellas tardes en familia donde el temporal era el pretexto perfecto para la convivencia. Cada receta atesora una historia viva que regresa a nosotros a través del sentido del olfato.

Sabores que abrazan el alma

En el mundo entero existen preparaciones idóneas para acompañar el temporal: sopas reconfortantes, guisos de cocción paciente, panes recién horneados y bebidas calientes que mitigan el frío físico y resguardan las emociones más cálidas del hogar.

En México, un pozole humeante, un mole tradicional con arroz, unos tamales con atole, un reconfortante caldo de res o un chocolate espumoso adquieren todo su protagonismo bajo la tormenta. Son recetas que abrazan porque llevan impresas tiempo, dedicación y el afecto de quien las prepara.

En Tabasco, donde la lluvia moldea la identidad cotidiana y forma parte de nuestra historia, el refugio se disfruta distinto bajo el cielo gris: un puchero bien servido, un caldo de pavo o gallina de rancho, unos tradicionales tamales de chipilín, un vaso fresco de pozol de cacao o unas crujientes empanadas de queso con azúcar fortalecen nuestro sentido de pertenencia. ¡Qué hermoso es nuestro Edén!

La ciencia y la magia del antojo

Más allá de la costumbre y la tradición, la ciencia respalda este fenómeno culinario. Ante la baja térmica, nuestro organismo busca instintivamente fuentes de calor y bienestar, mientras que la humedad ambiental propaga con mayor intensidad los aromas de los alimentos calientes, intensificando el apetito. A esto se suma un poderoso detonante emocional: al vincular ciertos sabores con momentos felices, el cerebro libera sustancias asociadas al placer y la tranquilidad. No elegimos un platillo únicamente por su sabor, sino por todo lo que nos hace sentir.

Pequeños refugios en la mesa

Los días lluviosos nos recuerdan que la cocina trasciende las técnicas y los ingredientes para convertirse en un espacio sagrado de consuelo, diálogo y afecto. Cada olla que hierve con paciencia y cada bebida compartida alrededor del mantel susurran un cálido «aquí estás en casa».

Al final, la lluvia no solo riega los campos y refresca el paisaje; despierta sabores que nos conectan con nuestras raíces y con quienes alguna vez cocinaron para nosotros con amor. Tal vez esa sea la máxima magia de la gastronomía: convertir un día gris en un recuerdo entrañable que perdura mucho después de que las nubes se han disipado.

Les deseo un fin más, buenos días, buenas tardes, buenas noches… y buen provecho.

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