Alberto Tejero
Villahermosa
Distribuidos a lo largo de la ciudad, no tan viejos como para estar en un museo, pero tampoco tan nuevos como para llamar la atención, múltiples teléfonos públicos permanecen como fantasmas en las calles, plazas y paradas de Villahermosa.
Hace veinte años era común comprar una tarjeta de recarga o cargar monedas para utilizarlos. Eran cabinas indispensables para comunicarse antes del boom de la telefonía móvil.
Actualmente, sirven como recuerdo de una época pasada y contrastan con las formas más accesibles y rápidas de comunicarse a distancia. Como parte del imaginario urbano, permanecen olvidados por las compañías que en su momento los instalaron.
Destinados a degradarse con el paso del tiempo, se han convertido en lienzos para pequeños grafitis, estampas con mensajes y rayones hechos con plumón. Sin embargo, no son objeto únicamente de transformaciones superficiales: muchos transeúntes los utilizan para deshacerse de los residuos que llevan consigo, por lo que no es raro encontrarlos llenos de envoltorios de comida, envases de bebidas y otros desperdicios.
Los teléfonos públicos continúan formando parte del paisaje de la ciudad, mientras las empresas responsables parecen no tener interés en retirarlos debido al gasto logístico que implicaría su desinstalación.
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