Columna: Prospectiva

Por: Emilio de Ygartua M

¿Es la ola reaccionaria una nueva contracultura?

«Vivimos tiempos en los que la reacción ha aprendido a  hablar el idioma de la evolución. Eso no la convierte en  revolucionaria, pero sí la hace peligrosamente seductora.»

Jeron Rewan

Durante décadas, la contracultura fue patrimonio de la izquierda: los beats, el mayo del 68, el punk, las marchas por los derechos civiles. La narrativa dominante ubicaba a los rebeldes en una posición inequívoca frente al orden establecido. Pero algo ha cambiado de manera profunda en la geopolítica cultural del siglo XXI. Hoy, quienes se presentan como disruptores del sistema, quienes agitan banderas contra la élite, quienes hablan el lenguaje de la irreverencia y el anticonformismo, provienen con frecuencia de la derecha radical.

Prospectiva presenta un análisis global de este fenómeno a partir de la entrevista exclusiva que El País realizó al sociólogo y analista político Jeron Rewan, publicada el 1 de septiembre de 2026. En ella, Rewan —autor de La rebelión invertida y referente ineludible en los estudios sobre populismos contemporáneos— sostiene una tesis provocadora: la ola reaccionaria no es simplemente un movimiento político conservador, sino la primera contracultura de masas de signo reaccionario en la historia moderna. Una contracultura que ha colonizado la estética de la disidencia sin abandonar —y en muchos casos reforzando— las estructuras de poder que dice combatir.

El análisis aborda cinco ejes centrales que estructuran el debate global. Primero, el concepto mismo de contracultura aplicado a la derecha: ¿puede ser contracultural un movimiento que defiende jerarquías, tradición y exclusión? Segundo, el laboratorio MAGA: cómo la revolución trumpista redefinió el manual de la política populista y exportó sus métodos al mundo entero. Tercero, el realineamiento geopolítico de América Latina, donde gobiernos de perfil libertario y ultraconservador transforman el mapa ideológico regional a una velocidad sin precedentes. Cuarto, la derecha radical europea en el poder: de Marine Le Pen a Giorgia Meloni, el tránsito del margen al gobierno y sus implicaciones para el proyecto europeo. Quinto —y central—, la pregunta analítica que atraviesa todo el reportaje: ¿estamos ante una subversión genuina del orden, o ante una operación de poder sofisticadamente disfrazada con la estética de la rebeldía?

No hay respuesta fácil. Pero la urgencia de formularla correctamente define, en gran medida, la capacidad de la política progresista —y de la democracia liberal— para comprender su momento histórico.

Jeron Rewan y la pregunta incómoda. En una entrevista lúcida y provocadora publicada por El País, el analista político y cultural Joron Rewan plantea una hipótesis que incomoda tanto a la izquierda progresista como a los conservadores de viejo cuño: la ola reaccionaria que recorre el mundo no es simplemente una reacción defensiva al progresismo, sino algo cualitativamente distinto — una contracultura en toda regla.

Durante décadas, el concepto de «contracultura» estuvo reservado para movimientos rupturistas de izquierda: los beatniks, el mayo del 68, el punk, la cultura queer. Rewan propone desestabilizar esa categoría. Si contracultura significa oponerse con energía disruptiva al orden cultural dominante, entonces la nueva derecha radical cumple plenamente con esa definición: tiene sus propios medios, sus propias estéticas, sus héroes populares y su lenguaje irreverente que desafía el «pensamiento correcto» institucional.

La pregunta central que Rewan articula es esta: ¿Estamos ante un movimiento genuinamente subversivo o ante una operación de imagen que utiliza los códigos de la contracultura para encubrir agendas de poder muy convencionales?

La tesis de Rewan. La derecha radical ha aprendido a vestirse con la ropa de la disidencia: habla de «establishment», critica a los medios, reivindica lo «auténtico» frente a lo «woke». Eso, argumenta Rewan, es exactamente lo que hacía la contracultura de los sesenta — solo que con un signo político invertido.

La paradoja central: un movimiento que defiende jerarquías tradicionales adopta la estética y el lenguaje de la rebelión.

MAGA: el laboratorio de la nueva contracultura

El fenómeno tiene su epicentro más visible en Estados Unidos, donde Donald Trump y el movimiento MAGA (Make America Great Again) han logrado algo históricamente improbable: convertir a un multimillonario de Manhattan en el símbolo de la rebelión del hombre común contra las élites.

Antiestablishment desde el poder. Trump y el MAGA han construido un relato en el que el propio aparato federal — el «deep state» — es el enemigo. Esta narrativa permite a figuras de enorme poder económico y político presentarse como outsiders perseguidos, replicando estructuras emocionales propias de movimientos contracultural históricos.

Medios propios y ecosistema alternativo. La construcción de una esfera mediática paralela — Truth Social, canales de Telegram, podcasters de extrema derecha con audiencias de millones — reproduce exactamente la lógica de los fanzines punk o las radios libres de los setenta: crear circuitos de comunicación autónomos frente a los medios «del sistema».

Proteccionismo y reducción del Estado. La agenda económica del MAGA combina dos impulsos aparentemente contradictorios: el proteccionismo arancelario (un Estado fuerte en frontera) con la reducción draconiana del gasto social. Este modelo se exporta como receta universal a sus aliados latinoamericanos y europeos.

La nueva Doctrina Monroe: Trump como eje geopolítico latinoamericano

Rewan dedica especial atención a la dimensión geopolítica del fenómeno. Los líderes de la nueva derecha latinoamericana no emergen en el vacío: sus tarjetas de presentación llevan impreso, con orgullo, el nombre de Donald Trump. Esta conexión no es meramente simbólica — es programática y estratégica.

Lo que está tomando forma, según el análisis de Rewan, es una nueva versión de la Doctrina Monroe (Doctrina Donroe): la vieja idea del siglo XIX de que América Latina es el «patio trasero» de Washington se reactualiza bajo formas que combinan el intervencionismo explícito con la seducción ideológica. Los nuevos gobiernos de la región comparten un catálogo de políticas coherente y exportable:

  • Reducción drástica del tamaño del Estado: privatizaciones, recortes de gasto social, desregulación acelerada
  • Proteccionismo selectivo alineado con los intereses comerciales de Washington
  • Mano dura penal contra la delincuencia organizada y los carteles, con apertura explícita a la intervención de fuerzas o inteligencia estadounidense en territorio propio

Ecuador, Colombia y Perú: la puerta abierta a la intervención

Dos casos concretos — y un tercero que complica el esquema con sus propias contradicciones — ilustran con nitidez el patrón que Rewan describe a lo largo de su análisis: Ecuador, Perú y Colombia, tres países que, desde lógicas distintas y con gobiernos de signo político diverso, han terminado abriendo sus territorios a formas renovadas de presencia operativa estadounidense.

Lo que hace paradigmáticos a estos casos no es solo la magnitud del fenómeno, sino su arquitectura: a diferencia del intervencionismo de la Guerra Fría — que operaba mediante golpes de Estado apoyados por la CIA, embargos económicos y la lógica binaria del anticomunismo —, el nuevo ciclo funciona con el consentimiento, e incluso el entusiasmo, de los propios gobiernos receptores.

No hay marines desembarcando en puertos; hay acuerdos de cooperación firmados en ceremonias con banderas. No hay dictadores impuestos desde Washington; hay presidentes elegidos que viajan a Mar-a-Lago a fotografiarse con Trump. Rewan insiste en que esta forma de intervención es, precisamente por su aparente voluntariedad, más difícil de nombrar y más difícil de resistir que sus predecesoras históricas.

Ecuador: el asalto a la televisión y la legitimación del intervencionismo

Para entender el caso ecuatoriano es necesario retroceder al momento en que el país comenzó a transformarse en escenario de disputa entre carteles mexicanos — Sinaloa, Jalisco Nueva Generación — y organizaciones locales que habían aprovechado la debilidad institucional de años de crisis política.

Ecuador, históricamente ajeno a los niveles de violencia de sus vecinos colombiano y peruano, vio cómo sus tasas de homicidio se disparaban hasta convertirse en una de las más altas de la región en apenas un lustro. El asalto a un estudio de televisión en enero de 2024 — hombres encapuchados irrumpiendo en directo ante las cámaras — fue la imagen que el mundo vio, pero fue también la coartada que el gobierno de Daniel Noboa necesitaba para dar un salto cualitativo en la militarización de la respuesta.

Lo que siguió al estado de emergencia fue una apertura sistemática a la presencia operativa de Estados Unidos que Rewan documenta en varios niveles: asesores de la DEA integrados en unidades de inteligencia policial, transferencias de equipamiento militar — drones de vigilancia, tecnología de interceptación de comunicaciones — canalizadas a través de acuerdos bilaterales de cooperación en seguridad, e intercambio de inteligencia en tiempo real con agencias estadounidenses sobre movimientos de carteles.

El gobierno lo presentó como modernización tecnocrática de las fuerzas de seguridad. Rewan lo lee de otra manera: como la externalización de una función soberana básica — el monopolio de la violencia legítima y la gestión de la seguridad interior — hacia un actor externo que, a cambio, obtiene presencia estratégica en un país con costas en el Pacífico y en la ruta de los flujos de cocaína.

Pero la dimensión más sofisticada del análisis de Rewan apunta a cómo el gobierno ecuatoriano utilizó la narrativa de seguridad no solo hacia afuera — para justificar la cooperación con Washington —, sino hacia adentro, para consolidar un poder político que antes de la crisis era frágil. La emergencia securitaria permitió gobernar por decreto, suspender garantías, marginar a la oposición bajo el estigma de la connivencia con el crimen, y construir un capital político basado en la figura del líder fuerte capaz de «domar» el caos. Rewan señala que las implicaciones para la soberanía ecuatoriana son de largo alcance: una vez que la infraestructura de seguridad de un país se construye con tecnología, doctrina e inteligencia extranjera, la dependencia se vuelve estructural, difícilmente reversible con un simple cambio de gobierno.

Colombia: la herencia de Plan Colombia y la paradoja del gobierno progresista

Colombia es el caso que complica el esquema con su propia densidad histórica. Ningún otro país de la región tiene una relación tan larga, tan institucionalizada y tan ambivalente con la presencia militar estadounidense.

Plan Colombia, el programa de cooperación antinarcóticos lanzado en el año 2000 bajo la administración Clinton, dejó una huella que va mucho más allá de los helicópteros Black Hawk y los programas de erradicación de coca: moldeó la doctrina de las Fuerzas Militares colombianas, creó redes de lealtad institucional con sus contrapartes del Comando Sur, y estableció una presencia de bases y personal estadounidense que se ha mantenido, con variaciones, durante más de dos décadas.

Lo que hace al caso colombiano particularmente revelador para el análisis de Rewan es que esa herencia estructural no desapareció con la llegada al poder del hoy ex presidente Gustavo Petro, (el primer presidente de izquierda en la historia del país), sino que lo colocó ante una contradicción casi irresoluble: un gobierno que discursivamente reivindica la soberanía y critica el modelo de seguridad heredado, pero que gobierna sobre una arquitectura institucional — militar, policial, de inteligencia — construida en colaboración estrecha con Washington durante veinte años.

Petro puede cambiar el tono del discurso; no puede cambiar fácilmente el ADN de las instituciones que heredó. Rewan utiliza Colombia como contraejemplo iluminador: muestra que la dependencia estratégica no es solo un problema de los gobiernos que la abrazan con entusiasmo, sino también de los que intentan cuestionarla y descubren cuán profundas son sus raíces.

Perú: inestabilidad crónica, tutela informal y la dependencia como virtud

El caso peruano es quizás el más revelador en términos de cómo la fragilidad institucional produce condiciones óptimas para el ejercicio de lo que Rewan llama «intervencionismo blando»: una forma de influencia que no necesita imponerse porque encuentra en la debilidad del Estado receptor un terreno naturalmente receptivo.

La cronología reciente del Perú lee como un manual de inestabilidad: Pedro Castillo, el maestro rural que llegó a la presidencia como expresión de un voto de castigo contra las élites limeñas, fue destituido por el Congreso en diciembre de 2022 tras intentar un autogolpe fallido; Dina Boluarte, su vicepresidenta, asumió el poder en medio de protestas masivas en el sur del país — regiones andinas e indígenas que pagaron con decenas de muertos la represión de las movilizaciones.

En ese contexto de legitimidad erosionada y fragilidad permanente, la tutela informal de Washington opera a través de varios mecanismos que Rewan identifica con precisión. El más visible es el condicionamiento del FMI: los acuerdos de estabilización económica que el Fondo impone como condición para su respaldo financiero vienen cargados de una agenda de reformas — flexibilización laboral, contención del gasto social, apertura de sectores estratégicos — que coincide puntualmente con los intereses de los inversores estadounidenses, particularmente en el sector minero, donde empresas norteamericanas tienen posiciones relevantes.

El segundo mecanismo es más discreto: el apoyo político selectivo a ciertos actores e instituciones — el Congreso, el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas — que funcionan como contrapeso frente a gobiernos o movimientos que Washington percibe como hostiles a sus intereses.

Pero lo que Rewan subraya con especial énfasis es la manera en que la nueva derecha peruana ha dado un paso ideológico adicional: no solo acepta esa dependencia como un mal necesario, sino que la reencuadra activamente como una virtud. En el discurso de los sectores empresariales y políticos que orbitan alrededor de Boluarte, la alineación con Washington es presentada como garantía de estabilidad macroeconómica, como señal de confiabilidad para los mercados internacionales, como escudo frente al «populismo» que amenaza con repetir el experimento venezolano.

La soberanía, en este relato, no es un valor a defender sino un riesgo a gestionar. Rewan señala que esta inversión discursiva — convertir la dependencia en argumento de autoridad — es uno de los rasgos más característicos de la nueva derecha latinoamericana en su conjunto. La llegada a la presidencia de Keyko Fugimori “garantiza” que esta ruta se mantenga.

«El ciclo Monroe actualizado». La expresión que Rewan acuña para denominar este patrón, merece ser desarrollada en sus términos precisos, porque lo que la hace analíticamente potente es exactamente lo que la distingue de su precedente histórico. La Doctrina Monroe del siglo XIX, y sus actualizaciones a lo largo del siglo XX (el Corolario Roosevelt, la política del «Gran Garrote», la intervención en Guatemala en 1954, en la República Dominicana en 1965, en Chile en 1973), operaba predominantemente mediante la coerción: el poder de Washington se ejercía contra la voluntad de los gobiernos intervenidos, o bien mediante la instalación de gobiernos que no habían sido elegidos sino impuestos.

El ciclo Monroe actualizado, en cambio, funciona mediante la seducción y el consentimiento: los gobiernos no son destituidos sino conquistados ideológicamente; la influencia no se impone sino que se solicita; la presencia estadounidense no ocupa territorios sino que es invitada a instalarse en instituciones. Esta transformación no significa que el poder haya desaparecido de la ecuación, significa que se ha vuelto más sofisticado en sus formas.

Rewan distingue tres dimensiones del ciclo: una dimensión securitaria (la cooperación en materia de seguridad que abre la puerta a la presencia operativa), una dimensión económica (los condicionamientos del FMI, los tratados de libre comercio, la inversión directa como instrumento de influencia), y una dimensión ideológica (la exportación de un modelo político-cultural — el trumpismo como marca internacional — que legitima desde adentro lo que antes debía imponerse desde afuera).

Lo que hace al ciclo especialmente resistente al cuestionamiento es que cada una de estas tres dimensiones refuerza a las otras, creando una arquitectura de dependencia que se autoperpetúa: la fragilidad económica justifica los condicionamientos del FMI, que reproducen la fragilidad; la inseguridad justifica la cooperación militar, que profundiza la dependencia institucional; la dependencia se legitima ideológicamente, lo que hace políticamente costoso cuestionarla. Rewan concluye que entender esta lógica sistémica es el primer paso para pensar si — y cómo — puede ser interrumpida.

Venezuela: de Maduro a Deisy, o cómo cambiar de amo sin que lleguen los tanques

El caso venezolano es quizás el más fascinante y el más inquietante de los que analiza Rewan. La Venezuela del chavismo atraviesa una mutación que desafía los esquemas del análisis político convencional.

Del secuestro político al pragmatismo de la señora Deisy. Después de la era de Nicolás Maduro — marcada por el secuestro del proceso político, la represión sistemática y el aislamiento internacional —, la figura emergente conocida como «la señora Deisy» representa un giro inesperado: una apertura táctica a Washington que no implica rendición formal, sino una negociación de intereses que deja a Estados Unidos con acceso privilegiado al mayor recurso estratégico del país.

Venezuela ocupa el primer lugar mundial en reservas petroleras probadas. Sin necesidad de invasión, sin tanques, sin un régimen de ocupación tradicional, Estados Unidos ha conseguido posicionarse como actor central en la gestión de ese recurso. Millones de barriles fluyen hacia mercados donde Washington tiene influencia determinante, mientras el país formalmente sigue siendo «soberano».

La herencia de Chávez bajo nueva administración. La paradoja histórica es mayúscula: Hugo Chávez construyó su proyecto político sobre la tesis de que Venezuela debía liberarse del control estadounidense del petróleo. Décadas después, sin una sola bomba disparada por Washington, sin un gobierno provisional impuesto a la manera clásica, los nuevos dueños efectivos del petróleo venezolano son exactamente los que Chávez juró expulsar.

Rewan señala que esto ilustra algo fundamental sobre la naturaleza del poder en el siglo XXI: la dominación más eficaz es la que no necesita mostrarse. La intervención que funciona es la que la víctima ayuda a legitimar.

Europa: la derecha radical ya gobierna, y el mapa sigue moviéndose

El análisis de Rewan no se limita al continente americano. En Europa, la ola reaccionaria lleva años ganando terreno y en 2026 ha alcanzado ya una posición de dominancia en varios países del continente, con un horizonte que apunta a nuevas victorias.

Gobiernos de derecha radical ya consolidados. Italia con Giorgia Meloni, Hungría con Viktor Orbán, los Países Bajos con Geert Wilders, y un elenco creciente de gobiernos o coaliciones donde la derecha radical es parte determinante del poder. La narrativa es consistente: soberanismo, anti-inmigración, escepticismo europeo, y revalorización de identidades nacionales frente al cosmopolitismo «woke».

Francia: el momento LePen y la fragilidad de Macron

El caso más crucial que Rewan señala para los próximos meses es Francia. Marine LePen aparece como favorita en los pronósticos para las próximas elecciones presidenciales, en un escenario en el que la pregunta no es solo si ganará, sino si Emmanuel Macron logrará siquiera llegar al final de su mandato con suficiente capital político para promover una candidatura viable. La victoria de LePen sería un terremoto de consecuencias incalculables para el proyecto europeo.

La internacional reaccionaria. Lo que Rewan subraya con mayor énfasis es la coordinación transnacional de estos movimientos. Comparten financiamiento, intercambian estrategias de comunicación digital, se visitan y se legitiman mutuamente en actos públicos. Es una internacional de facto — sin nombre oficial, pero con una coherencia ideológica y operativa que sus adversarios progresistas aún no han logrado igualar.

¿Contracultura o contrarrevolución con estética rebelde?

Los argumentos a favor de llamarla contracultura:

Desafía el orden cultural hegemónico. El progresismo liberal — con sus instituciones mediáticas, universitarias y corporativas — es hoy el pensamiento dominante en las élites. Oponérsele tiene, objetivamente, una dimensión contracultural.

Genera identidad, comunidad y estética propias. La nueva derecha produce memes, música, podcasts, vocabulario y símbolos identitarios con una vitalidad creativa que sus rivales no siempre logran igualar.

Apela a los excluidos del relato oficial. Como toda contracultura, recluta entre quienes sienten que el discurso dominante los invisibiliza o los condena moralmente.

Las razones para la sospecha crítica

Sirve a los intereses del gran capital. Cuando Elon Musk, Jeff Bezos o los grandes fondos de inversión apoyan abiertamente a estos movimientos, la narrativa «antisistema» resulta difícil de sostener. ¿Quién financia la rebelión?

Reproduce jerarquías históricas. Sus políticas reales — desmantelamiento del Estado de bienestar, represión de migrantes, debilitamiento sindical — benefician estructuralmente a quienes ya tienen el poder económico y social.

La estética es la coartada, no el contenido. Vestirse de rebelde para defender el orden existente no es contracultura: es propaganda sofisticada. Rewan reconoce esta tensión sin resolverla fácilmente.

El mapa del poder en 2026: una geografía de la reacción

El cuadro que emerge del análisis de Rewan es el de una geografía política en rápida transformación. Washington actúa como nodo central de una red que conecta gobernantes ideológicamente afines en tres continentes. La coordinación no siempre es explícita, pero la coherencia del modelo — reducción del Estado, mano dura, soberanismo retórico con dependencia real de EE.UU. — es inconfundible. El mundo de 2026 es, en muchos sentidos, el mundo que Trump soñó en 2016.

Visión Prospectiva: tiempos complejos para el análisis honesto

La entrevista de El País a Jeron Rewan es, ante todo, un ejercicio de honestidad intelectual en un momento en que la política tiende a exigir certezas simples. Rewan no concluye con un veredicto nítido sobre si la ola reaccionaria es o no una verdadera contracultura — porque la realidad, argumenta, es más perturbadora que cualquier etiqueta.

El lenguaje importa. Llamar a este fenómeno «contracultura» sin matices es caer en su propio juego retórico. Negarlo completamente es no entender su atractivo real para millones de personas que sienten, con razón o sin ella, que el orden progresista los excluye.

El intervencionismo se reinventa. Venezuela demuestra que no hacen falta marines para colonizar un país. El petróleo venezolano fluye hacia el norte sin que haya habido invasión. La geopolítica del siglo XXI opera con herramientas más sutiles y más efectivas que las del siglo XX.

Europa es el próximo campo de batalla decisivo. Si Marine LePen gana en Francia, el equilibrio del proyecto europeo cambia de manera estructural. Rewan ve en esa posibilidad el test más importante de los próximos doce meses para la democracia liberal occidental.

La izquierda necesita renovar su análisis. Seguir describiendo estos movimientos solo como «fascismo» o «ultraderecha» sin entender su gramática cultural y emocional es una receta para seguir perdiendo. Rewan, sin compasión por el fenómeno, exige comprenderlo antes de combatirlo.

México más allá de la maquila: La visión de Mariana Mazzucato

La reconocida economista italiana Mariana Mazzucato, asesora de gobiernos y organismos internacionales y autora de obras de referencia como El Estado emprendedor”, concedió una entrevista al diario español El País en un momento de singular relevancia para el debate económico latinoamericano. Sus declaraciones llegan cuando México enfrenta una encrucijada histórica: la reconfiguración de las cadenas globales de valor, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y la escalada de tensiones comerciales entre Estados Unidos y China abren una ventana de oportunidad que, según Mazzucato, “México no puede desaprovechar”.

El argumento central de la economista es tan ambicioso como provocador: “México debe abandonar definitivamente su rol histórico de fabricante de bajo costo al servicio de las empresas estadounidenses y apostar por la construcción de una economía del conocimiento con valor agregado genuinamente propio”. En otras palabras, el modelo maquilador, que durante décadas ha generado empleos pero ha mantenido al país en los escalones más bajos de la cadena de producción global, “ya no es suficiente ni sostenible como motor de desarrollo a largo plazo”.

Este análisis recorre los grandes temas que articulan el diagnóstico de Mazzucato sobre México: el alcance y las limitaciones del Plan México impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum; las tensiones y oportunidades que abre el T-MEC en un contexto de creciente proteccionismo estadounidense; el delicado triángulo estratégico entre México, Estados Unidos y China, donde el país norteamericano actúa como bisagra involuntaria; y el impacto de los aranceles de Trump, que amenazan con castigar precisamente a la industria exportadora que México ha construido durante treinta años.

¿Quién es Mariana Mazzucato? Es una de las economistas más influyentes del mundo. Profesora en el University College London (UCL) y fundadora del Institute for Innovation and Public Purpose (IIPP), es reconocida globalmente por su trabajo sobre el papel activo del Estado en la innovación, el crecimiento económico y la creación de valor. Su libro El Estado emprendedor” desafió décadas de ortodoxia neoliberal al demostrar que las grandes innovaciones tecnológicas —desde internet hasta el iPhone— tienen raíces en la inversión pública.

Su vínculo con México no es meramente académico: Mazzucato vivió en el país a finales de los años ochenta del siglo pasado, un período que marcó profundamente su comprensión de las economías latinoamericanas y sus dilemas estructurales. Desde esa experiencia personal, observa hoy con una mirada informada y crítica los retos que enfrenta México en un entorno global radicalmente distinto al de aquella época.

Su análisis combina el rigor académico con una perspectiva de política pública aplicada, lo que hace de su entrevista con El País un documento de especial relevancia para investigadores, formuladores de política y actores del sector público en México y América Latina.

Conceptos clave de Mazzucato

  • Estado emprendedor: el gobierno como inversor de primera instancia en innovación de alto riesgo
  • Creación de valor: distinción entre extraer y crear riqueza genuina
  • Misiones de política pública: objetivos ambiciosos que movilizan sectores y actores
  • Capacidades del Estado: instituciones fuertes como base del desarrollo

La trampa del fabricante de bajo costo. El diagnóstico central de Mazzucato sobre México es contundente: el país ha construido su modelo exportador sobre una ventaja comparativa frágil y peligrosa —la mano de obra barata— en lugar de desarrollar capacidades productivas propias que generen valor agregado doméstico. Esta dependencia estructural expone a México a una vulnerabilidad crónica ante cambios en las decisiones de inversión de las corporaciones estadounidenses.

El modelo actual: ensamblaje sin apropiación

México exporta enormes volúmenes de bienes manufacturados a Estados Unidos, pero una proporción significativa del valor de esas exportaciones corresponde a insumos importados, tecnología extranjera y utilidades repatriadas. La industria maquiladora es el ejemplo paradigmático: genera empleo local pero escasa transferencia tecnológica, poca investigación y desarrollo doméstico, y una integración limitada con proveedores nacionales. El valor permanece fundamentalmente en manos de las empresas transnacionales.

El riesgo de la dependencia unidireccional del costo. Competir exclusivamente por costos laborales significa que México está siempre en riesgo de ser sustituido por otro destino más barato —ya sea en Asia del Sur, Centroamérica o el propio territorio estadounidense mediante automatización. Mazzucato advierte que esta carrera hacia el fondo no conduce al desarrollo sostenible, sino a la permanente subordinación tecnológica y económica. El nearshoring, si no viene acompañado de política industrial robusta, puede reproducir exactamente este mismo patrón.

La alternativa: economía del conocimiento con identidad propia

La propuesta de Mazzucato no es el aislamiento proteccionista, sino la construcción deliberada de capacidades: inversión pública en ciencia y tecnología, sistemas de innovación nacionales, encadenamientos productivos con empresas locales, y una política industrial que defina misiones estratégicas claras. México debe aspirar a ser creador de tecnología, no solo ensamblador de la tecnología ajena. Eso requiere voluntad política, instituciones fuertes y una visión de largo plazo.

El Plan México bajo la lupa: ¿Sustitución de importaciones 2.0?

¿Qué propone el Plan México?

La presidenta Claudia Sheinbaum impulsó el Plan México como una estrategia de política industrial orientada a fortalecer la producción nacional, reducir la dependencia de importaciones y aprovechar el contexto del nearshoring para atraer inversiones de mayor valor tecnológico. El plan incluye incentivos fiscales, desarrollo de parques industriales, apoyo a proveedores nacionales y una apuesta por sectores estratégicos como semiconductores, electromovilidad y manufacturas avanzadas.

En su diseño general, el Plan México recupera elementos del pensamiento estructuralista latinoamericano: la idea de que el mercado por sí solo no genera las transformaciones productivas necesarias y que el Estado debe intervenir activamente para orientar la inversión y construir capacidades nacionales.

La crítica de Mazzucato: entre el diagnóstico correcto y los riesgos de ejecución

Mazzucato reconoce que la dirección estratégica del Plan México apunta en el sentido correcto: diversificar la base productiva y reducir la vulnerabilidad exportadora. Sin embargo, su análisis crítico señala que los mecanismos de sustitución de importaciones, si no están acompañados de exigencias claras de desempeño a las empresas beneficiadas y de transferencia real de tecnología, pueden reproducir las ineficiencias históricas del modelo proteccionista latinoamericano de los años sesenta y setenta.

La economista italiana insiste en que la diferencia entre una política industrial exitosa y una que fracasa no radica en si el Estado interviene, sino en cómo interviene: con qué condiciones, con qué mecanismos de rendición de cuentas y con qué capacidad institucional para gestionar la complejidad de los sectores estratégicos.

La interdependencia México-Estados Unidos: una relación asimétrica

Mazzucato parte de reconocer la profunda interdependencia económica entre México y Estados Unidos como un hecho estructural que no puede ignorarse en ningún análisis de política. Sin embargo, advierte que esa interdependencia no es simétrica: las asimetrías de poder, tecnología y capital moldean una relación en la que México asume los costos de la dependencia sin necesariamente capturar los beneficios del desarrollo.

Concentración exportadora. Aproximadamente el 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino el mercado estadounidense, una concentración que genera vulnerabilidad estructural ante cambios de política en Washington.

Socio comercial. México es el principal socio comercial de Estados Unidos, habiendo superado a China en 2023. Este dato subraya la importancia estratégica del país, pero también su exposición a las presiones arancelarias.

Contenido importado. Una proporción significativa del valor de las exportaciones mexicanas corresponde a insumos importados, principalmente de Estados Unidos y Asia, lo que limita el valor agregado doméstico real.

Esta interdependencia de doble vía —México necesita el mercado estadounidense, Estados Unidos necesita la manufactura mexicana— crea una dinámica compleja donde las amenazas arancelarias son tanto una herramienta de negociación política como un riesgo económico real para ambas partes. Mazzucato señala que México debe usar esta posición de negociación para exigir condiciones más favorables de transferencia tecnológica e integración productiva, en lugar de simplemente reaccionar defensivamente ante cada presión de Washington.

Los aranceles de Trump: presión táctica con consecuencias estructurales

El instrumento arancelario como arma política. La administración Trump convirtió los aranceles en el instrumento central de su política económica exterior, aplicándolos no solo como mecanismo de corrección comercial sino como herramienta de presión política, migratoria y de seguridad. Para México, esto se tradujo en amenazas arancelarias recurrentes vinculadas a temas como migración, fentanilo y relaciones con China, creando un entorno de incertidumbre permanente que afecta las decisiones de inversión.

Mazzucato analiza este fenómeno señalando que la utilización indiscriminada de aranceles distorsiona las cadenas de valor globales y genera costos que, en última instancia, recaen también sobre los consumidores y empresas estadounidenses. Sin embargo, reconoce que la asimetría de poder hace que México absorba una proporción desproporcionada del daño.

Efectos sobre México: más allá de la coyuntura

El análisis de Mazzucato va más allá del impacto inmediato de los aranceles para señalar sus efectos estructurales. Las amenazas arancelarias constantes generan un efecto de disuasión sobre inversiones de largo plazo en sectores de alta tecnología, precisamente los que México necesita para escalar en las cadenas de valor. Ninguna empresa invierte en capacidades avanzadas en un entorno donde las reglas del juego pueden cambiar de un tuit presidencial al siguiente.

Al mismo tiempo, la economista italiana advierte que las presiones arancelarias pueden ser una oportunidad si México las usa para reorientar su modelo: aprovechar la urgencia de la diversificación para construir capacidades que reduzcan la vulnerabilidad a futuras presiones. El nearshoring generado precisamente por la guerra comercial entre Estados Unidos y China es un ejemplo de cómo las crisis geopolíticas pueden crear ventanas de oportunidad que, sin embargo, requieren política industrial activa para ser aprovechadas correctamente.

  • Desincentivo a la inversión en I+D local
  • Presión sobre márgenes de las exportadoras
  • Aceleración de la automatización en sectores vulnerables
  • Oportunidad para renegociar términos del T-MEC

El T-MEC en revisión permanente: un tratado bajo tensión. El Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC), que entró en vigor en 2020 sustituyendo al TLCAN, fue diseñado con una cláusula de revisión cada seis años. Sin embargo, la dinámica política bajo la administración Trump ha convertido ese proceso en una revisión de facto anual, con demandas continuas de renegociación que generan incertidumbre jurídica y económica para los tres países signatarios.

2020. Entrada en vigor del T-MEC, sustituyendo al TLCAN con nuevas reglas de origen, disposiciones laborales y protecciones a la propiedad intelectual.

2023. México supera a China como principal socio comercial de EE.UU. El nearshoring acelera la inversión en manufacturas avanzadas en territorio mexicano.

2024-2025. La administración Trump presiona para revisiones anticipadas, vinculando el comercio a temas de migración, fentanilo y política hacia China. El T-MEC pasa a revisión de facto anual.

2026. Fecha formal de revisión del T-MEC. El contexto de ruptura EU-Canadá y las tensiones arancelarias convierten esta revisión en un punto de inflexión crítico para el futuro del bloque comercial norteamericano.

Mazzucato señala que la revisión permanente del T-MEC no es neutral: cada ciclo de renegociación bajo presión erosiona la certeza jurídica que necesitan las inversiones de largo plazo. Para México, esto tiene una implicación estratégica clara: es imperativo construir capacidades productivas internas que reduzcan la dependencia del tratado como única palanca de desarrollo, sin abandonarlo como marco de referencia comercial indispensable.

La ruptura EU-Canadá y sus implicaciones para México

El conflicto arancelario bilateral. Mazzucato analiza con particular atención la controversia comercial entre Estados Unidos y Canadá, que ha escalado hasta convertirse en una guerra arancelaria abierta con retaliaciones de ambas partes. La asimetría es evidente: aunque Canadá ha respondido con aranceles propios sobre productos estadounidenses, la capacidad de daño económico de Washington es estructuralmente superior dado el tamaño de los mercados y la dependencia energética y comercial canadiense del mercado del sur.

Esta ruptura —sin precedentes en la historia reciente del bloque norteamericano— marca un punto de inflexión en la cohesión del T-MEC como proyecto de integración regional. Si los dos socios comerciales más grandes del bloque están en conflicto abierto, la estabilidad del tratado como marco institucional se ve fundamentalmente cuestionada.

¿Qué significa esto para México?

El análisis de Mazzucato sugiere que la ruptura EU-Canadá coloca a México en una posición paradójica y compleja. Por un lado, México podría verse como el árbitro o el puente entre dos socios en conflicto, lo que le daría una posición de mayor influencia negociadora. Por otro lado, si el T-MEC se fragmenta o pierde cohesión institucional, México es el más vulnerable de los tres, dado que su modelo exportador depende de manera crítica de las reglas de acceso garantizadas por el tratado.

Adicionalmente, existe el riesgo de que Estados Unidos presione a México para que tome partido explícitamente en su conflicto con Canadá, lo que lo pondría en una situación diplomáticamente difícil. La economista italiana advierte que México debe evitar ser arrastrado a la lógica bilateral del conflicto y en cambio insistir en el marco multilateral del T-MEC como espacio de negociación colectiva. La ruptura EU-Canadá también abre la puerta a que Washington exija concesiones adicionales de México en sectores sensibles como energía, inversión y política hacia China, aprovechando la distracción del conflicto del norte.

El triángulo estratégico: México, Estados Unidos y China

Uno de los elementos más sofisticados del análisis de Mazzucato es su incorporación del factor chino en la ecuación México-Estados Unidos. La rivalidad geopolítica entre Washington y Beijing ha reconfigurado profundamente las cadenas de valor globales, y México se encuentra en el centro de esa reconfiguración —tanto como beneficiario potencial del nearshoring como bajo sospecha de ser un puente para la inversión china que busca eludir los aranceles estadounidenses.

El nearshoring como consecuencia de la guerra comercial EE.UU.-China

La imposición de aranceles de hasta el 145% sobre productos chinos por parte de la administración Trump aceleró el interés de empresas globales por relocalizarse en México como plataforma de exportación hacia el mercado estadounidense. Sin embargo, Washington observa con creciente suspicacia la presencia de inversión china en México, temiendo que las empresas chinas utilicen el territorio mexicano para eludir los aranceles aprovechando el T-MEC. Esta tensión complica la relación comercial tripartita.

El dilema de México: entre dos potencias

México enfrenta presiones crecientes de Washington para que limite o regule la inversión china en sectores estratégicos —telecomunicaciones, semiconductores, manufactura avanzada— como condición para mantener el acceso preferencial al mercado estadounidense. Mazzucato señala que este dilema es real pero manejable si México adopta una postura soberana y estratégica: puede definir sus propias reglas de inversión sin subordinarse incondicionalmente a las demandas de ninguna de las dos potencias.

China como palanca, no como dependencia. La economista italiana plantea una perspectiva menos convencional: México podría usar selectivamente la competencia entre Estados Unidos y China para obtener mejores condiciones de transferencia tecnológica, inversión en I+D y acceso a mercados. Si México puede atraer tanto inversión estadounidense como china en sectores complementarios, manteniendo reglas claras de contenido nacional y transferencia de conocimiento, puede convertir su posición geográfica y geopolítica en una ventaja estratégica real en lugar de una fuente de vulnerabilidad.

Visión Prospectiva: La hoja de ruta de Mazzucato para México

La entrevista de Mariana Mazzucato con El País no es solo un diagnóstico crítico, es al tiempo una propuesta de agenda. Su mensaje central es claro: México tiene una ventana histórica de oportunidad, pero aprovecharla requiere abandonar la pasividad del modelo maquilador y construir con urgencia las capacidades del Estado y del sector productivo que permitan una inserción más soberana en la economía global.

Política industrial activa. El Estado mexicano debe definir misiones estratégicas claras —electromovilidad, semiconductores, biotecnología, energías limpias— y movilizar inversión pública y privada en torno a ellas, con mecanismos robustos de rendición de cuentas y exigencias de contenido nacional.

Transferencia tecnológica real. Toda inversión extranjera, especialmente en el contexto del nearshoring, debe venir acompañada de compromisos verificables de transferencia de tecnología, formación de capital humano y encadenamiento con proveedores nacionales. El acceso al mercado mexicano debe tener un precio en términos de construcción de capacidades locales.

Autonomía estratégica en el T-MEC. México debe negociar el T-MEC desde una postura de soberanía estratégica, reconociendo su poder de negociación como principal socio comercial de EE.UU. y usando ese poder para obtener concesiones que favorezcan su desarrollo tecnológico y productivo a largo plazo.

Gestión soberana del triángulo geopolítico. Frente a la rivalidad EE.UU.-China, México debe definir sus propias reglas de inversión con criterios de interés nacional, evitando subordinarse a cualquiera de las dos potencias y aprovechando la competencia entre ellas para maximizar los beneficios del desarrollo nacional.

El mensaje final de Mazzucato es tanto un diagnóstico como un llamado a la acción: México tiene los recursos, la posición geográfica y el momento histórico. Lo que falta es la decisión política de construir un Estado capaz de liderar una transformación productiva de largo alcance, dejando atrás definitivamente la trampa del bajo costo.

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