Columna: El Rincón del Chef

Por: José Ángel ViGo

“Psicogastronomía del amor: por qué comemos distinto cuando estamos enamorados”

Hay algo que cambia cuando nos enamoramos; no solo la forma en que miramos, hablamos o transpiramos, también cambia la manera en que comemos. El apetito se altera, los sabores se intensifican, las elecciones se transforman, pues, el amor, literalmente, modifica nuestra experiencia gastronómica; pero esto no es poesía solamente, es biología, psicología y cultura dialogando sobre la misma mesa.

Amor y cerebro, una revolución neuroquímica: En ésta primer parte, cabe resaltar que nos pondremos un poco científico para entender un poco el contexto de ‘por qué se comporta así nuestro cuerpo al estar enamorados’.

Las investigaciones en neurociencia han demostrado que el enamoramiento activa el sistema de recompensa cerebral, particularmente el área tegmental ventral y el núcleo caudado, regiones asociadas con motivación y placer (prácticamente nos premiamos por enamoradizos).

La antropóloga biológica Helen Fisher, en estudios realizados en la Universidad de Rutgers, ha documentado mediante resonancias magnéticas que el “amor romántico” estimula circuitos dopaminérgicos similares a los que se activan ante recompensas intensas.

La dopamina incrementa la energía y la expectativa; la noradrenalina puede disminuir el apetito; y la oxitocina fortalece el vínculo afectivo durante experiencias compartidas, como comer juntos. A ello se suma la serotonina, cuyos niveles pueden fluctuar en fases tempranas del enamoramiento, alterando estados de ánimo y patrones de hambre; por eso algunos pierden el apetito… y otros comen con mayor intensidad emocional.

¿Por qué se nos ‘cierra el estómago’?: Durante la fase inicial del enamoramiento se activa el sistema nervioso simpático, el mismo que responde ante situaciones de excitación o alerta, esto provoca:

•⁠ ⁠Sensación de ‘mariposas’ en el estómago.
•⁠ ⁠Disminución temporal del hambre.
•⁠ ⁠Cambios en la percepción sensorial.

Investigaciones publicadas en revistas como Appetite y el Journal of Social and Personal Relationships han observado que las emociones muy intensas influyen directamente en la regulación del consumo alimentario, especialmente en etapas de fuerte activación afectiva, en pocas palabras, ‘el cuerpo da prioridad al vínculo emocional por encima de la nutrición inmediata’.
Comer es vincular: Más allá de todo lo que conforma nuestro trabajo cerebral, todo acto de compartir alimentos tiene una dimensión antropológica (humanista) profunda; el comer junto a un ser querido o amado sincroniza conductas, ritmos y emociones.

Estudios en psicología social han encontrado que las parejas tienden a imitar elecciones alimentarias y ajustar sus hábitos con el paso del tiempo, esto nos da a entender que creamos rituales propios, cómo un café por la tarde, aquella cena de aniversario, o el postre compartido, en el cuál una cuchara se vuelve tan romántica que, al pensarlo bien, todos somos tan cursis al menos una vez en nuestra vida.

Ahora hablando desde nuestro contexto tabasqueño o choco, pensemos en algo tan sencillo como compartir un chocolate artesanal de cacao sembrado en nuestras mismísimas tierras, una marquesita en el parque de tu colonia, un esquite calientito con harto chile, ojo, del que pica, o una cena inolvidable de camarones ‘al mojo de ajo’, porque ese día nos ganó el antojo con nuestra pareja; el alimento no es solo sustancia, es escenario que da paso a una obra afectuosa, romántica y llena de amor.
Antojos, placer y simbolismo: El sistema de recompensa activado durante el enamoramiento puede aumentar la preferencia por alimentos dulces o indulgentes. El chocolate abunda en el antojo, y culturalmente se asocia al amor, pero ¿sabías que este contiene feniletilamina?, siendo un compuesto relacionado con sensaciones placenteras, aunque en concentraciones moderadas (no hay que excedernos, sino eso ya es gula amigos).

No obstante, lo más poderoso no es el compuesto químico, sino el significado que le otorgamos; la comida se convierte en lenguaje emocional. Desde la “psicogastronomía” entendemos que no comemos solo calorías, degustamos experiencias, memorias y símbolos.

Amor estable, mesa estable: En relaciones consolidadas, el patrón evoluciona; investigaciones longitudinales (que siguen un mismo grupo de personas por largo tiempo) sobre comportamiento alimentario en pareja indican que con el tiempo los hábitos tienden a estabilizarse y sincronizarse, es cuando en pareja empiezas a planear ‘comer mejor y saludable’; surge la oportunidad para construir estilos de vida mejores, o para normalizar excesos compartidos (esto puede llevarles a problemas de salud, así que mucho cuidado).

El amor deja de ser vértigo y se convierte en cotidianidad, y ahí también la cocina juega su papel, sigue siendo guía, pero en otro sentido más planificado.

Si me permiten regalarles una sugerencia muy personal, celebren el amor no solo con cenas sofisticadas, sino con ingredientes que narren identidad, somos ricos en sabor y cultura en nuestro hermoso Tabasco, el cacao es herencia y símbolo; preparar una bebida espumosa tradicional o un postre sencillo con chocolate local puede convertirse en un ritual íntimo y significativo, puede ser una huella imborrable de por vida.

Porque el verdadero sabor del amor no está en la extravagancia, se encuentra en la intención compartida; compartir es lo más bello del amor. Tal vez no recordemos todos los ingredientes de aquella cena especial… pero sí recordaremos quién estaba frente a nosotros cuando la probamos.

Al fin de cuentas, eso también es “psicogastronomía”; les deseo buenos días, buenas tardes, buenas noches y feliz día del amor y amistad.

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