Por: Ximena Pérez Bernal
Ha pasado más de una década desde Sex and the City y, aun así la serie sigue siendo un referente para hablar del amor y sobre todo, de las relaciones. Porque, aunque hoy tengamos ghosting por WhatsApp en lugar de un buzón de voz que nadie contesta, muchas de las reglas del dating siguen siendo sorprendentemente parecidas. Digo al final, todos podemos ser un poco Miranda, Samantha, Charlotte o Carrie. Incluso un Mr. Big, O una mezcla de todos.
Y entonces, como diría Carrie, “Y comencé a preguntarme… ”: como personas del siglo XXI, ¿qué patrones hemos dejado atrás y cuáles parecen perseguirnos sin importar la época? ¿Será que los situationships, el ghosting y la falta de responsabilidad afectiva son simplemente un rebranding de conductas que siempre han existido? Porque quizá el problema no tiene tanto que ver con el siglo, la edad o las etiquetas. Tiene que ver con algo mucho más profundo, nuestra forma de relacionarnos.
Nuestro cerebro tiende a sentirse más cómodo frente a aquello que reconoce. Esto se relaciona con el sesgo de familiaridad, la tendencia a sentir mayor atracción por aquello que ya conocemos. Y lo conocido no necesariamente es lo bueno. A veces podemos confundir familiaridad con seguridad y terminar repitiendo patrones que aunque nos resulten conocidos, no siempre nos hacen bien.
Miranda es quizá el mejor ejemplo, Una abogada exitosa, independiente y aparentemente segura de sí misma, que aun así se enfrentó una y otra vez a preguntas que siguen existiendo hoy ¿las mismas herramientas que te llevan al éxito profesional podrían funcionar también en el amor?
El psicólogo Antoni Bolinches dice que “las supermujeres necesitan de superhombres que estén a su altura”. Y Miranda, una mujer que no necesitaba que alguien la salvara, pero que sí tuvo que aprender que su independencia y su éxito no necesariamente se traducen en saber elegir una pareja.
Así que la respuesta parece ser no, ser inteligente, exitosa y capaz de comerte el mundo no te protege contra tomar malas decisiones amorosas. Una cosa no garantiza la otra. Tanto una adolescente que se enamora por primera vez como Miranda de 35 años con una carrera consolidada pueden caer en patrones similares. Porque al final, no siempre se trata de experiencia si no de lo que hemos aprendido a normalizar.
De Miranda aprendimos también que poner límites no deja de ser necesario por estar dentro de una relación. Que amar a alguien no significa desaparecer dentro del vínculo.
Y después está Samantha, la más controversial, quizá, pero también una de las que más rompió con las reglas tradicionales del dating. De ella podemos rescatar algo sencillo, que es que conocer personas y decidir qué queremos no debería ser motivo de culpa o vergüenza. Pero también hay una lección más importante, cuando una relación empieza a hacerte perderte a ti misma, irte también puede ser una forma de elegirte.
Esto conecta con algo que la psicóloga y terapeuta española María Esclapez ha explicado sobre el enamoramiento utópico, esa etapa en la que podemos llegar a compartirlo todo con la otra persona, dejando poco espacio para la independencia y para nuestra propia identidad.
Y entonces aparece otra pregunta ¿cuánto de nosotros dejamos de ver cuando estamos enamorados? Quizá por eso Charlotte resulta tan interesante.
Ella tenía una idea muy clara de cómo debía ser el amor. Cada vez que conocía a alguien, lo convertía rápidamente en EL príncipe azul. El problema es que cuando idealizamos a alguien, dejamos de mirar a la persona que realmente tenemos enfrente. Muchas veces Charlotte no encontraba lo que buscaba, y a lo mejor es porque no encontrar las respuestas correctas se debe a que estamos haciendo las preguntas incorrectas.
Y después está Carrie, probablemente el ejemplo más evidente de que ponerle un nombre moderno a una dinámica no necesariamente la convierte en algo nuevo. Su relación con Mr. Big podría describirse hoy como un “situationship”, años de ambigüedad, acercamientos, distanciamientos y una pregunta que nunca terminaba de responderse, ¿qué somos? El enamoramiento puede involucrar distintos procesos neuroquímicos y generar sensaciones intensas que interpretamos como “mariposas en el estómago” , que María Esclapez relaciona con la ansiedad. Pero esa intensidad no necesariamente significa compatibilidad, porque cuando la emoción cambia y la novedad desaparece, si no existe una base de comunicación y claridad, lo que queda puede ser exactamente lo que Carrie conoció durante años, incertidumbre. Porque los patrones que no dejas, los eliges.
Quizá por eso Sex and the City sigue funcionando, cuatro amigas, más de diez años de historias amorosas y una cantidad considerable de decisiones cuestionables nos recuerdan que nunca ha existido una fórmula perfecta para tener una relación sana. Lo que funciona para una persona puede no funcionar para otra.
Tal vez el dating no cambió tanto como creemos. Solo lo llamamos diferente, antes solo decian “no agarra formalidad” y ahora le decimos “situationship”. Antes alguien simplemente desaparecía y ahora lo llamamos «ghosting”. Solían decir “tengo miedo al compromiso” y hoy lo disfrazamos con un “no estoy listo emocionalmente para una relación”. Le hicimos rebranding a los problemas, pero seguimos siendo humanos.
Y tal vez esa es la verdadera pregunta que deja Sex and the City ¿Realmente ha cambiado tanto el dating o es simplemente una nueva manera de nombrar los mismos patrones?
Porque, como alguien muy importante alguna vez me dijo, “Lo contrario del amor no es el odio, es el miedo” ¿Pero miedo a qué? ¿A no llegar a la edad o a la meta que nos pusimos? ¿A cometer los mismos errores? ¿A quedarnos solos? ¿O quizá a descubrir que siempre podemos volver a empezar?
Tal vez crecer también sea eso, dejar de buscar una relación que se parezca a lo que conocemos y empezar a preguntarnos qué es lo que realmente queremos conocer.
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